Tomelloso

Héctor Hernández: «La poesía es una experiencia colectiva»

El polifacético poeta chileno presentará este sábado “El mundo era un hermoso espejismo”, su particular antología de la obra de Dionisio Cañas en el Casino de Tomelloso

Francisco Navarro | Jueves, 3 de Noviembre del 2022
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Este sábado el salón de los espejos del Casino de Tomelloso se vestirá de gala para acoger la presentación del libro “El mundo era un hermoso espejismo”. Una antología de la obra del poeta Dionisio Cañas realizada por el autor chileno Héctor Hernández Montecinos. Este medio ha conversado con el literato andino, de poesía, de creación, de su visión del mundo actual y, por supuesto, de Dionisio Cañas, que ha estado presente en la entrevista.

Hernández ha mostrado en todo momento una inmensa humanidad con su defensa a ultranza de una nueva ética de “lo otro”. Defiende la poesía como una experiencia colectiva que tiene mucho que compartir y un lugar fundamental de encuentro con “lo otro”. Señala que la poesía es urgente a día de hoy. El autor ha califica a Dionisio Cañas como “un poeta que piensa el mundo”.

—Tengo entendido que usted llegó a la poesía a través de un taller.

—Efectivamente. Yo estudiaba Literatura en una universidad católica. Inicié mis estudios con mucha ilusión pues me imaginaba que me iba a encontrar escritores y escritoras dando clase, a gente leyendo por los patios, como si fuera la Academia de Platón. Pero cuando empecé los estudios sufrí una tremenda frustración, no había gente leyendo en los patios, no había poetas enseñando, sino que era todo lo contrario. No solo la facultad, también me decepcionó la universidad como institución, que yo imaginaba que incentivaba la credibilidad, el pensamiento crítico o la reflexión… y fue y sigue siendo todo lo contrario. Por ello, desde el 2004 ha habido muchas protestas juveniles, por el modelo económico fundamentalmente. No es posible que un estudiante tenga que endeudarse por lo que vale un carro ya que la universidad pública cuesta lo mismo que la privada.

Una compañera, Paula Ilabaca, me habló de unos talleres en un centro cultural que era muy underground, muy marginal, de jóvenes de periferia. El taller lo impartía Sergio Parra y yo fui acompañando a Paula, había perdido la fe y me equivoqué afortunadamente. Era un lugar donde llegábamos chicos y chicos y se leía poesía, conversábamos sobre la poesía, nos emocionábamos, llorábamos, nos enojábamos; era compartir. Aquello fue fantástico, sentí por primera vez que pertenecía a una comunidad literaria.

—Usted defiende que la poesía es algo comunal, global incluso…

—Entonces descubrí que la poesía es una experiencia colectiva. No era solo leer o escribir, también era conversar hasta el amanecer de los poemas Más allá de la escritura es convivir, delirar los poemas, soñarlos… descubrir un poema de Pessoa, por ejemplo, y leerlo entre todos. A día de hoy sigue siendo una experiencia colectiva que va más allá de escribir un poema, o no escribirlo. Tiene que ver con una forma de vida que uno aprende, comparte, escucha y convive con otras personas.

—Y desde entonces no ha parado de escribir y de recibir premios…

—Han pasado 22 años y hacer un taller entre varios, fundar una editorial u organizar un encuentro, sigue siendo para mí una experiencia colectiva. Sigue teniendo el mismo espíritu, lo que importa son las vidas que hay detrás de los poemas o de los libros. Si me preguntan cuál es la materia prima de la poesía, si el lenguaje o las vidas, yo me quedo claramente con las vidas.

—Dicen de usted que es el poeta más representativo de su generación en Chile, ¿esa circunstancia supone una presión añadida?

—Creo que tiene que ver con lo mismo, siempre implicó que no se trataba de mí. Es algo que pasa a través de mí y sigue a otras personas, a una generación o a un grupo de poetas. Cuando vienen las buenas críticas, y también las malas, tiene que ver con los espacios que uno abre. Y uno los abre porque va un poco adelante y para que otros pasen. Siempre evito lo personal por lo colectivo. El encuentro sobre “El Siglo de Oro de la Poesía Latinoamericana” nació porque vine el año pasado a España y fui el invitado especial en muchos espacios y actos. Mientras, todos mis amigos migrantes fueron como público. Decidí darle una vuelta a ese concepto para que con estos encuentros ellos estuvieran en el escenario y yo en los asientos. La poesía no tiene para mí otra aplicación que trabajar con lo otro, con los otros, con las otras… esa es la materia prima con la que trabajo.

—Usted ha sido el impulsor de la iniciativa “Siglo de Oro de la Poesía Latinoamericana 1922-2022” ¿Por qué lo circunscribe en esos diez años?

—Coincide que en 1922 se publican grandes obras de la poesía latinoamericana, “Trilce”, de César Vallejo; “Desolación”, de Gabriela Mistral o “Los gemidos”, de Pablo de Rokha. Son quince o veinte obras de poesía que hacen en Brasil, Perú, Puerto Rico, México, Argentina, Uruguay o Chile. Quise pensar en lo que comenzó con esas obras, en ese año y en analizar qué es lo contemporáneo. Si sigue siendo actual Vallejo, un chico peruano que llega a España y a París y lo pasa pésimo. El encuentro tiene que ver con eso, con señalar el inicio de la poesía contemporánea latinoamericana. Y pensar que ese siglo, del 1922 al 2022, ha tenido una continuidad absoluta, no habido ningún momento de quiebra en ese tiempo. Durante estos cien años la poesía latinoamericana se ha ido diversificando, creciendo, ampliándose y ahí hay cuatro premios nobel, por lo menos.

—¿Y también el presente?

—Justamente, hay que pensar qué es ahora la poesía latinoamericana en España. Quiénes son, cuántos son, a qué perfiles corresponden… Recuerdo que me preguntaron por cómo estaba la poesía de los jóvenes en Latinoamérica. Yo respondí que muchos de esos poetas, que en sus países han publicado libros o ganado premios, no estaban en América sino en España, trabajando como chicos de Glovo o de Uber. Un Siglo de Oro que nace allá pero luego se ramifica en torno a las condiciones de un premio nobel como Neruda o las de un chico que trabaja de repartidor de supermercado.


—¿Tiene la poesía latinoamericana algún nexo de unión además del idioma?

—Poe supuesto. Pasa en mi país, en Chile, que tiene una gran tradición poética que a veces creemos que basta y sobra con saber de los poetas chilenos. Cuando doy talleres o cursos, lo primero que intento es que se piense que más que poeta chileno se es latinoamericano. Y eso implica conocer lo que se está escribiendo en Honduras, Paraguay o Puerto Rico. Esa circunstancia te permite descubrir que hay procesos similares, culturales, sociales, literarios o lingüísticos en otros países. En esa mirada Latinoamérica deja de ser tan grande como es y uno empieza a ver afinidades. Por ejemplo, yo que comencé a escribir a principios del 2000, te permite ver como son las poéticas del siglo XXI y descubrir que hubo procesos comunes en México, en Perú, Argentina o Ecuador. España es el lugar de la lengua y Latinoamérica es el sitio de los lenguajes, que están vivos. A pesar de la diversidad hay efectos comunes que están en el lenguaje y que hacen que la poesía latinoamericana sea una.

—¿Cómo llega a la figura de Dionisio Cañas?

—Desde allá la poesía española se nos aparece como un bloque, a veces muy homogéneo y compacto. Siempre he estado interesado en saber que pasa en los intersticios de la poesía de este país y en quienes son los que están fuera de esa gran construcción milenaria. Así llegué a poetas que hoy admiro y que estoy trabajando como Dionisio Cañas o Chantal Maillard y un montón más.

En el caso de Dionisio, estaba haciendo un trabajo sobre filología digital y llegué a un libro que firman Cañas y Carlos González Tardón “¿Puede un computador escribir un poema de amor?”. Me llamó la atención la mirada de Dionisio y descubro a un poeta y una poética que me interesa. Luego empecé a “googlear” y llegué a la página de Dionisio, donde encontré el tesoro de sus libros, un verdadero festín.  Con su obra confirmé mi primera intuición y además de un poeta descubrí un intelectual, un activista y un humanista en el mejor sentido.

—Y encontrarlo personalmente fue una verdadera odisea, ¿no es así?

 —Comencé a buscarlo, a preguntar por él, algunos me decían que estaba muerto, otros que vivía en Nueva York, que ya no escribía, que estaba en Marruecos… Aquello me convirtió en una especie de detective salvaje, como los de la novela de Bolaño que van a buscar a una poeta, Cesárea Tinajero. En mi caso, buscaba al tal Dionisio Cañas y gracias a Jaime Siles lo encontré.

—¿Y tras dar con él?

 —Le planteé la idea de hacer un libro con esa intuición de la poética que percibía y que después encontré en su obra. Me parecía que era una obra paralela a muchos de los procesos que ocurrían en Latinoamérica. Por eso planteé en el encuentro en el Instituto Cervantes que se puede entender Dionisio como un poeta latinoamericano, por su proceso de escritura, lenguaje y por su bagaje de lecturas. Me pareció una paradoja encontrar un poeta acá, en el corazón de La Mancha, que estaba pensándose transatlánticamente. La obra de Dionisio es cercana a los cuestionamientos, a los problemas del día de hoy. A las preguntas actuales como la migración, estos lenguajes, la idea de cual es la casa y cuales son las puertas y ventanas de esa casa, que no son los países sino los lenguajes- Eso es lo que Dionisio lleva haciendo en los últimos cincuenta años.

—Y al final compone un libro, que Idoli Sánchez calificó de “contra antología” …

—“El mundo era un hermoso espejismo” no es una antología al uso dado que no elegí lo mejor de Dionisio, para ello tendría que haber editado un libro de dos mil páginas. Lo que intenté fue articular un relato con los materiales que ha publicado como sus poemas, parte de los libros de ensayo, entrevistas, los manifiestos del colectivo Estrujenbank y sus viodeopoemas. Con eso intenté unir diferentes puntos de un diagrama que están en movimiento y que no cierra la lectura de Dionisio, sino que lo abre al resto de su escritura. Es una reflexión sobre la poesía —ese es el lugar desde donde ve el mundo—, que tiene una estética, pero siempre, una política y una ética. Creo que hoy día que vemos en el entorno de nuestros países, tanto en España, como en América, el gran problema de la cohesión social es porque hace falta una nueva ética, nuevas éticas de lo otro como la migración, la homofobia o el machismo. Creo que la poesía es el lugar fundamental donde trabajamos con lo otro. La poesía es urgente a día de hoy.

Se une Dionisio Cañas a la conversación y echa de menos «la falta de éticas individuales, tanto en la educación como en otros ámbitos. No hay una ética de las personas que les diga lo que no tienen que hacer, simplemente se adaptan al mercado. La ética del consumidor es lo único que existe».


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