Opinión

La guerra de los cereales

Francisco Martínez Arrroyo | Domingo, 26 de Junio del 2022

Cerca ya de finalizar la cosecha de los cereales de invierno en España, podemos prever una disminución entorno a un 20-25% respecto a la campaña pasada. Recordemos que venimos de dos años excelentes en cuanto a kilos y así aventuraba también 2022. Pero el calor extremo acaecido en mayo y otras incidencias meteorológicas en algunas zonas de nuestro país dejan la cosecha prevista lejos del año pasado, en el que se alcanzaron los 24,5 millones de toneladas, y aun mas lejos del extraordinario 2020, 27,6 millones de toneladas.

Desde 2020 el precio de los cereales no ha dejado de subir en los mercados mundiales, empujados por una mayor demanda de las materias primas agroalimentarias durante toda la pandemia, sobre todo en 2021, situación que se ha acrecentado en los últimos cuatro meses, desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania. Baste como ejemplo del incremento de precios, el dato del trigo en la bolsa de Londres, una de las referencias mundiales para este “commodity”, que alcanzó las 265,5 libras/Tn el 23 de junio pasado, un 45% mas que en la misma fecha del año anterior.

De forma paralela, durante 2021 y con mas intensidad en los meses de la Guerra en este 2022, ha aumentado el coste de las materias primas y la energía, convirtiendo este año en el mas difícil de la serie 2020-2022, afectada por la pandemia y la guerra.

A nivel mundial la situación se ha complicado enormemente como consecuencia de la invasión rusa de Ucrania. Las dificultades para sembrar en este país -se calcula que se ha sembrado un 60% de la superficie habitual- unidas al cierre de los canales habituales de salida para el cereal a través del Mar Negro, supone una gran disminución de la oferta mundial de cereales y una caída en picado del comercio internacional. Los países más afectados, mercados habituales de los cereales ucranianos, son la India y el África subsahariana, donde el grano constituye el producto principal de la dieta. Y el cierre del comercio hace presagiar una catástrofe humanitaria, que es responsabilidad de todos evitar.

Corredores solidarios

Así, el impulso de España en el plan europeo en una especie de corredor alternativo, a través del ferrocarril, desde Ucrania a los puertos de Cartagena, Barcelona y Tarragona, atravesando varios países, es una muy buena noticia que pone de manifiesto el compromiso de nuestro Gobierno en este momento tan complicado en el escenario global. Desde los puertos mencionados, el grano se almacenará en los antiguos silos españoles y después saldrá a diferentes países africanos. Es un primer paso en la necesaria y urgente búsqueda de canales de salida seguros para los cereales ucranianos.

Sembrar barbechos

De nuevo le toca mover ficha a la Comisión Europea (CE). Con el inicio de la Guerra tomó una decisión extraordinaria en un momento también extraordinario, permitir la siembra de las superficies que los agricultores deben dejar en barbecho obligatoriamente para poder recibir las ayudas de la PAC. La medida, excepcional, solo tuvo efecto sobre las siembras de primavera. El objetivo era aumentar la producción europea de cultivos tan importantes como el maíz o el girasol, escasos en el mercado mundial en este tiempo de guerra, ofreciendo, ademas un complemento adicional de renta a los agricultores. Solo en Castilla-La Mancha, esta medida ha supuesto un incremento del 17% respecto a la campaña anterior, en la superficie de girasol, que ha pasado de 153.000 hectáreas en 2021, a 179.000 en 2022, 26.000 hectáreas más.

Es el momento de permitir también sembrar la superficie de barbecho obligatorio en las siembras de los cereales de invierno el próximo otoño. Hay una mayoría de Estados Miembros (EEMM) a favor, y buena predisposición por parte de la CE. También está encima de la mesa la eliminación excepcional de la rotación de los cultivos. Ambas medidas son muy necesarias y la decisión hay que tomarla lo antes posible para que los agricultores puedan planificar la próxima campaña con la antelación suficiente.

De esta forma, los agricultores tendrían más opciones para mejorar la rentabilidad de sus explotaciones en un año que se prevé con muchas incertidumbres, aumentaría la producción europea de grano y, por lo tanto, de harinas para alimentación humana y animal, y la autosuficiencia alimentaria de la Unión Europea (UE). También se contribuiría desde nuestro continente y nuestra agricultura, a incrementar el comercio mundial de cereales y el abastecimiento los países menos desarrollados en un momento en el que una nueva crisis alimentaria puede costar de nuevo muchas vidas humanas.

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