El viernes
pasado faltamos al encuentro acostumbrado, la razón no fue otra que la visita
de familiares venidos, para degustar unos días en nuestras respectivas casas.
Esta tarde de viento frío, a pesar de algunos ratos de sol, volvemos al café
calentito y las magdalenas recién sacadas del horno. No nos plateamos si ya hemos
usado en demasía el aspecto culinario de las fiestas, viendo estas delicias
delante de nosotros.
Tampoco he de
contaros amigos y amigas lectores la estampa de Ciri al venir, os lo imagináis,
porque verlo no se ve más que un conjunto de ropa ambulante “para protegerse de
los azotes atmosféricos de frío”, me ha comentado.
Nos hemos dado
un gran abrazo, habiéndose desprendido del baúl de prendas en que venía
envuelto. Hemos coincidido en haber disfrutado mucho de la Navidad con la
familia, exceptuando algún resfriado de poca importancia o anginas a última
hora.
—Voy a
contarte un secreto —anuncia mi compañero con cierto regocijo—, estos días de
fiestas he utilizado el teléfono solo para hablar, es decir para lo que es.
Lo miro con
recelo en previsión de alguno de sus alcances. Pienso que efectivamente el
teléfono es para eso. ¿Dónde está la novedad?
—Y yo también
—respondo seguro.
—Cuando digo
hablar, es solo eso hablar. El secreto consiste en que no he respondido a
ninguna felicitación de navidad ni de año nuevo. Estoy hasta el gorro de que la
gente te envíe una “postalita luminosa” “un vídeo graciosete” hecho por IA para
cumplir con no sé qué obligación que nos hemos echado encima. Tengo la
aplicación de WhatsApp al completo de “cumplimientos”, ya sabes cumplo y
miento.
—¡No me digas!
¿No has respondido a nadie? ¿Ni por educación? Amigo, conociendo lo cumplido
que eres y el respeto que tienes a los demás no me lo creo.
Ciri no
responde. Enciende el teléfono y me enseña la aplicación. Efectivamente recorro
con la vista un listado interminable de nombres con el botoncito verde a la
derecha indicando el número de los mensajes no leídos.
—¿Te convences
ahora? No me ha dado la gana responder a ninguno. La persona que quiera
felicitarme que me llame en directo, es lo que yo he puesto en práctica con mis
amigos mas cercanos y familiares. Tal y como hice contigo.
—Totalmente convencido —le respondo mientras tomo parte
de la sabrosa magdalena.
—Venía dándole
vueltas en mi cabeza cuando comenzó diciembre. Todos los años lo mismo. Así que
he pasado a la acción a ver si las navidades que vienen no me felicita nadie.
La decisión de
Ciri es tajante, ha tomado los gestos que utiliza cuando consigue una decisión
meditada. Además se queja de la manipulación sesgada, partidista y dualista de
las noticias, como las referentes a la planta de biometano, la climatología
adversa para viajar, problemas en las carreteras y todas las que llegan de
Venezuela y Estados Unidos.
Necesito
cambiar el rumbo de charla porque preveo pesimismo y pesares. Abro la bolsa que
había cuidado para que el amigo no viera el contenido y pongo una figura a modo
de maniquí encima de la mesa. Veo al colega observarla detenidamente. La coge,
la gira, se detiene en los detalles que aparentemente le interesan más y de
pronto exclama:
—¡Pero leches
si se parece a mí! Si parece sacada de una foto mía. Mi cara, el bigote, la
perilla, la bufanda, el sombrero…
Ha sido
mayúscula la sorpresa. En un instante ha cambiado el rumbo de la tarde. Ciri
está pletórico. Aleja el modelo, lo acerca, lo observa detenidamente, sonríe y
como es natural en él saltan las preguntas:
—¿De quién ha
sido la idea? ¿De dónde lo has traído? ¿Quién lo he hecho? ¿Es para mí?
—A ver, Ciri,
por partes. La idea ha sido de mi hermana Dolores, sabes, como te he comentado
en ocasiones, que sigue nuestras andanzas cafeteras cada semana con expectación
y reenvía nuestros escritos a muchas personas cercanas y amigas. Entre ellas
hay una señora con la misma afición que
ella a las labores de ganchillo y entre las dos han dado forma a tu “alias”, a
tu otro Ciri.
Creo que es un
momento de gloria para mi amigo, y me emociona observar sus sentimientos; duro,
reflexivo, combativo en ocasiones y a la vez con la ternura de un niño.
—No a lo que
estás pensando, compañero, no es para ti; en esta ocasión el propietario del
regalo soy yo y no voy a ceder ni aunque te pongas de rodillas.
—Acepto la
situación y me rindo —admite Ciri circunspecto pasados unos instantes
enmudecido—. Pregunto y si invitamos un día a tu hermana Dolores y a su amiga a
nuestra tertulia…
—Te doy su
teléfono y habláis.
Mi compañero
no puede disimular la pizca de envidia que asoma a sus ojos. Seguro que inventa
algo, lo preveo en la sonrisa al pedir las copas de mistela al camarero.
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Sábado, 10 de Enero del 2026
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