Opinión

El anciano y la fuente (3)

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 27 de Marzo del 2021

Con mano temblorosa redacté el documento donde constaba su parte de la herencia familiar. Conseguí firmar como si rubricara una sentencia de muerte. Cuánto dolor producía tener que separarnos de él. Se vistió con la túnica más bonita que le había tejido su madre Marta, se calzó sandalias brillantes y en su dedo anular derecho colocó el anillo que le regalamos el día de su mayoría de edad. Mi esposa sentada en su rincón junto al fuego dejaba brillar con la luz de las llamas sus lágrimas presurosas por sus mejillas. No consiguió articular palabras de despedida. Yo no pude salir a la puerta de nuestra casa para despedirme de él.

Leví, mi hijo primogénito, y hermano de Juan, que ahora marchaba, se colocó delante cortándole el paso, puso sus dos manos trabajadas y endurecidas con las labores del campo en sus hombros, lo miró a los ojos como escudriñando alguna nube de duda en el fondo de su mente y le preguntó con voz dulce pero tajante:

-Juan, ¿Estás seguro de que quieres irte? ¿No te da pena abandonar a Papá y Mamá? ¿Qué es lo que te hace sufrir y por lo que  has decidido marchar? ¿Puedo hacer algo para que no te vayas?

-No, Leví. La vida se ha convertido en rutina en esta casa y en esta familia. Quiero aprovechar mi juventud para divertirme y disfrutar del mundo y de sus ofertas de bienestar. ¿No has oído hablar de todo esto a los comerciantes ismaelitas que recorren los caminos del desierto? Los lujos, las mujeres más bellas del mundo en Egipto, en Atenas, en Roma… Todo eso es muy atractivo; mi ímpetu de juventud me hace salir corriendo hacia esas tierras de exuberantes promesas. Tú quédate en este pueblucho y continúa destripando terrones de tierra. Cásate pronto y llena la casa de hijos, deslómate para cuídalos, límpiales los mocos…; aguanta las regañinas de tu mujer. Te harás viejo, dando vueltas, como un burro, atado a la noria de tu existencia.

Sus últimas palabras fueron subiendo de desprecio, como si intentara ridiculizar lo que generaciones anteriores habíamos creado con el sudor de nuestra frente. Se dirigió a la puerta y  ladeando la cortina con la mano que llevaba libre nos despidió a todos con estas palabras:

-Hasta nunca, familia. Intentad ser dichosos.

-Soltó la cortina y desapareció. Quise levantarme para contemplar su partida, pero mis piernas no quisieron obedecer. Intenté ayudarme con mis manos y fue imposible. No puede más que unirme al llanto de Marta, y empapar mi barba plateada por los años vividos. Creo que únicamente me funcionaba el corazón para pedir a Dios que fuera su guía, que no dejara que su pie tropezara con desdichas en su camino, que, si fuera posible, algún día le cambiara las ideas, replanteando sus decisiones equivocadas.

Pasó una tarde, pasó una noche, y a la mañana siguiente necesité palpar la cama de mi hijo, con la esperanza de que al despertar todo seguiría como antes; sin embargo la realidad voceaba la ausencia.

-Pero José, tu hijo Juan está trabajando en tus campos con su hermano y el resto de obreros, me habías comentado en nuestro diálogo en la fuente, -corté a mi interlocutor.

-Claro que sí. Al terminar la comida te he dicho que necesitaba contarte una vivencia vital que mi familia protagonizó, -me respondió añadiendo una mirada que fue desde mi cara a la jarra del vino, como diciendo: “Estás más pendiente de la bebida que de mis palabras”.

-Perdóname, José. Ya he hilado lo que me estás diciendo. Continúa, por favor.

-Desde aquel nefasto día tomé la costumbre de salir a esperarlo, me subía a lo más alto del monte, desde allí se ve cómo se alejan los caminos hasta tocar el azul horizonte. Pensé que si mi hijo cambiaba de opinión se acercaría por algunas de aquellas sendas. Pasó un día…,  dos; un año, otro año…

-¿Todos los días subías al monte para ver si venía tu hijo? –le pregunté inquieto, pensando que este José era hombre muy persistente, yo hubiera dejado que viniera cuando quisiese; decidió irse libremente, pues que vuelva cuando quiera, si es que quiere.

-No pienses que me volví loco, no. Me movía el amor que le tenía a mi hijo; mi mujer me acompañaba muchos días, otros me dejaba salir solo fingiendo que tenía muchas faenas, y me recogía con un beso a mi vuelta. Sus ojos ilusionados chocaban con los míos fatigados de atisbar los caminos. Nunca perdí la esperanza de ver a mi hijo, ahora en país extranjero, de nuevo.  Hubo tiempos en que aflojaba la esperanza y pensaba que sólo nos encontraríamos cuando Dios nos llevara al Seno de Abraham, en el final de la vida.

De pronto cambió la expresión de mi compañero de tertulia y compuso un semblante de alegría, Marta, que no le quitaba los ojos de encima, comenzó a dibujar una sonrisa entre complacencia y complicidad. Tomaron ambos un sorbo del néctar de nuestros vasos, como si lo tuvieran ensayado.

-Pero un día de primavera, -comenzó de nuevo el padre con fuerza renovada-, limpio y brillante, un viento suave movía los olivos; miré al camino de poniente y descubrí una figura humana transitando, estaba cercano el medio día y el sol terminaba de escalar el punto más alto de su recorrido. Parpadeé varias veces para aclararme la vista. Mi corazón dio un vuelco y comenzó a latir con toda su fuerza. Aquella figura en lontananza tenía los mismos andares que mi hijo Juan. ¿Sería él o mis ojos estaban gastándome una broma siniestra? Giré la mirada a otros caminos recorriendo el paisaje, todo estaba en calma, nadie transitaba por ninguna de aquellas sendas. Volví los ojos al camino primero y la figura continuaba avanzando y agrandando su tamaño…

José parece que está viviendo de nuevo aquel acontecimiento, con qué fuerza narra, y qué ímpetu pone en sus palabras. Se han agrandado sus pupilas y acompaña con las manos y los brazos su charla. Los demás seguimos muy atentos a lo que dice. Marta mantiene una sonrisa sencilla como ella es; parece también que revive la experiencia. Yo no me pierdo ningún detalle para contarlo como estoy haciendo ahora.

-No podía distinguir su cara porque estaba todavía muy lejos. Pensé en volver corriendo a casa y avisar a mi mujer, para que me sacara de la duda, pero no… Me lancé al camino y corrí como nunca había corrido en mi vida. Los tropezones, que daba en algunas piedras, me servían para que la zancada siguiente fuera más larga. Solo ansiaba con todas mis fuerza llegar hasta la figura que ahora iba tomando color y la forma era la de mi querido hijo ausente. Ya estaba seguro de que se trataba de él. Cuando estuve cerca me agarré a su cuello, le di un abrazo con mi cuerpo y con todo mi ser. Estuve apretándolo hasta que me dolieron las manos. Recuerdo que se me fueron todas las palabras de mi mente y solo repetía: ¡Hijo mío!, ¡Hijo de mi alma! ¡Qué alegría que hayas vuelto! ¡Bendito el día en que he vuelto a verte!

Tuvo que callar el padre de corazón  misericordioso su narración,  porque sus ojos comenzaron a brotar lágrimas, y la voz se le vació de sonido  y se convirtió en suspiros. No me había dado cuenta que yo también estaba emocionado; intenté decir algo pero mi garganta fue incapaz de articular sonido alguno. Con el pañuelo soné mi nariz y enjugué mi cara.

-Es emocionante ¿verdad Cálamus? -Me preguntó Marta, la madre. Ella también estaba muy conmovida, era la única que podía hablar.        No sé si por dar respiro a su marido o porque ella también había sido protagonista de la llegada de su hijo.

 

(Continuará)

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