Opinión

Ciri y su otro yo

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 10 de Enero del 2026
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El viernes pasado faltamos al encuentro acostumbrado, la razón no fue otra que la visita de familiares venidos, para degustar unos días en nuestras respectivas casas. Esta tarde de viento frío, a pesar de algunos ratos de sol, volvemos al café calentito y las magdalenas recién sacadas del horno. No nos plateamos si ya hemos usado en demasía el aspecto culinario de las fiestas, viendo estas delicias delante de nosotros.

Tampoco he de contaros amigos y amigas lectores la estampa de Ciri al venir, os lo imagináis, porque verlo no se ve más que un conjunto de ropa ambulante “para protegerse de los azotes atmosféricos de frío”, me ha comentado.

Nos hemos dado un gran abrazo, habiéndose desprendido del baúl de prendas en que venía envuelto. Hemos coincidido en haber disfrutado mucho de la Navidad con la familia, exceptuando algún resfriado de poca importancia o anginas a última hora.

—Voy a contarte un secreto —anuncia mi compañero con cierto regocijo—, estos días de fiestas he utilizado el teléfono solo para hablar, es decir para lo que es.

Lo miro con recelo en previsión de alguno de sus alcances. Pienso que efectivamente el teléfono es para eso. ¿Dónde está la novedad?

—Y yo también —respondo seguro.

—Cuando digo hablar, es solo eso hablar. El secreto consiste en que no he respondido a ninguna felicitación de navidad ni de año nuevo. Estoy hasta el gorro de que la gente te envíe una “postalita luminosa” “un vídeo graciosete” hecho por IA para cumplir con no sé qué obligación que nos hemos echado encima. Tengo la aplicación de WhatsApp al completo de “cumplimientos”, ya sabes cumplo y miento.

—¡No me digas! ¿No has respondido a nadie? ¿Ni por educación? Amigo, conociendo lo cumplido que eres y el respeto que tienes a los demás no me lo creo.

Ciri no responde. Enciende el teléfono y me enseña la aplicación. Efectivamente recorro con la vista un listado interminable de nombres con el botoncito verde a la derecha indicando el número de los mensajes no leídos.

—¿Te convences ahora? No me ha dado la gana responder a ninguno. La persona que quiera felicitarme que me llame en directo, es lo que yo he puesto en práctica con mis amigos mas cercanos y familiares. Tal y como hice contigo.

—Totalmente  convencido —le respondo mientras tomo parte de la sabrosa magdalena.

—Venía dándole vueltas en mi cabeza cuando comenzó diciembre. Todos los años lo mismo. Así que he pasado a la acción a ver si las navidades que vienen no me felicita nadie.

La decisión de Ciri es tajante, ha tomado los gestos que utiliza cuando consigue una decisión meditada. Además se queja de la manipulación sesgada, partidista y dualista de las noticias, como las referentes a la planta de biometano, la climatología adversa para viajar, problemas en las carreteras y todas las que llegan de Venezuela y Estados Unidos.

Necesito cambiar el rumbo de charla porque preveo pesimismo y pesares. Abro la bolsa que había cuidado para que el amigo no viera el contenido y pongo una figura a modo de maniquí encima de la mesa. Veo al colega observarla detenidamente. La coge, la gira, se detiene en los detalles que aparentemente le interesan más y de pronto exclama:

—¡Pero leches si se parece a mí! Si parece sacada de una foto mía. Mi cara, el bigote, la perilla, la bufanda, el sombrero…

Ha sido mayúscula la sorpresa. En un instante ha cambiado el rumbo de la tarde. Ciri está pletórico. Aleja el modelo, lo acerca, lo observa detenidamente, sonríe y como es natural en él saltan las preguntas:

—¿De quién ha sido la idea? ¿De dónde lo has traído? ¿Quién lo he hecho? ¿Es para mí?

—A ver, Ciri, por partes. La idea ha sido de mi hermana Dolores, sabes, como te he comentado en ocasiones, que sigue nuestras andanzas cafeteras cada semana con expectación y reenvía nuestros escritos a muchas personas cercanas y amigas. Entre ellas hay una señora  con la misma afición que ella a las labores de ganchillo y entre las dos han dado forma a tu “alias”, a tu otro Ciri.

Creo que es un momento de gloria para mi amigo, y me emociona observar sus sentimientos; duro, reflexivo, combativo en ocasiones y a la vez con la ternura de un niño.

—No a lo que estás pensando, compañero, no es para ti; en esta ocasión el propietario del regalo soy yo y no voy a ceder ni aunque te pongas de rodillas.

—Acepto la situación y me rindo —admite Ciri circunspecto pasados unos instantes enmudecido—. Pregunto y si invitamos un día a tu hermana Dolores y a su amiga a nuestra tertulia…

—Te doy su teléfono y habláis.

Mi compañero no puede disimular la pizca de envidia que asoma a sus ojos. Seguro que inventa algo, lo preveo en la sonrisa al pedir las copas de mistela al camarero.

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