Opinión

El destrozo de una obra

Jesús González García | Domingo, 5 de Diciembre del 2021

Recuerdo (no puedo precisar cuándo fue, pero yo tendría alrededor de diez años) cuando leí “Fundación” por primera vez. Rápidamente, le siguieron “Fundación e Imperio” y “Segunda Fundación”, con los que se compone la trilogía más famosa del género literario de la ciencia ficción.

A lo largo de los años, he releído bastantes veces más esta singular aventura galáctica. Me sigue fascinando como al principio. Como en toda obra de Isaac Asimov, se aprenden conceptos nuevos y se ven las cosas desde diferentes ópticas. El pensamiento científico es omnipresente en la ingente producción de este hombre; por ello era capaz de concentrar, en tres volúmenes de doscientas páginas escasas cada uno, una epopeya de varios siglos plagada de conocimiento y emoción. A esta mágica capacidad de síntesis contribuía sin duda su particular estilo literario “asimoviano” tan alejado de la introspección de los personajes, sencillo, directo, con la dosis descriptiva justa para ir aportando datos al lector en un raudo camino al siguiente enigma, a la siguiente crisis, a la siguiente encrucijada de la psicohistoria, que es el concepto sobre el que pivota toda la trilogía y los otros trece libros que componen la saga completa.

Es una lástima que la psicohistoria no exista como ciencia; dudo mucho que la estadística sea capaz de acercarse a esa concepción científica por más potencia que le aporte la técnica presente o futura. De esto mismo se aprende mucho leyendo esta inolvidable saga. Pero quizás sea mejor que nunca exista: no creo que las conclusiones que nos pudiese aportar fuesen más halagüeñas para nosotros ahora de lo que lo son en las novelas para el Imperio Galáctico del año 13000.


Por todo lo antedicho, me alegré mucho cuando me enteré de que iban a realizar una serie basada en la trilogía de las fundaciones. Posteriormente, al conocer que la propia hija del autor participaría en la producción, supuse que se guardaría una razonable fidelidad al argumento general y al espíritu de la obra literaria. Y es que parece necesario: al propio Stephen King le ha costado décadas conseguir algo de credibilidad en las múltiples adaptaciones a la pantalla de sus obras, y si lo ha conseguido sospecho que es porque finalmente ha claudicado en su pertinaz negativa inicial a participar en las producciones.

En este año pandémico, por si no fuese suficiente, AppleTV acaba de emitir la serie en los diez capítulos de la temporada inicial, que se supone corresponden a las primeras sesenta páginas del volumen inicial “Fundación”, justo hasta “la primera crisis”. Qué decepción terrible. Qué destrozo. Qué incalificable engendro, el surgido de la empresa manzanera. En lugar de una aventura basada en el arrojo y la inteligencia como exponentes de lo humano, los creadores de esta serie nos ofrecen una fotografía espectacular, extraños paisajes, tecnología casi mágica y muchos, muchos disparos con fusiles protónicos o como sean. Nada que ver con el original. Salvado el basamento argumental de la caída del Imperio y la aparición de Hari Seldon y su psicohistoria, la serie se parece a lo escrito en origen como un huevo a una castaña.

“Fundación” en versión AppleTV es una serie muy impactante, pero repleta de recursos innecesarios, tramas inconexas y personajes impostados. El alcalde Salvor Hardin, protagonista del primer libro, aparece aquí como una valquiria a lo Grace Jones, “guardiana de Términus”, especialista en armas y lucha cuerpo a cuerpo, que al acabar esta primera temporada ha liquidado a no sé cuántos enemigos y se encuentra con su madre (¿?) Gaal Dornick, otro personaje que en la novela no tiene relación alguna con él-ella. Del Salvor Hardin original es esta máxima, que pronuncia justo antes de la apertura de la Bóveda, en la primera crisis, y que se hará recurrente durante todo el libro: “La violencia es el último recurso del incompetente”. Bien podrían habérsela aplicado los sesudos productores que han adaptado esta penosa experiencia.

La serie, repito, es muy atractiva visualmente. La flojedad, la insufrible rareza de argumento y las lagunas oceánicas del guion se compensarán (supongo que eso es lo que piensa la productora) con los impactantes efectos infográficos, pero yo me estoy empezando a temer que esto empieza a ser una tónica general en la industria audiovisual a escala planetaria: verdaderos bodrios sin pies ni cabeza amparados por una obra literaria original de renombre, a los que se aplican ingentes cantidades de dinero en la producción para que encanten a una audiencia mundial cada vez más estupidizada. Unas mierdas muy bien vestidas. En el caso que nos ocupa, ni siquiera el hecho de que muy a menudo los trajes sean escafandras impide el mal olor.