Opinión

Ayudándoles a sobrevivir (I)

Fermín Gassol Peco | Sábado, 3 de Agosto del 2019

Escribía el pasado año por estas fechas un par de artículos, ambos titulados “Enseñándoles a sobrevivir”. En ellos relataba la historia de una camada de seis gatillos que una de mis dos gatas había parido.Este artículo tiene como protagonistas igualmente a otros tres mininos que nacieron hace apenas mes y medio. Observarán que el título difiere en parte de los anteriores: “Ayudándoles” en lugar de “Enseñándoles”. Verán porqué:

Como viene sucediendo desde hace varios años, allá por primavera, mis dos gatas, “macarena” y “liebre” fueron de nuevo madres. La desaparición de sus vientres abultados unido a la limpieza e hinchazón de pezones, evidenciaban el hecho. Parieron como todos los felinos en lugares escondidos para mantener a salvo sus camadas. Pasaban los días y seguía sin saber dónde los tenían escondidos, probablemente, como el pasado año en un corral contiguo que está deshabitado. La desesperanza de no tener este verano a unos gatillos con los que entretenerme y evadirme de otras cosas, empezaba a tomar fuerza; habían transcurrido más de cuatro meses y a buen seguro que ya se valdrían por sí solos o en el peor de los casos las madres no los querían “presentar en sociedad”. 

Mis presagios se confirmaron en parte; Un atardecer, estando entregado a la lectura, apareció “macarena” acompañada de dos gatitos ya crecidos. La posibilidad de hacerme con ellos se mostró nula pues al intentar acercarme huyeron… y así lo siguen haciendo todavía, que salen disparados como rayos. De la camada de la otra gata, “liebre”, la madre de los seis gatillos del año pasado, sigo sin tener noticias. Aparece solitaria, para desaparecer de igual manera, eso sí luciendo buen lustre pues se trata de una magnífica cazadora.

Pero una mañana, hace exactamente veinte días, mi suerte cambió de sino; el regalo aunque complicado se hizo presente. Regando las macetas, oí unos finísimos maullidos que por su intensidad me parecieron desesperados. Fui acercándome al lugar de donde provenían y encontré debajo de un montón de piedras bajo las cuales a su vez había un palé, sin apenas sitio y con los ojos cubiertos de pus, a tres gatillos con aspecto famélico, uno de los cuales además tenía un muñón como pata trasera, sin tibia y peroné. 

La disyuntiva estaba en dejarlos abandonados a su suerte o entrar en sus vidas y ellos en la mía a sabiendas que de manera efímera, pues los felinos son así, independientes en cuanto pueden serlo. Opté por la segunda opción como buen zoólogo que me hubiera gustado ser. Los cogí, les lavé los ojos y en una de esas botellitas de agua mineral que tienen una especie de chupete para succionar, eché un poco de leche. Me convertía así en una improvisada y providencial “madre adoptiva” que a fecha de hoy sigo ejerciendo.

 Mi sorpresa fue mayúscula a la vez que agradable. Los tres gatillos tiraron de instinto y comenzaron a “mamar” con un ansia inusitada; sus lengüecillas se ceñían al “pezón” artificial de una manera tan atinada como exacta, aunque la leche rebosara por sus naricillas y por los lados. Tras chupar de la improvisada teta, se entregaron a un sueño prolongado. El primer asalto en su pelea por sus vidas lo habíamos ganado. 

(Continuará)


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