Opinión

La lengua es machista cuando sus hablantes lo son

Rafael Fernández Castillejos | Miércoles, 9 de Marzo del 2022
Foto: Rafael Fernández Castillejos Foto: Rafael Fernández Castillejos

Pasado el 8 de marzo, como cada año, sigue quedando mucho trabajo por hacer en la búsqueda de la igualdad real entre hombres y mujeres. Un elemento que nos habla de estas desigualdades es nuestra lengua: la que nos sirve para expresar nuestros sentimientos, nuestra forma de ver el mundo y la que nos da las herramientas necesarias para pensar.

Las lenguas son machistas, pero no lo son por sí mismas, lo son porque pertenecen a una comunidad que lo es (o que lo ha sido). Ellas son solamente un reflejo, un conjunto de reglas gramaticales y de léxico que se han ido construyendo durante siglos entre todos sus hablantes.

La lengua la aprendemos a hablar en nuestras casas, a escribir en la escuela y a usar en nuestra comunidad. Por lo tanto, la Historia con mayúscula y la historia de nuestra lengua tienen detrás milenios de opresión a la mujer. Nunca nos terminan de explicar esta correlación (por el motivo que sea) y podemos llegar a pensar que la lengua es algo ajeno. El uso del masculino plural para incluir hombres y mujeres, por mucho que los lingüistas intenten buscarle una explicación gramatical, no es inocente ni casual.

Poco a poco van surgiendo propuestas sobre lenguaje inclusivo, sobre una mayor visibilidad de las mujeres en los textos académicos, en los discursos políticos o en los medios de comunicación. De repente, empezamos a escuchar expresiones (“ministras y ministros”, “amigues” o “compañerxs”) que nos resultan chocantes e incluso irrisorias, porque creemos que van en contra de unas reglas gramaticales abstractas, casi divinas, creadas por el propio Dios en el origen de los tiempos. Esto tiene un sentido, porque las personas podrán ser progresistas o conservadoras, pero la lengua que hablan es siempre conservadora. En fin, la hipocresía.

Las lenguas van cambiando lentamente. La comunidad de hablantes tiene que revolucionarse por completo para que estos cambios se perciban en la lengua que hablan. Además, siempre van a tender a lo cómodo y a lo conocido en su día a día. Un cambio de palabra o la inclusión de términos del inglés recibe un rechazo pequeño. Cambiar la estructura de una lengua, hasta el punto de cómo esta construye el género, toma tiempo y luchas.

Todavía queda la tarea más importante: seguir luchando por la igualdad real en nuestro día a día. Así como surgieron las voces “jueza” y “médica” cuando hubo mujeres en esos ámbitos, también se harán reales todos los cambios que se quieran cuando, de forma efectiva, haya igualdad entre hombres y mujeres.

Quizá, como hay en otras muchas lenguas del mundo, surjan géneros neutros en las lenguas romances o nuevos mecanismos para la generalización que no invisibilicen a nadie. Sin embargo, todos estos cambios deberán tener siempre un correlato en el mundo. La lengua es conservadora, le cuesta cambiar porque afecta a nuestra forma pensar, pero, poco a poco, va cambiando con nosotros.

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