Opinión

Hilario III. Las tardes

Juan José Sánchez Ondal | Miércoles, 8 de Junio del 2022

A veces Hilario antepone al poema consideraciones que ayudan a entender el estado de ánimo en el que estaba al escribirlo. Y es curioso, en general,  la claridad de ideas y la congruencia del estado descrito  con lo escrito. Cierto que en otros, generalmente en los que no nos da esa previa información, nos sume en la duda de si su estado es de exaltada lucidez o de enajenación, duda, por otra parte,  difícil de discernir en  un poeta.

He ido entresacando y agrupando los poemas del cuaderno de Hilario según la temática. Están en él desordenados; hay multitud sobre el mismo tema con una u otra extensión, con uno u otro enfoque. Daré a conocer los que, a mi entender, expresan con más claridad el tema de su preocupación, el lugar, el momento, su circunstancia. Antes transcribo esta nota:

“Esta tarde ha venido Bernardo, el cartero,  a traer la correspondencia de la Casa. Viene cada dos o tres días. Cada dos o tres tardes. Cuando estoy despejado y no va con prisas, suelo charlar con él. Bromeamos retándonos a ver quién falla en recordar los pueblos de España que a él le exigieron en el examen para entrar en Correos y yo los aprendí con doña Emilia en la escuela. Hoy ha empezado con Cuenca, Belmonte, Montilla, Tarancón, Uclés, Cañete, para que yo terminara con San Clemebte, Minglanilla, Priego, Almodovar y Huete. Otras veces soy yo el que comienzo y raramente fallamos, aunque a veces no coinciden exactamente nuestras fuentes y cambia algún pueblo,  pero dentro de  la provincia a que pertenecen.

Algunos le esperan con la ilusión de recibir noticias; yo sólo tengo cartas del banco en que me ingresan la pensión, con el abono y el inmediato cargo del pupilaje en esta casa.  Toda correspondencia, a nombre de quien venga, la recibe el “Ogro”, la abre y la lee. Aquí no cabe intimidad alguna, por eso yo no escribo, aunque tampoco tengo nadie a quien escribir. A mi sobrina nada tengo que decirle. Lo que tenía ya se lo he escrito en mi última voluntad. A la única a quien escribiría no sé de su destino. Quedan aquí mis sentimientos, las cartas en el cuaderno, muertas, en forma de poemas, de reflexiones que nunca llegarán a su destinataria. Aquí mis quejas. Aquí también, a ella, mis gracias por haberme enseñado qué es la felicidad, la ilusión, el amor; cómo todo tiene final, menos este dolor, esta locura de sentirse, de pronto, abandonado. Pero me drena el malestar esta escritura, en especial, el recordar las tardes con Adalia.”

En efecto, son las tardes las que le inspiran varios poemas. Las tardes, pero no en abstracto, sino, como siempre,  con el denominador común de su relación con la amada.

Hilario valora y añora las tardes compartidas con ella, y sufre  aquellas otras de soledad, de espera y de esperanza.  Como en el anterior poema en el que se preguntaba dónde estaría su amada en esa tarde de invierno con lema de Amado Nervo, dice ahora que acaba de leer a Antonio Machado, su poema “El limonero lánguido suspende…”, y como lema de los suyos, recoge de él estos versos:

“En el ambiente de la tarde flota
ese aroma de ausencia,
que dice al alma luminosa: nunca,
y al corazón: espera.”

La soledad del atardecer, el crepúsculo vespertino, son la causa de la malva tristeza del poeta ante la dolorosa ausencia de la amada en este poema que titula

ATARDECER

En blanca soledad, la tarde  se deshace

como una densa niebla evanescente.

Huye herida, rosada, tibia, ya sin vida,

y la luna su luz prestada, pálida, difunde.

Llega la sombra amarga aniquilando formas,

cubriendo los deseos y los fugaces goces .

¿Dónde el añil celeste de la tarde,

el blando acariciar del céfiro en los rostros?

En fuga hacia la noche.

¿Dónde el murmullo dulce de tu acento,

tu diáfano mirar, aquel hechizo?

Sólo malva tristeza en mí, dejó tu ser ausente.”

Al parecer eran las tardes el tiempo compartido con Adalia y alguna noche, por eso ese recuerdo y ese valor que otorga a estos momentos. De ahí que ensalce el valor de las tardes con la amada frente a las actuales largas, pesadas pero huecas, solitarias tardes, escribiendo:

 

“Cuando contaba en tardes, no en mañanas,

los días y las horas, los meses, las semanas.

Entonces fue cuando las tardes

fueron  verdaderas,

 cuando estaban repletas,

cuando la noche las vencía sin advertir su fin.

Tú, Adalia,  eras la tarde.

Ahora que la tarde soy yo,

cuando me dejan,

las tardes se me ahuecan,

me  cuesta un gran esfuerzo rellenar su vacío

de aromas de recuerdo, del son de tus palabras”

 

Ausencia, ausencia sentida y agrandada en la tarde. El poeta  transfiere al alma de la tarde la queja de la ausencia de  Adalia,  que no es más que su queja.  Y formula preguntas sobre la vida de las tardes.

“El alma de la tarde se quejó de tu ausencia.

Compartió  mi dolor  marchando a su vacío.

¿Dónde duermen las tardes?

¿A qué alba se levantan?

¿De qué viven? ¿Qué beben?

Yo les he preguntado y nunca me responden.

Una vez, una tarde, a mis preguntas

derramó gruesas lágrimas

y puso  el triste gesto del viento moribundo.

¿Acaso es que las tardes duran sólo una tarde?

Pero las tardes sienten.

Por eso lloró aquella

y se queja esta tarde de tu ausencia.”


Buenos días, buenas tardes.

Madrid, 8 de junio de 2022

 

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