Opinión

Marcelo Grande, pintor (crónica de un café)

Francisco Navarro | Viernes, 15 de Mayo del 2020

Con Marcelo Grande hablé en persona hace relativamente poco tiempo. Lo conocía de vista, de los primeros años del Café de la Glorieta. Después, cuando llegaron las redes sociales a nuestras vidas, tuve con él una intensa relación “virtual”. A partir de ahí tuve la suerte de poder contar con su amistad. De aquel primer café surgieron estas líneas que han dado muchas vueltas y terminaron formando parte de “El atrevimiento de los bombardinos”. Sirva este relato como homenaje a Marcelo Grande, el pintor y el amigo.

El pintor me espera sentado en un taburete del Café de la Glorieta. El Café de la Glorieta, como bien sabes avisado lector, existe, los tableros de las mesas no están hechos con lápidas de tumba, tiene un zócalo de arpillera, etcétera.

El pintor es Marcelo Grande, nacido en Tomelloso, licenciado en la Escuela de Artes de Sant Jordi, escenógrafo de óperas en el Teatro Real, Liceo y otros coliseos. Director artístico en cine; nominado para el Goya por el diseño de vestuario de "Si te dicen que caí". Ha expuesto en Madrid, Barcelona, Palma de Mallorca, Nueva York, Zurich, Toledo, Las Rozas, Tomelloso (su pueblo y el mío) …

El pintor tiene mostacho, gafas, efigie de tomellosero con viñas y hechuras de picador retirado, que es lo que dijo Cela de Picasso. Pero Marcelo tiene pelo y una mirada más limpia y confortable que el malagueño. Unos ojos claros y acogedores que miran de frente, alejados del semblante torvo y la malafollá del célebre Pablo. Álvaro, el patrón, pregunta por las actividades de quien esto escribe, previamente avisado por el pintor.

—Álvaro solo lee a escritores consagrados.

—Leo de todo.

—Aunque confiesa su especial inclinación por los perdedores.

—Antes se decía fracasado, es un adjetivo más nuestro, más católico, más piadoso.

—No creo.

Al pintor lo conozco en persona por primera vez en esta cita, nuestra relación era virtual, simplemente. El pintor a pesar de todo lo expuesto anteriormente solo quiere ser pintor, única y placenteramente; sentir la pintura, que le llegue hasta los talones.

—¿Has pintado la puerta de la calle Álvaro?

—De verde.

—Carruaje ¿no?

—Podías haberla pintado de azul Campo de Criptana.

—Añil.

—¿Sabéis por qué se pintaban los zócalos de ese azur?

—Para que no acudan los mosquitos.

—No, para librar la casa de los duendes.

—¿Los duendes son pequeños?

—Eso es en Irlanda, en el pueblo les pasa como a los fluidos, tienen el tamaño y la forma del cuerpo que los contiene, son etéreos, autóctonos y esdrújulos.

Al pintor se le acerca un antiguo cliente, hablan de cuadros viejos, técnicas pictóricas, amores y desamores. El pintor recuerda perfectamente las obras, que para eso son suyas. Mientras uno habla de letras someramente con un amigo que toma café al lado. De Javier Marías que podría ser el Balzac del siglo XXI.

—¿Sabes que si matas a alguien y llevas encima un Iphone la policía te sigue el rastro?

—Por eso llevo un Samsung.

El antiguo comprador bebe güisqui irlandés y agua de Vichi, está moreno. Un bronceado de segador, o a lo mejor de rayos UVA. Insiste en alabanzas que no afectan al pintor.

Tras un repaso a lo divino, humano y virtual, cada mochuelo a su olivo, que es tarde y hay cosas que hacer. Nos despedimos, uno se siente satisfecho con la reunión, da gusto encontrarse con personas que llevan la grandeza como si tal cosa.

Aunque pensándolo mejor, el pintor tiene hechuras vienesas.

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