Opinión

El anciano y la fuente (5)

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 10 de Abril del 2021

-Quiero contarte Cálamus, brevemente cómo fue mi periplo. No te negaré que, durante ese tiempo, no me acordé apenas de mi familia. Viajé por varias ciudades, conocí gentes extraordinarias, visité lugares de encanto. Me fastidiaba mucho no conocer otros idiomas, me defendía como podía con el Latín en los países dominados por el Imperio Romano, pero el Griego era ininteligible, los días que visité Atenas me resultó imposible relacionarme con nadie; mi refugio era el puerto “Pireiaias”, “Piraeus” para los lacios, allí sí encontraba alguien con quien charlar un rato o informarme de noticias que ocurrían en otros lugares, no faltaban las “oikiai” (casas) para comer y reponer fuerzas.

-Pronto me cansé de ir de un lado para otro. Llegué en un barco de mercaderes a Jaffa y allí, aunque no conocía nadie, podía entenderme con más gente. En esta ciudad no hice otra cosa que divertirme, comer, beber y, cuando el cansancio me vencía, dormir.  

-Me acostumbré a llevar una espada corta al estilo de los zelotes de nuestra nación, no tanto para defenderme,  apenas sabía usarla, cuanto por disuadir a posibles ladrones o facinerosos.        

-Como te decía antes, no tardé en quedarme sin denario alguno. En el mismo momento de gastar la última moneda desaparecieron los que para  mí eran amigos. Tarde comprobé que no eran partidarios más que de mi dinero. Pedí, a los más cercanos, ayuda para salir del agobio en el que estaba, pero todos me negaron el favor que yo necesitaba. Me sentí el más imbécil de los nacidos de mujer. Yo que hasta entonces había compartido y derrochado mi dinero con tantos aduladores, ahora no tenía más que la tierra para dormir y cielo de cobijo por la noche.

-Busqué trabajo para ganarme el sustento, pero mi antiguo oficio de  pastor no era muy acorde con los que necesitaban en las ciudades con puerto. Conseguí algunos días ganarme el jornal transportando cargas de comerciantes, que embarcaban rumbo a otros países. El sueldo era escaso porque tales faenas las realizaban los esclavos y a estos no les pagaban por sus trabajos; podían dar gracias si no les cruzaban con los látigos las espaldas con motivo de agilizar la carga o descarga de las naves.

Había tomado la palabra  Juan y no paraba de hablar. Estaba haciendo un gran esfuerzo para recordar hasta el último detalle que creyera me interesaba y por la emoción de los momentos vividos. Le toqué el brazo para que tomase respiro y le dije:

        

-Amigo descansa un momento, hidrata tu garganta y ahora seguirás, veo que estás sufriendo mucho al contar estos recuerdos. Debió ser una experiencia muy dura, ¿no?

-Durísima, -continuó Juan-, especialmente el paso de disponer de un capital, amigos que no fueron tales, mujeres que se me juntaban por el olor al dinero, a ser un extraño para los que me fueron más cercanos. Lo que más me dolía era sentirme traicionado y engañado por aquellos en los que yo tanto confiaba.

-Me hago una idea de lo que sufriste, -apostillé.

-Pero la situación se agravó, porque vino una plaga de langosta y arrasó en dos días las cosechas y los campos; dejó a la gente en la ruina; me encontré a mi lado mendigando a algunos de los que se habían aprovechado de mi derroche. Fueron tiempos muy duros para todo el mundo conocido, con el agravante de que los impuestos había que pagarlos religiosamente a los romanos; ya se encargaban muchos de nuestro pueblo de exigirlos con coacciones y amenazas.

-¿Cuándo pasó por tu cabeza la idea de volver a casa de tus padres? –inquirí.

-Debo confesar, -me aclaró mi interlocutor-, que el orgullo, que hervía en mí, borraba de inmediato la idea que se me presentó con los primeros días de estómago vacío. Conseguí por fin algo con lo que ganarme al menos la comida. El trabajo era repugnante: ¡Pastor de cerdos! Sabes, Cálamus, que nuestra religión prohíbe comer carne de puerco, porque según la Ley de Moisés son impuros, pues imagínate tener que cuidarlos, darles de comer, sacarlos al campo, continuamente rodeado de ellos. Llegué a pedir, masacrado por el hambre, que me dejaran comer de las algarrobas de las que se alimentan aquellos animales, pero no me lo permitían. La conclusión a la que llegué fue que consideraban de mayor rango a los cerdos que a mí.

-Eres muy duro de cerviz, amigo  mío, -le dije haciéndome a la idea de lo que debió padecer por su orgullo e insensatez.

-No sabes bien lo terco e idiota que fui, -continuo el hijo pródigo-, hasta que un día caí en la cuenta que hasta los jornaleros que trabajaban en casa de mis padres vivían y comían mejor que yo, tirado en medio de un país extranjero, rodeado de seres inmundos. Tanta envidia me daba que  pensé en volver, pidiendo perdón por mi mala cabeza y pérfidas acciones del tiempo que estuve fuera. Por fin decidí regresar, ponerme de rodillas ante mis padres, reconocer mi mal comportamiento y mi indignidad para ser tratado como hijo, y apelando a su gran bondad pediría que me trataran como a uno de sus jornaleros.

-Para este viaje, -prosiguió el arrepentido-,  solo contaba con mis pies descalzos y una vara seca de álamo con la que poder ahuyentar alguna fiera. Lo había perdido todo, hasta la dignidad de hijo. Todo esto giraba en mi cabeza a cada paso y a cada recodo del camino. Tuve mil tentaciones que hicieron dudar de mi decisión en muchos momentos, incluso pasó por mi mente la idea del suicidio: mejor estar muerto que afrontar lo que podría avecinarse. Sin embargo y pese a todo siempre en mi cabeza brilló la luz del amor de mis padres, esto me dio fuerzas y la decisión definitiva. Estaba resuelto a llegar aunque fuera arrastrando por las piedras de los caminos.

-Se me hizo muy larga la vuelta, -hablaba Juan-, nunca llegaba el último giro de la vereda que finalizaba en la puerta deseada. Cuando en una ocasión miré a lo lejos, vi correr una persona bajando del cerro por el mismo camino que yo llevaba. El corazón se me sobresaltó en el pecho y aceleré el ritmo de mis pasos con las últimas fuerzas que me quedaban: Aquella persona que venía por mi misma senda era mi Padre y volaba a mi encuentro. Llegó hasta mí cuando ya me caía por el último esfuerzo, estaba exhausto, con la poca voz que me quedaba, nadando ya en lágrimas conseguí silabear: «¡PADRE…!». Me dio un abrazo imposible de expresar cuánto amor contenía; me levantó del suelo con una energía plena de vida; mientras me cubría de besos, me repetía continuamente: « ¡Hijo mío! ¡Hijo de mi alma! ¡Cuánta dicha tenerte de vuelta en casa!»

-No pude articular las frases –continuaba Juan-, que había ideado y hasta ensayado pidiendo perdón y mostrando mi arrepentimiento. La actitud de amor tan profundo, que mostraba mi padre, me gritaba que estaba perdonado desde antes de mi vuelta.

En este momento de la narración los padres vivían la historia narrada gesticulando con sus caras; unas veces sonreían y otras las trocaban en serias cuando el recuerdo se pintaba de negro. Miriam y yo vivíamos los instantes como irrepetibles con los ojos fijos en la expresión corporal de Juan para no perdernos detalle alguno. Con las últimas frases pronunciadas, se levantó Leví de su sitio y se abrazó a su hermano echándole su brazo fuerte por el hombro mientras le repetía:

-Juan, hermano, eso ya pasó; tranquilo; estás en casa y te queremos hasta la locura. Lo que importa es tu arrepentimiento y cambio de actitud.

(Continuará)

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