Opinión

El olvido que seremos…

Aurelia González Martínez de Cepeda | Miércoles, 21 de Abril del 2021

Tomelloso, a 21 de abril de 2021

Querido hermano, querido Ramón:

Releer el maravilloso libro de Hector Abad Faciolince, “El olvido que seremos” me ha dado pie para escribirte esta carta.

Como sabes Hector Abad escribió este libro para darnos a conocer a los demás y quizá a si mismo, la especial relación que mantuvo con su padre, una relación fundada  y cultivada en el amor, el respecto y la admiración. ¿Recuerdas? Nos describe a su padre como hombre sensible a las injusticias, trabajador entregado en los muchos proyectos que realizó, querido y admirado por sus alumnos, amado por su familia que lo sabia valedor de unos principios éticos intachables que defendía en el reconocimiento de la misma dignidad para todas las mujeres y hombres de la sociedad.

Utiliza en el título un poema de Jorge Luis Borges: Epitafio “Ya somos el olvido que seremos. /El polvo elemental que nos ignora/ y que fue el rojo Adán, y que es ahora, /todos los hombres, y que no veremos. /Ya somos en la tumba dos fechas /del principio y del término. La caja, /la obscena corrupción y la mortaja, /los triunfos de la muerte, y las endechas. /No soy el insensato que se aferra/al mágico sonido de su nombre. /Pienso con esperanza en aquel hombre/que solo sabrá que fui sobre la tierra. /Bajo el indiferente azul del Cielo/esta meditación es un consuelo”.

Has sido un hombre convencido hasta el infinito de que “lo que mata” es llevar una vida rutinaria y convencional sin más estímulo que sobrevivir, por ello necesitabas reinventarte una y otra vez. Y tu faceta de escritor era una forma hermosa de expresar tu creatividad.

Si hay una cualidad que nos define como familia y que han heredado tus maravillosas hijas es ese alto sentido de la responsabilidad, del deber respecto a otros y a la vez sabemos que esta cualidad tiene en su otra cara de la moneda la de no permitir que nadie ni nada nos marque el paso. La libertad y la independencia como banderas.

En tu novela publicada, La Hidalga, si hacemos una lectura pausada, reflexiva y “entre renglones”, vemos que a sus protagonistas les abres puertas para iniciar nuevos caminos que les lleve a una vida mas autentica con quienes verdaderamente son; esta ha sido una de tus grandes cualidades, abrir puertas, poner en camino, pues, si repaso la vida de las personas más próximas a ti en la vida real, sin duda todas daríamos testimonio de esto, empezando por mi misma. Queda preguntarnos si los demás hicimos esto mismo por ti.

Siempre recordaré, por las infinitas veces  que lo hacías, cada vez que escribías algo nuevo  me decías “revisa esto que he escrito a ver que te parece”, indudablemente pocas sugerencias podía hacerte, pues siempre  me parecerían perfectos, llenos de alma, de tu alma,  y sabias que el fondo del escrito lo compartía y que sobre la forma poco podía decir, pues la gramática nunca ha sido mi fuerte, y aun así, ahí estabas pidiendo mi opinión que no era mas que una expresión de tu generosidad  hacia mí.

Releer la Hidalga, recordar cuando la escribiste, como nos ibas pasando capítulo a capitulo a mamá y a mi, nos los bajabas por las tardes, los leíamos, a veces en voz alta, conseguiste mantenernos en “ascuas” hasta el final… cuando íbamos “descubriendo” las personas reales en las que fundabas tu historia novelada, tu reías con esa sonrisa tuya entre picara y transparente. Sabes que fue un gran regalo para mamá. Cundo leyó por primera vez la edición impresa, dijo, “le tengo que dar otro repaso” y hasta su último ingreso en el hospital, así lo estuvo haciendo. Para todo esto solo hay un nombre, Amor.

Alma es lo que Hector Abad puso en la escritura de su novela, Alma es lo que tu siempre ponías en cada cosa que hacías, eso es lo que lo hacia especial y por lo que nos “pellizcabas” por dentro con cada escrito.

Ha pasado un año desde tu muerte, pero no hay una medida de tiempo que sea capaz de dar consuelo a tu ausencia. La manida frase “el tiempo todo lo cura” creo que se pronuncia a modo de consuelo cuando no se sabe que decir, cuando robamos el silencio con palabras vacías, pues sabemos que el paso del tiempo no cura las heridas del alma, ni las ausencias, tan solo las adormece en el mejor de los casos.

Dice nuestro muy querido José María Rodríguez Olaizola: “Un día seremos sólo un recuerdo. Y más adelante, olvido. He ahí la más profunda fuente de libertad. Saber ocupar nuestro lugar discreto”, ese lugar que siempre elegías, hasta para irte.

Sin duda, hubiéremos preferido que la vida no nos hubiera puesta en la tesitura de ser herederas de tu legado, pero así ha sido y tenemos el deber moral de seguir dándolo a conocer, pues como tú decías en La Hidalga: “El mundo de lo material sólo vale para las cosas materiales, pero la gloria del recuerdo es bien merecida para quien, en su momento colaboró a que la honra y honor de otros no desapareciera de la memoria”.

La manera, la encontraremos guiadas por el amor y la admiración que tenemos y tendremos siempre hacia ti.

Aurelia

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