En la cueva fermenta el vino,
con manos firmes y voz callada,
la luz entraba como un destino,
rozando el barro y la fe guardada
Allí el amor tenía un aliento
a tierra húmeda y a luna nueva,
el beso era un lento fermento,
y el alma, un fruto que se renueva.
El aire olía a pan y a sueño,
a piel rendida, a vendimia vieja,
Y entre las sombras, el fuego pequeño
dejaba huellas sobre la piedra.
Bajo este techo de calma y canto,
se oía al pulso de quien espera,
y en cada Copa, temblaba un manto
de Eternidades y primavera.
Aun sí callaras, te escucharía:
en cada gota estarás tú... latente,
como ese vino que un día ardía
en nuestras bocas... Dulzura ardiente.
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Martes, 3 de Marzo del 2026
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