Si cualquier persona, hace cincuenta años, se diera un paseo
por las inmediaciones de Tomelloso, es posible que observase, junto a las casas
de campo y los bombos, unos montones de leña.
Acercándose un poco más, comprobaría que los montones
estaban formados por cepas arrancadas de la tierra y sarmientos.
Las cepas estaban amontonadas de forma ordenada, formando un
cuadrado. Los sarmientos, también colocados ordenadamente, formaban un
cilindro.
Estos montones de leña apilada ordenadamente eran las
“cinas” de cepas y de sarmientos. Los “pichuleros” no tenían más leña para
calentar las casas de campo que estos restos de poda o de arranque de cepas
viejas.
Si se observaba el campo, se podía ver, junto a un albergue
bien cuidado, una cina de cepas y otra de sarmientos. Esto era señal inequívoca
de que el propietario era un pichulero de nivel medio-alto.
Los agricultores de Tomelloso tenían bastante alejadas de la
población casi todas sus propiedades. Con carros tirados por mulas, diez,
quince o veinte kilómetros es una distancia muy grande. Es por ello que se
vieron obligados a construir bombos donde refugiarse ellos y sus animales.
Tanto en invierno como en verano, un hombre que trabaja en
el campo necesita alimentarse bien. Tuvieron que aprender a cocinar.
Esta tierra en la que se encuentra Tomelloso es dura y tiene
un clima aún más áspero y extremado. Con una cina de cepas y otra de gavillas
de sarmientos tenían que autoabastecerse para calentar la casa de campo y
cocinar todo el año de quintería.
En la casa del pueblo, más de lo mismo: una gavillera y un
montón de cepas partidas tenían que dar calor y fuego para cocinar todo el año.
Tendremos en cuenta que los muros de la casa del pueblo eran de un grosor
aproximado de 50, 60 ó 70 cm.
Las casas de los agricultores tomelloseros tenían casi todas
bodega-cueva. Tras bajar quince o veinte escalones, en la mayoría de estas
cuevas habían excavado una alacena en una de las paredes laterales.
En la alacena hacía una temperatura algo más fresca durante
el tórrido verano manchego, la cual ayudaba en la conservación de alimentos.
Los gruesos muros de tierra aislaban de forma algo especial
la vivienda del frío o del calor exterior.
Los bombos son una estancia fresca. En el cálido verano
manchego, el termómetro, cerca de mediodía, sube con facilidad hasta 40 grados.
Bien, pues en el interior de estas (aparentemente toscas)
construcciones hechas con piedra seca, el termómetro sube muy poco de los
veinte grados en un día de verano.
Hemos visto cómo solucionaban los agricultores de Tomelloso
el problema, no pequeño, de calentar en invierno y refrescar un poco en verano
sus viviendas, tanto en el campo como en la población.
Además, ahora ya sabemos para qué servían los montones de
gavillas y cepas que se hacinaban tanto en el campo como en la parte más
interior de la casa en el pueblo.
Los gastos por los servicios anteriormente citados eran muy
pequeños; tampoco era muy grande el recibo de la electricidad, pues con ocho o
diez bombillas les bastaba para alumbrar la vivienda.
Sesenta años atrás, los agricultores tomelloseros, con tesón
e imaginación, hacían llevaderas las duras condiciones de trabajo en esta parte
de la llanura manchega. Este es, sin duda, uno de los lugares con condiciones
climáticas más extremadas que se pueda encontrar.
Breve diccionario de palabras y expresiones tomelloseras
que hay en este escrito
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Domingo, 8 de Febrero del 2026
Lunes, 9 de Febrero del 2026
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