¿Qué es un «fachapobre»?
¿Existen realmente estos individuos? Si es así ¿cuál es su origen? ¿cómo
llegaron a serlo? ¿se nace «fachapobre»? ¿dónde está la gente normal?
La gran mayoría de estas
cuestiones son irrelevantes si entendemos que la gran mayoría de nosotros tiene
bastante lidiando con sus problemas cotidianos (los hijos, los padres, los
abuelos, la salud, los estudios, el trabajo, el amor, la pareja, la soledad, el
amor, las facturas, las averías del coche, la compra del supermercado, la
búsqueda de alquiler o las derramas de la comunidad), asuntos capitales de los
que, precisamente, la «nueva política» parece haberse olvidado por completo. No
es razonable perseguir el bienestar social sin procurar cotas adecuadas de
bienestar individual, pues el primero se construye a partir de estos últimos.
A mí me parece que, si
algo tiene el discurso actual, es haber conseguido que a la gran mayoría nos
importe un carajo la agenda ideológica, independientemente de la edad que
tengamos. Porque, de toda la vida, a los jóvenes les ha importado poco la
política y, conforme se han ido cumpliendo años, ha aumentado el interés por la
misma. Pero ahora nos da igual, tal vez porque la política que vemos en la
televisión o que sufrimos en redes sociales ya no lo es. Porque ya no importan los
problemas, sino con quién te alineas. A esta tristeza se ha resumido todo. Ni
siquiera entre amigos hablamos de política. Sólo faltaba que también se
corrompiera eso. Y conste que se intenta cuando nos animan a identificar y
ridiculizar al «cuñao» en las cenas navideñas o a señalar a quien no cumple con
el argumentario. Como si serlo mereciera el aislamiento y el más absoluto de
los desprecios. Pareciera que no haya más que agitadores apoltronados en un
sillón que no merecen.
Leo Bassi, humorista y
crítico social, hace bastantes años, propuso que se eliminaran los equipos de
fútbol, que no los partidos. Y que la gente fuera a los estadios, enfrentada
por sus colores, a gritar y a animar. La victoria caería del lado de la afición
más divertida e ingeniosa. Lo demás daba igual, pues el gusto por el deporte,
por la estrategia, se había prostituido de tal manera que poco importaba el
fondo. Me parece, ahora, un paralelismo extraordinario, cuando hablamos de esta
«política» actual, en la que lo que importa es a quién votas y no los problemas
de la sociedad. Estos últimos cuentan tan poco que el debate se ha limitado a
ser tildado de «fachapobre» o no.
Así que el «fachapobre» se
abstiene de votar o, peor aún, vota a quien, por cuna, no le corresponde, pues
no defiende sus intereses de clase. El problema, aquí, es que los que deberían
defenderlos cambiaron radicalmente de agenda, una que poca gente entiende y
que, si se compra, es más por miedo a ser señalado que por responsabilidad. Así
que, a poco que pensemos, ya tenemos un sinónimo, mucho más interesante. Un
«fachapobre» no es más que un «descontento» por el que habría que preocuparse y
por quien merecería la pena volver a luchar, atendiendo a los problemas de las
personas. El «fachapobre», en un ejercicio de honestidad, es guía y oportunidad
para volver a la política real, no alguien a quien señalar a riesgo de quedarse
solo haciéndolo. Pero no lo ven, porque, desde ahí arriba, aún siguen pensando
que se puede engañar a todo el mundo, todo el tiempo.
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Miércoles, 7 de Enero del 2026
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