La inteligencia
artificial y las nuevas herramientas digitales prometen revolucionar la salud.
Pero, mientras la tecnología avanza, el acto médico —ese rito milenario— está
siendo desplazado silenciosamente por la asepsia de la pantalla. En su esencia,
la medicina es un ritual de contacto: una mano que explora, unos ojos que miran
y una presencia que calma. La tecnología nos ofrece diagnósticos más rápidos y
precisos, sí; pero la cuestión es si podemos permitirnos un sistema que lo sepa
todo sobre la enfermedad, pero que haya olvidado cómo tratar al enfermo.
El mercado nos inunda
con aplicaciones de salud y asistentes virtuales, pero no nos equivoquemos: son
herramientas de soporte, no sustitutos clínicos. Aún estamos lejos de tener la
validación científica necesaria para dejar la salud en manos de un software.
Hay un abismo entre consultar un dato y ejercer la medicina; un salto
insalvable entre buscar orientación y tener la autoridad —y el criterio— para
recetar, decidir un tratamiento complejo y cargar con el peso de la
responsabilidad legal y ética del tratamiento.
Surgen entonces las preguntas
inevitables: ¿quién decide los miligramos exactos ante un cuadro complejo?
¿Qué ocurre con las alergias, con las interacciones o con el contexto vital de
cada persona? Un algoritmo puede calcular una dosis teórica, pero el problema
no es la matemática, sino el juicio clínico. ¿Quién ajusta la prescripción
cuando el paciente no responde según la estadística? ¿Quién detecta las señales
de alarma que no aparecen en los datos biométricos? Acumular información y monitorizar
datos no es un acto médico. Hasta que la tecnología no pueda gestionar la
incertidumbre y el contexto, seguiremos hablando de prototipos, no de
soluciones.
Donde la tecnología sí
demuestra su verdadera valía es en el reconocimiento de patrones y el
diagnóstico de alta precisión. Tanto en la imagen médica (TAC, resonancias)
como en los registros cardíacos, los nuevos sistemas son capaces de detectar
anomalías que escapan a la retina humana. Un caso paradigmático es la
prevención de la muerte súbita en deportistas: la inteligencia artificial logra
iluminar alteraciones eléctricas sutiles que, aunque ya estaban ahí, a menudo
pasaban desapercibidas al ojo clínico.
No obstante, la
telemedicina se enfrenta aquí a su talón de Aquiles: la calidad del dato.
Realizar pruebas complejas en un entorno doméstico no siempre garantiza la
precisión necesaria. Errores en la colocación de electrodos o interferencias
externas pueden arruinar el registro. Por ello, la fiabilidad del sistema nunca
reside solo en el software, sino en la calidad de la ejecución y en el contexto
clínico que le da sentido.
Es necesario que
volvamos a valorar más la medicina clínica en su sentido clásico. La medicina
de aproximación. La del contacto humano. La de mirar, tocar, escuchar y
explicar. Tener una batería diagnóstica completa —análisis, cultivos, pruebas
de imagen— es valioso, pero la medicina no se agota en la acumulación de datos.
La parte
verdaderamente clínica sigue siendo la interpretación, la empatía, la
comprensión de la persona que hay detrás del diagnóstico. Y eso no lo hace una
máquina.
La historia lo ha
demostrado en numerosas ocasiones. En orfanatos de siglos pasados, muchos niños
morían no por falta de alimento o higiene, sino por ausencia de contacto
físico. Enfermeras que defendieron la importancia del tacto, del calor humano,
lograron salvar vidas. No se trata de anécdotas: hay literatura suficiente que
muestra cómo la soledad y la falta de vínculo acortan la vida incluso cuando
los cuidados técnicos son correctos.
Seguimos siendo
humanos. No somos una máquina a la que se le ajustan cuatro tornillos y vuelve
a funcionar.
La tecnología puede y
debe ser una aliada poderosa de la medicina. Pero no sustituye lo esencial. La
salud no se restablece únicamente desde la distancia ni desde una pantalla. Se
construye en relación, en el encuentro, en la escucha y en el acompañamiento.
Mientras sigamos
confundiendo precisión técnica con cuidado, tendremos más herramientas, más
datos y más pantallas. Y, paradójicamente, menos medicina.
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Miércoles, 4 de Febrero del 2026
Jueves, 5 de Febrero del 2026
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