Hoy
no celebramos una efeméride, sino que probablemente examinamos una
deuda. Una deuda que no aparece en los balances, pero sí en los
ascensores sociales averiados,
en los formularios que expulsan y en las familias que viven al límite
de una noticia más, de un precio más, de una incertidumbre más. Este
viernes, 20 de febrero, Día de la Justicia Social, conviene decirlo
claro: la justicia social no es un eslogan de temporada.
Es la manera en que una democracia la ejecuta y demuestra que nadie
queda fuera.
Y
quizá por eso este día es hoy más necesario que nunca. Porque estamos
inmersos en una ola de insensibilidad generalizada: tensiones
internacionales, una economía que
cambia a gran velocidad, rechazo al o a lo extranjero, una
digitalización que puede abrir puertas… o levantarlas como barreras. En
épocas así, hay dos tentaciones peligrosas: la primera, resignarnos; la
segunda, convertir el debate social en un pulso de consignas.
Frente a ambas, la justicia social ofrece un criterio simple y
exigente: medirnos por cómo tratamos a quien más lo necesita y por la
rapidez con la que lo hacemos.
Ahora
bien, ¿qué es la justicia social? Es fácil confundirse; no es caridad,
no es compasión institucional, no es ayudar cuando se puede. Justicia
social es que los derechos
sean ejecutables: que tengan presupuesto, calendario, ventanilla
comprensible y respuesta a tiempo.
Por
eso, cuando hablamos de bienestar social, hablamos de infraestructura
democrática. De la misma forma que nadie discute que una carretera
conecta territorios, los
cuidados conectan vidas: dependencia, ayuda a domicilio,
teleasistencia, inclusión, atención temprana, protección a la infancia,
apoyo a la discapacidad… Porque cuando los cuidados fallan, la igualdad
se convierte en teoría.
En
Castilla-La Mancha lo tenemos claro: el bienestar no es un gasto
blando, es una logística de derechos. Y se demuestra con hechos. En
2026, el presupuesto de la Consejería
de Bienestar Social alcanza los 953,1 millones de euros, el mayor de
nuestra historia. Desde 2015, el Gobierno regional ha destinado más de
9.500 millones a políticas de bienestar social, con un incremento del
57% desde que Emiliano García-Page es presidente.
Hemos pasado de invertir 1,6 millones al día en 2015 a 2,6 millones
diarios en 2026. Esto no es una cifra: es una decisión política
sostenida.
Pero
la gente -y tiene razón- no vive en notas de prensa; vive en plazos.
Vive en si una prestación
llega cuando toca, en si una familia puede conciliar, en si una persona
mayor está segura en su casa, en si un proyecto social puede seguir
abierto sin meses en blanco entre una convocatoria y la siguiente. Por
eso, además de invertir más, trabajamos para
agilizar y anticipar convocatorias año tras año, evitando
interrupciones y garantizando continuidad a las entidades y a los
programas que sostienen a miles de personas. Lo hemos vuelto a hacer
este año siendo la primera comunidad en resolver y pagar la convocatoria
del IRPF social, dando estabilidad al Tercer Sector y alcanzando en
2026 la cifra récord de 20,5 millones de euros en la misma. Y lo
reforzamos con convocatorias de inclusión con horizonte plurianual,
precisamente para que la financiación no se convierta en
una carrera de obstáculos.
Esa
filosofía también se ve en la dependencia. Castilla-La Mancha ha
iniciado 2026 con sus mejores datos históricos: más de 82.000 familias
atendidas diariamente y 118.000
prestaciones, con cerca de 1.000 incorporaciones al mes. Y, algo
decisivo, resolvemos en 165 días de media, frente a 341 días en el
conjunto del país. La justicia social también es esto: que un derecho
llegue a tiempo.
La
teleasistencia pública avanzada de Castilla-La Mancha es otro ejemplo:
más de 86.000 personas atendidas, presencia en el 93% de los municipios
que representan el 99%
de la población, registrando más de dos millones de llamadas anuales.
Son datos que aportan tranquilidad, prevención, autonomía y vidas
acompañadas.
Y,
sin embargo, sería irresponsable cerrar los ojos: la macroeconomía
puede ir bien y, aun así, demasiada gente seguir fuera. Los avances
recientes sobre pobreza y exclusión,
con datos de mejora leve en el último año, nos recuerdan que la
realidad es compleja, que hay vulnerabilidades que se heredan y que la
pobreza no es un accidente individual: es un fenómeno multidimensional
que exige políticas integrales, ágiles y persistentes.
Por
eso estamos desplegando la II Estrategia Regional contra la Pobreza y
la Desigualdad Social (2025-2030): un marco transversal, basado en
derechos, que busca pasar
del diagnóstico a la ejecución, con medidas, metas claras y
seguimiento.
En
Castilla-La Mancha sabemos también que la justicia social no puede
depender del código postal. Y lo decimos en una región extensa, con
dispersión territorial, donde
llegar a un barrio urbano y a un pueblo pequeño exige voluntad y
recursos. Por eso reforzamos los Servicios Sociales de Atención Primaria
y hemos ampliado equipos: hoy contamos con 1.010 profesionales, frente a
los 596 que quedaron tras los recortes de etapas
pasadas. Y por eso mismo reclamamos igualmente justicia social para la
financiación que recibimos las comunidades autónomas; justicia social
para que no se atiendan sólo unas ‘singularidades’ y otras, sin embargo,
no se aborden de una manera justa. ¿O es que
la dispersión territorial no es acaso una notable idiosincrasia, o
singularidad si queremos mantener el término, que debería contar, y
mucho, como baremo para reforzar al que menos tiene?
Termino con una convicción sencilla: este viernes no basta con conmemorar. Hay que comprometerse. Y comprometerse significa tres cosas muy concretas: presupuesto, plazos y continuidad. Porque la justicia social empieza donde termina la excusa.
Bárbara García Torijano
Consejera de Bienestar Social de Castilla-La Mancha
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