Opinión

¿Un lugar dónde vivir?

Fermín Gassol Peco | Domingo, 5 de Febrero del 2023
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Esta es una de las preguntas que Julián Camacho realiza a las personas entrevistadas en su interesante y ya clásico programa “Cuéntame”. Al hacérmela le contesté: el mar; los últimos días de mi vida me gustaría que transcurrieran frente al mar. La explicación es sencilla: para quienes nacimos tierra muy adentro y tenemos ya una edad, el mar siempre se antojó como un lejano lugar de misterio y deseo. Cierto es que desde hace varias décadas esa distancia cultural ha quedado superada; aun así me sigue resultando un medio fascinante; quizá sea debido a que el origen de la vida se fraguó ahí y toda nuestra existencia tiene al agua como un recurrente devenir y referente vital.

Ya en el momento de ser concebidos permanecemos sumergidos en ese pequeño, confortable y sereno “paraíso marino” que es el líquido amniótico. Nacemos mojados y nuestra condición reclama que hemos de navegar de esta manera en nuestras vidas. Seres paridos y lanzados desde ese mar doméstico e íntimo que contiene similar salinidad que el agua marina, a otro mar mucho más impersonal y casi siempre inclemente, proceloso, frio y turbulento.

Porque nuestras vidas son a fin de cuentas continuas navegaciones por el mar de las circunstancias, ambiciones, esfuerzos e imprevistos en los que el oleaje más o menos arbolado hace a veces muy difícil que podamos mantenernos siempre a flote. Sin embargo, declinar esa lucha existencial quedándonos sentados en la orilla contemplándolo, resultaría tan pobre y alienante como renunciar a las facultades con las que hemos sido dotados. Y es que la calma continua, dentro y fuera del mar, resulta insoportablemente anodina.

Es en los momentos en que surge la marea por la acción de ese bonancible vientecillo de la vida, cuando nuestro mar personal cobra carácter y personalidad, el horizonte se aviva y la existencia comienza a gozar de un agradable vaivén sobre suaves olas. Son los momentos agradables de la vida.

Pero cuando en mar arrecia y aparecen en ella tres o cuatro “golpes de mar” sin previo aviso, ese equilibro siempre mantenido quizá pueda tambalearse. La fuerza con que las olas baten una y otra vez, acaso lleguen a aturdirnos pero es cuando podemos medir el verdadero peso específico, la auténtica dimensión de nosotros mismos. Situaciones que nos ponen al límite de nuestra capacidad y nuestras fuerzas. Son las fuertes marejadas de la vida. Son los necesarios y distintos ritmos de una mar en la que estamos abocados a vivir.

Porque en el fondo nosotros los humanos, somos a modo de afanosas y volubles espaldas empapadas o así debería ser. Quedarse en la orilla del océano sin experimentar el suave balanceo o el fuerte azote de las olas sería como renunciar a esos múltiples latidos y sabores que la vida lleva dentro.

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