Opinión

Solo fue el sueño de un zagal de otro espacio-tiempo

Salvador Jiménez Ramírez | Viernes, 24 de Septiembre del 2021

  Aquel muchacho, sin darse cuenta de él, con imaginación despierta; abarcando una vasta quimera de muchas dimensiones y mundos, así narró uno de sus sueños: “… Hace tiempo tuve un sueño de una vida que era otra vida y, a la vez, de muchas vidas… Al despertar, me sentí confundido por aquellos intervalos de cosas imposibles, pero al mismo tiempo me produjo cierto estímulo, por haber viajado por visibilidades de inmensas traslaciones contradictorias… En el sueño  veía a un hombre con su familia, viviendo lejos de esta Tierra… A todos los veía jóvenes y felices, pero de repente algo como un rayo de luz fulminó sus cuerpos, quemando la lozanía de su juventud y se hicieron viejos. El hombre cojeaba de una pierna y, repentinamente, vagaba  por este mundo, hasta que llegó al entorno donde yo moraba; instalándose en un cerro junto a una laguna; encima de un roquedal donde había unos monolitos de piedra, que parecían gigantes escudriñadores de crepúsculos y admiradores del río... Allí levantó una chabola-adoratorio  con barro, piedras y ramajes. En los montes de enfrente, también se veían chozas y gente que habitaba en ellas… Del agua del río, donde antes había luceros y estrellas,  salían manchas obscuras y diminutos bichos,  que llegaban hasta las líneas del horizonte… Los seres humanos eran insignificantes partículas, que se desvanecían para formar parte de un todo eterno e infinito…  En unos altozanos de los montes del valle, en estrechos y oscuros habitáculos de piedra y barro, había grupos de personas, de hacía milenios, convulsionando con escalofríos, calenturas y sudores, al  haber sido invadidos por aquellas bestezuelas microscópicas… Al atardecer, al peregrino, por su sabiduría y adivinaciones, lo visitaban muchos enfermos y él oraba encarado hacia las aguas para que aquellos seres contagiados sanaran; fijo en las pétreas figuras; ante las que, despojado de todos los gestos de interés de la vida material, obsequiaba con oblaciones de plantas y procesiones infinitas de buenos sentimientos… Cada amanecer y atardecida, de celaje cobrizo, con la luna llena meciéndose en la laguna, revisaba muchos episodios y ritmos de la vida… Yo veía que, en los ocasos luminosos y amarillentos, del cielo llegaba una minúscula esfera de luz que tocaba las pedregosas  estatuas,  proyectando un gran poder, en forma de espiritualidad, en aquel extraño ser.

  Un día, aquel genial reparador de vidas, estaba muy desnutrido pero milagrosamente encontró  un animal parecido a un ciervo, que acababa de morir al habérsele enredado la cornamenta en unos ramajes. Pidió permiso a las divinidades de la Naturaleza; lo desolló, lo colgó en el interior de la choza y bajó a purificarse a la laguna. Durante el tiempo que estuvo en el río, se perdió de mi ensueño. Pero de nuevo apareció camino del chozo… Cuando entró en el refugio tenía visita: un perro esquelético de mirada triste, con una pata rota, que estaba acostado en la puerta de la cabaña, mirando hacia donde había dejado el animal muerto. Al verlo se impacientó, creyendo que el cachorrillo  habría devorado parte de la pieza. El famélico animal había sido fiel y no había tocado nada de la comida del cavernícola y entonces lo acarició y saludó: ¡Hola, Honradez! El sanador vio que el perro necesitaba atención y sustento  y le dedicó mucho tiempo hasta que se recuperó... El can se convirtió en el leal guardián del adivino y de su bohío-santuario y cuando se alejaba por el valle, el perro no paraba de ladrar hasta que volvía.

  Desde unas chozas de los cerros de enfrente, un niño estaba pendiente de los ladridos del perro. Era tan grande su curiosidad por conocer todo aquello que, un día se montó en una balsa de madera y cruzó la laguna. Cuando llegó al sitio, el perro salió a su encuentro y empezó a lamerle las manos y la cara. Tanto se encariñaron el niño y el animal, que la criatura cruzaba el río, de vez en cuando, para jugar con él. Un día se encontraban jugueteando…; el chamán los contemplaba y se acordaba de la familia que había perdido. Repentinamente, en aquel sueño tan raro, ví que el sol se oscurecía y el chiquillo corría hacia los maderos para cruzar la laguna e irse a la cabaña de su familia, pero como un nuevo cielo de agua; sin que hubiera señales de tormenta, venía cubriendo hasta los cerros más altos. El sol se iba apagando y el manto de agua sin fin,  con muchos fondos por donde, en naves de cristal, navegaba la vida, lo cubría todo. El curandero corrió tras el niño para salvarlo del torrente y el perro salió tras él, lanzándose ambos al agua en busca del chiquillo…; fue inútil: un montón de maderos arrastrados por el agua, aprisionaron al niño y al animal. Él orante trataba de salvar a la criatura y al perro, pero un montón de troncos lo hundieron a él también. Pero de aquella hecatombe alguien se había salvado: ¡El perro! Que nadaba desesperado, buscando al niño y al clarividente, hasta que se encaramó en un palo gigantesco; mordiéndole y arañándolo, como queriendo vengarse de la muerte de quienes habían sido su cuidador y  su compañero de juegos… Aquel perro llamado “Honradez”, permaneció muchos días acostado encima de los trocos que flotaban a la deriva, hasta que murió de hambre. Entonces, al final del sueño,  una imperturbable voz  dijo: ¡Fijaros bien en eso, ahí está flotando Honradez…! Miré alrededor y, en un ámbito infinito, solo había formas de vida, que yo no conocía ni comprendía… El ritmo de la vida contemplándolo todo, empezó a escalar montañas, desde las que se divisaba cómo el agua invadía el mundo y  en el firmamento, con un sol mortecino, figuras humanas padeciendo y otras, de su mismo mundo, divirtiéndose y riendo, sin importarles el sufrimiento de sus semejantes…”.

                                                                               X

 Conciencia abstracta la de aquel adolescente, con la mente circunscrita a lo evidente, luego de adulto;  que no entendió ni entiende los fines supremos de la vida… Que siguió solo en sus ensueños, pensando en “Honradez” que, por circunstancias de la “región espacial” de su espacio-tiempo, de  su Ser y existencia, él no pudo tener y “acariciar”… Ello le habría conducido, como a otros “elevados” seres, hacia los fines valiosos de la existencia; hacia la, tal vez, liberadora  verdad y hacia  la gran consciencia…   


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