Opinión

Viaje de Ciri al Oeste Americano

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 17 de Enero del 2026
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Lluviosa y fría está la tarde víspera de la fiesta de San Antón, este fin de semana nos toca honrarlo y celebrar su fiesta de hogueras y buenas compañías.

Trae Ciri una bolsa de papel muy cuidada que deja obre la silla sobrante de nuestra mesa, imagino un elemento para algún recado posterior al café. En la tarde fría de enero se percibe al sol mantenerse unos minutos más. Esto me recuerda el refrán: “Para San Antón de enero camina una hora más el arriero” o el otro “Para San Antón las cinco y con sol”.

Hasta el café saluda más alegre con el olor y el vapor extendido por la estancia. Mi amigo no desaprovecha el momento, no quita ojo al servicio pulcro del camarero.

El encuentro marcha de buen talante compartiendo la amistad que nos une y la confianza de poder expresar sin componendas nuestras opiniones, estamos muy lejos de la polarización tan de moda en nuestras sociedades del siglo XXI.

La bolsa que traía Ciri permanece paciente en la silla hasta que terminada la magdalena, intenta abrirla, pero  detiene en el último momento el gesto en su lugar, me comenta a modo de pregunta retórica:

—¿Me tomarías en serio si te dijera que existen entes, mentalidades, modos de ser, que repiten su encarnación en personas en distintas épocas y lugares?

—Claro que te tomaría en serio porque eres mi amigo y los amigos se respetan siempre, aunque cambien de ideas. A la vez pensaría que te has convertido al Hinduismo o Budismo.

—Continúo en la misma religión de toda mi vida, aún así estoy convencido de que en nuestro  mundo se repiten comportamientos en personas y estas en sociedades con los mismos parámetros a mucha distancia temporal y local.

Ahora sí, sin mediar más palabras Ciri acerca hacia él la bolsa de papel y extrae varios libros que extiende por la mesa: “Tres pistoleros”, “Tributo a un cuatrero” “Jinete solitario” “Herencia de plomo”.

Se me iluminan los ojos al ver los títulos, conozco bien al autor: Marcial Antonio Lafuente Estefanía. He leído infinidad de novelas suyas en mis tiempos jóvenes. Ciri aguanta el tipo callado mirando alternativamente los libros y mi cara.

—Uno de sus personajes famosos era un pistolero ¿te acuerdas de algunas características del protagonista? —me pregunta.

—Desde luego que sí, te enumero: Alto (unos “seis pies”, en ocasiones más), muy rápido con las pistolas, altivo, enamoraba con una mirada electrificaste a las chicas, tomaba parte en todos los “fregaos” propios y ajenos, siempre ganaba en los duelos con forajidos o cuatreros, el que mejor imponía la ley, la gente se aparta a su paso, andaba muy erguido, muy orgulloso, cuando fumaba encendía el fósforo con un rasque seco en la pernera de pantalón.

—Vale, vale. Es Suficiente, ya veo que has leído muchas novelas de Estefanía. Ahora si sintetizas esos datos y los imaginas vivientes en un personaje de nuestro tiempo a quién te recordaría —pregunta mi compañero con avidez de respuesta certera.

—Pues no sé…,

—Piensa, amigo: Oeste Americano, personaje alto, muy presumido, amante de espectáculo de masas, altanero, quiere imponer su ley, se cree gracioso con palabras y expresiones corporales… en ocasiones ridículas.

—Ciri, ya caigo, no me digas que es el individuo que estoy pensando —me asalta una carcajada incontenible viendo la expresión del compañero y relacionando los epítetos referentes al pistolero de Marcial Lafuente.

—Pues claro que sí, es la personificación en la actualidad del personaje más temido y el  más odiado por la gente de bien y de mal. Menosprecia de obra y palabra, humilla, ridiculiza sin importarle quien. Se siente como juez supremo dictando leyes a su antojo, saltándose las legislaciones de las naciones. El denominador común de su actividad es el con junto de sus intereses crematísticos. Este era ciertametne el motivo de la pregunta sobre la reencarnación de comportamiento que te hice antes.

—Hay alguna diferencia sustancial, —aclaro al amigo— los relatos de Marcial Lafuente era frutos de su capacidad narrativa e inventiva junto a una imaginación prodigiosa y un trabajo ímprobo durante toda su vida.

—Pues ahí esta lo interesante que, a mi modo de ver, el comportamiento del personaje a que nos referimos sin mentarlo quiere emular a aquellos protagonista del Lejano Oeste del siglo XIX.

Qué imaginación tiene este Ciri para inventar y sacar leche de una alcuza. Aunque bien pensado y “salvandum salvandis”, es decir desechando lo innecesario podría haber muchas coincidencias en su propuesta.

La presencia del camarero con las copas nos desvíala conversación hacia los años antiguos y la fiesta de San Antonio Abad, las luminarias, el “puñao” y mil recuerdos afincados en la memoria.

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