Tomelloso

Cristina García Rodero: “Para fotografiar necesito emocionarme”

La Voz entrevista a la reconocida fotógrafa de Puertollano, miembro de la prestigiosa Agencia Magnun

Francisco Navarro | Miércoles, 13 de Enero del 2021

El martes se inauguraba en la Plaza de España de Tomelloso la exposición de fotografías “Tierra de sueños” de Cristina García Rodero. El sol lucía esplendoroso para recibir el que será, sin duda, uno de los acontecimientos culturales más importantes de este comienzo de año en Tomelloso. Fue la propia artista, a la que se notaba ilusionada a pesar de su dilatada trayectoria, la que hizo el primer recorrido por la muestra explicando sus creaciones. El publico acudió enseguida a la plaza a admirar las obras y saludar y hacerse fotos con Cristina García Rodero que dijo sentirse emociona de estar en Tomelloso, ciudad donde tiene familia.

Cristina García Rodero atendió amablemente al periodista. Una larga charla con una de las referentes de la fotografía a nivel mundial. Vehemente, amable, humilde, vitalista y cercana habla de la exposición, de La India y la Fundación Vicente Ferrer, de fotografía y de la gente. “Me gusta la gente porque me habla de la vida”.

Cristina García Rodero (Puertollano, 1949) ha conseguido en su dilatada carrera multitud de reconocimientos nacionales e internacionales de gran prestigio. Ha sido el primer fotógrafo español en formar parte de la Agencia Magnun, ha recibido el Premio Planeta de Fotografía y tiene la Medalla de Oro al Mérito de Bellas Artes y el Premio Nacional de Fotografía del Ministerio de Cultura. Ha sido la primera mujer doctor honoris causa de la Universidad de Castilla-La Mancha.

—¿Cómo surge “Tierra de sueños”?

—La idea de “Tierra de sueños” nació de la Obra Social La Caixa para dar a conocer la obra de la Fundación Vicente Ferrer. Esa fue mi misión, difundir la gran labor de Vicente Ferrer en La India. Quizá porque mi trabajo se caracteriza por un interés grande por el ser humano hizo que contactaran conmigo.

—Y se puso en manos de la Fundación Vicente Ferrer para llevar a cabo el trabajo.

—La Fundación me acogió, me llevó, me explicó y me dio todos los datos posibles para que pudiera hacer un trabajo eficaz y un trabajo feliz. Si no hubiese tenido la dedicación de la traductora, el conductor o la gente que programaba donde yo quería ir, estoy segura de que hubiese sido más difícil todo. Fueron, para mí, pocos días, pero conté con un apoyo importante. Eso permitió que nos quedásemos a dormir en distintos sitios cuando los viajes eran largos; allí las carreteras son malas. Insisto, tuve un gran apoyo parte de la Fundación.

Tengo que decir que me lo pusieron muy fácil. Los pueblos que están atendidos por la Fundación son muy agradecidos. Vicente Ferrer fue una persona muy grata a quien adoraban por su carisma y generosidad y por todo lo que había luchado para que la zona de Anantapur saliese adelante, con recursos de todo tipo.

—Aparte de esa ayuda y colaboración, ¿resulto fácil el trabajo?

—No fue, ni muchísimo menos, un trabajo fácil. Cada día regresaba bastante hundida. Cuando me preguntaban los voluntarios, a la hora de la cena, por el día que acababa siempre les contestaba que creía que no había hecho ninguna foto buena. “He trabajado mucho pero no estoy segura de haber recogido alguna imagen que merezca la pena”. Así estuve días y días.

Con ellos, con la gente de las aldeas, no tuve ningún problema, al contrario. Eran pura generosidad y curiosidad por saber quien era esa fotógrafa que se metía en las casas, que preguntaba por todo, que se encariñaba con ellos o con la que reían juntos. Por parte de la población, todo fueron facilidades.

Me llamó la atención que en las escuelas de la Fundación no hubiese pupitres, sino que los alumnos se sentaban en el suelo. Me explicaron que lo hacían así para que no sintiesen la pobreza cuando regresaban a casa; la mayoría se sienta en el suelo porque no tienen muebles.

—Usted ya conocía La India, ¿no es así?

—Empecé a ir en el 2001 y he viajado habitualmente a ese país. Iba casi todos los años, ahora con más frecuencia. Me gustaría hacer un trabajo sobre los festivales en La India, que son tantos, tan diferentes y tan interesantes por la cantidad de gente que participa, por el color, por el movimiento. En La India tienen muchísimos dioses, el hindú es un ser muy espiritual, muy creyente y religioso e intenta llevar una vida lo más correcta posible con su religión.


—Parece como que el trabajo de la Fundación Vicente Ferrer le haya tocado la fibra a Cristina García Rodero.

—Lo primero que ves con la Fundación es como un hombre ha sido capaz, con tan pocos medios, de llegar a hacer esta creación. Ya son más de tres millones de personas a los que ayudan de una manera u otra. Es una organización con una gran credibilidad del uso que hace del dinero, distribuyéndolo de una manera muy sabia, escueta y muy transparente. Cuando las cuentas son tan claras y el proyecto funciona, este crece. Eso es lo que te asombra, la capacidad de la Fundación de llegar a los demás y la gran cantidad de voluntarios que van allí a ofrecer sus conocimientos y su tiempo libre. Además, esos mismos voluntarios contagian a otras personas para que participen en ese sueño.

Le doy mucha importancia a la salud, si no la tienes de que te sirve nada. Por eso admiro mucho el proyecto de hacer un gran hospital, que era el sueño de Vicente. Un centro que atiende a trescientas personas al día. Después han venido dos más y estoy seguro que seguirán más. El proyecto sanitario de la Fundación ha sabido adaptarse a las circunstancias, empezó tratando enfermedades respiratorias, evolucionó al sida y ahora atienden la Covid.

—En “Tierra de sueños” la mujer tiene un papel importante.

—Así me lo pidieron cuando me encargaron el trabajo. La mujer es una voz importantísima y está muy relegada en La India. Así ha sido históricamente, cuando moría el marido a la viuda se la quemaba. Hay muchos problemas con el hecho de ser mujer. El estado prohíbe que se diga el sexo de del feto en la ecografía para evitar que haya abortos de las niñas. Una hija necesita una dote y los padres corren con todos los gastos de la boda.

—¿Conocer otros lugares ha hecho que mire la vida del primer mundo de otra forma?

—De ver lo que he visto la vida me ha enseñado mucho. Me han dado lecciones multitud de personas, a veces las más sencillas, de como combatir la enfermedad, la pobreza o como salir adelante. O de como jugar cuando no se tiene nada.  Nosotros nos hemos acostumbrado a consumir, cosas que muchas veces son un lujo. Me conmueve el desperdicio que hay en occidente.

Una vez que vine de Haití oí una conversación entre dos chicos jóvenes, que se creían listísimos, sobre un negocio que iban a hacer. A mí me rechinaban los dientes de las estupideces que decían, de como hablaban. Se sentían triunfadores y alardeaban de todo, y yo venía de un sitio donde no tenían ni cama para dormir. Después de ver como vive mucha gente, te molesta oír conversaciones estúpidas y pretenciosas.

—Usted ha sido una pionera en su trabajo, le ha tocado abrir el camino a las mujeres que vinieron después.

—Empecé en los setenta. Comencé a hacer fotos a los once años y con mi propia cámara a los dieciséis. Creo que, como en el caso de Vicente, hay que soñar, tener clara la vocación y, por supuesto, hay que trabajar. También hay que creer en uno mismo y saber que haces algo que merece la pena.

A Vicente Ferrer le movía su interés en atender a tantas personas y por cambiar una zona rural. En mi caso, dar a conocer muchas tradiciones que se pueden perder, no solo en España, en todo el mundo. Es el tesoro cultural de los países que muchas veces se desconoce y desprecia. Aquí esas tradiciones se menospreciaban, pero cuando se hicieron las autonomías ya no eran el recuerdo del pasado ni de la escasez. Eran las raíces de tu tierra, de las que formabas parte, los signos de identidad que había que recuperar. He visto como muchos pueblos han recuperado las tradiciones perdidas hacía muchos años.


—El hecho de que usted las registrase en sus fotografías también hizo que se diese importancia a esas tradiciones, que se mirasen de otra forma.

—Yo era una jovencita que no tenía ni idea de como era España. No conocía a mi país, ni yo misma me conocía. Ese fue el motivo de la “España oculta” y otros trabajos, enseñar la cultura popular de nuestro país, que era tan poco valorada. Quizás una de mis características es que soy muy tenaz, muy paciente. Cuando algo me entusiasma soy capaz de dedicarle el tiempo que haga falta. Con el dinero que ganaba como profesora de Bellas Artes me pude permitir salir todos los fines de semana, fiestas o vacaciones. Primero en tren y en autobús y luego en coche, me recorrí España intentando —primero en la “España oculta”— mostrar las cosas que, para mí, eran más importantes como fotógrafa y también como española. En “España: fiestas y ritos”, intenté vivir más la fiesta.

En “España oculta” plasmé mis vivencias, mis observaciones, las cosas que pasaban. A lo mejor no era lo más importante como fiesta, pero si algo digno de fotografiar y que no se iba a volver a repetir.

—¿Dónde encuentra Cristina García Rodero una fotografía?

—Pues no lo sé. Las fiestas han sido para mí el pretexto para fotografiar la vida. Da lo mismo una fiesta importantísima o un momento íntimo dentro de una casa. En cualquier cosa que hable de vida y haya emoción. Para fotografiar necesito emocionarme si no lo siento, el dedo no dispara. Creo que lo peor que me puede ocurrir es que me aburra. Para mí lo importante es captar la vida a través de la emoción de quienes me hacen sentir cosas, Y después, compartirlas con los demás.

Yo siempre vivo un momento importante cuando tengo contacto, empatía con las personas, Me gusta la gente, especialmente los críos, porque son pura espontaneidad. También he intentado fotografiar aquello que es importante para una comunidad en un momento determinado. Hay quien tiene miedo a la gente, pero a mí no me da miedo la gente. Me acerco, necesito estar cerca de las personas. Me gusta la gente porque me habla de la vida. Para mí la fotografía es plasmar la vida a través de la emoción.

—Se le nota muy ilusionada con este trabajo, tanto como si fuese el primero.

—Es verdad. Lo he vivido con mucha intensidad. Luché mucho para sacar buenas fotografías. Había muy poco movimiento, el indio hace muchas cosas sentados, la luz exterior era muy fuerte y la interior escasa. He tenido problemas técnicos, luces malas, sobre todo. Afortunadamente, el digital me ha ayudado mucho. El amanecer y el atardecer, que es cuando hay luces bellas y cálidas, duran muy poco en la India.

Ese poco movimiento ha sido muy difícil para mí. Busco el movimiento y la espontaneidad en mis fotografías. Absolutamente. Siempre digo que mis fotos son retratos en movimiento.  A pesar de estar en fiestas donde participan millones de personas, siempre hago medios planos. Los planos generales no me emocionan, a mí me gusta estar cerca de la gente. Mirarnos, preguntarnos, que nos acepten y para ello no necesito palabras. Si vas abierta a la vida siempre encuentras gente que se abre, el miedo y el rechazo se huelen.

—¿Con qué se queda de medio siglo de profesión?

—Lo que he aprendido en estos cincuenta años de profesión es que todos somos iguales. Nos puede diferenciar la economía, la geografía, la política o la religión, pero todos somos iguales.

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