El llamado
Principio de Peter —formulado por el profesor Laurence J. Peter en 1969, de la
Universidad del Sur de California (EE. UU.)— sostiene que “en una jerarquía,
todo empleado tiende a ser ascendido hasta alcanzar su máximo nivel de
incompetencia”. Un trabajador competente es promovido sucesivamente, pero al
llegar a un puesto que supera sus habilidades, se estanca, generando
ineficiencia. Aunque formulado originalmente con ironía, este principio se ha
convertido en una poderosa herramienta de análisis para comprender una de las
patologías más persistentes de la política contemporánea: la desconexión entre
poder, competencia y responsabilidad.
Leí este libro
en mis años de estudiante, por recomendación de mi profesor de “Organización
Industrial”, una asignatura que, en aquella época, calificábamos de “maría”.
Sin embargo, de ella recuerdo este libro y las explicaciones del profesor. Mi
profesión la he desarrollado en el mundo de la educación: he sido más de
cuarenta años profesor y, de estos, quince fui director de un centro educativo.
Se podría decir que el escenario laboral en el que me movía me impedía valorar
de forma crítica lo que enunció Peter allá por 1969, y que no se podía observar
este principio en el ámbito del funcionariado. Sorprendentemente —o no—
descubrí que sí. También entre el funcionariado se puede aplicar este principio
y se puede observar con total transparencia.
Pero no voy a
hablar de educación o enseñanza. Voy a reflexionar con ustedes sobre este tema
de la incompetencia, que estudió Laurence Peter, en el mundo de la política.
Invito, en todo caso, a quien tenga interés a leerse el libro o ver algún vídeo
explicativo; seguro que les gustará. Al final del artículo les propongo
algunos.
Me cuidaré de
no nombrar a ninguna persona ni, por supuesto, a ningún partido. Lo hago
fundamentalmente para demostrar que no me mueven ideologías —a mi edad me
sobran las ideologías—; ya milité en partidos que me robaron la confianza en el
ser humano y me despertaron a la realidad. Lo hago porque hay que despejar de
ruido los escenarios de la política nacional, y mi intención es dar una opinión
que, a mi entender, comparten muchos ciudadanos en nuestro país. Por lo tanto,
les digo a los políticos: pónganse a trabajar valores democráticos, actúen con
honestidad y justicia, y sean generosos.
Vamos a
contextualizar nuestro análisis en España. La tenemos más a mano y, en todo
caso, sufrimos las consecuencias de la incompetencia de nuestros políticos y
gestores públicos. En el caso de España, este Principio de Peter no solo nos
ayudará a entender y explicar una parte relevante de la mala gestión pública,
sino que permite comprender una consecuencia aún más grave: la normalización
de la corrupción política y de la manipulación institucional como
mecanismos de autoprotección del poder.
Cuando ascender no significa saber
más.
En una
organización o sistema político —por ejemplo, un ministerio “sano”— el ascenso
dentro del catálogo de puestos de trabajo debería estar ligado a la capacidad,
la experiencia y los resultados. Sin embargo, en gran parte de la estructura
política española, el progreso profesional responde a otros criterios: lealtad
al partido o al líder, disciplina interna, capacidad de no cuestionar
decisiones superiores, utilidad estratégica dentro del aparato, etc.
El resultado
es sencillo de predecir: personas que pueden ser competentes en la lucha
partidista acaban ocupando cargos de enorme complejidad técnica sin preparación
suficiente para gestionarlos. No se trata de un fallo individual, sino de un
modelo de selección adversa o perversa —llamémosle de una u otra forma— donde
el conocimiento se percibe como un riesgo y no como un valor. Los sabiondos o
sabedores pueden ser incómodos.
La
incompetencia en el poder no es inocua. Produce un efecto dominó que rara vez
se expone con claridad. Las fichas de dominó que forman la arquitectura de una
empresa, dirección general, ministerio o cualquier otra organización deben
mantener un equilibrio para que la gestión encomendada llegue a buen puerto.
Las cadenas de errores, fallos u omisiones desembocan en el fracaso.
Un responsable
competente puede reconocer errores porque comprende los procesos y sabe cómo
corregirlos. Un responsable incompetente, en cambio, no puede permitirse que el
error salga a la luz, porque quedaría expuesta su incapacidad. A partir de ese
punto, la prioridad deja de ser el interés general y pasa a ser la
supervivencia política.
Esta podría
ser la génesis de la corrupción en su forma más extendida y menos visible. Las
malas prácticas son muchas: ocultación de informes técnicos, manipulación del
relato público, presión sobre órganos de control, dilación sistemática de
responsabilidades. La corrupción no siempre empieza robando dinero; muchas
veces empieza evitando que se sepa quién falló.
Gestión pública y fallos
estructurales: patrones repetidos
Los problemas
recurrentes en ámbitos estratégicos ilustran este patrón con claridad. Veamos
algunos ejemplos.
En el sistema
ferroviario español, con organismos como ADIF y Renfe, se han repetido durante
años situaciones que comparten una misma lógica: decisiones técnicas
subordinadas a calendarios políticos, advertencias profesionales ignoradas,
responsabilidades diluidas en complejas cadenas jerárquicas y ausencia de
consecuencias claras para los niveles superiores. El sistema, mal gestionado,
ha permitido la aparición de una auténtica tragedia ferroviaria, como lo ha
sido el accidente del 18 de enero en Adamuz (Córdoba). Sea cual sea el
resultado de las investigaciones, lo que sí se puede afirmar con seguridad es
la existencia de fallos de gestión en la alta velocidad en España.
Del mismo
modo, en la gestión de episodios climáticos extremos, como la DANA que afectó a
Valencia, el problema no fue únicamente meteorológico. Se repitió un esquema
conocido: técnicos que alertan, responsables políticos que minimizan,
decisiones tardías o erróneas y, posteriormente, una reconstrucción del relato
destinada a neutralizar la crítica y diluir culpas.
Si estos casos
evidencian una administración superada por la realidad, otros episodios
recientes confirman que no se trata de hechos aislados, sino de una forma de
gobernar profundamente arraigada en España. Recordemos tres ejemplos más de
gestión incompetente.
Los episodios
de apagones y tensiones en la red eléctrica no pueden despacharse como simples
accidentes. Revelan una alarmante falta de planificación y de comprensión
técnica en un ámbito estratégico. Cuando falla la electricidad, no falla solo
una infraestructura: falla la capacidad del Estado para anticiparse y gestionar
lo esencial.
Otro ejemplo es el de los incendios forestales. Cada verano se repite el
mismo guion: incendios devastadores, declaraciones solemnes y promesas que no
se cumplen. La prevención sigue siendo insuficiente y la respuesta, tardía. No
es un problema de recursos, sino de dirección política incompetente, incapaz de
coordinar y planificar a largo plazo.
En el área de transportes se ejemplifica claramente cómo la mala gestión y
la corrupción se retroalimentan: contratos opacos, adjudicaciones cuestionables
y responsabilidades diluidas. Cuando quien dirige no entiende lo que gestiona,
la tentación de manipular y blindarse se vuelve estructural.
En estos casos, el Principio de Peter no se limita a describir
incompetencia: describe cómo la incompetencia se protege a sí misma desde
el poder.
El verdadero problema: la impunidad
estructural
España no
carece de leyes, ni de organismos de control, ni de discursos sobre
transparencia. Lo que falla es algo más profundo: la ausencia de consecuencias
reales y automáticas ante la mala gestión. Como diría el más castizo español:
“Aquí no pasa na aunque la líes parda”.
Ante hechos
incuestionables, consecuencia de errores de los responsables políticos, se
despliegan mecanismos muy conocidos por todos —hasta se nos hace pedagogía de
cómo perseguir las corruptelas—. Aunque se ponen en marcha, las comisiones de
investigación rara vez derivan en responsabilidades efectivas; las dimisiones,
cuando existen, suelen ir acompañadas de recolocaciones discretas; los procesos
judiciales son lentos y fácilmente politizables; la responsabilidad política se
ha convertido en una fórmula retórica sin efectos prácticos. A esto se le llama
“ingeniería de gobierno”.
En este contexto, el Principio de Peter deja de ser una anomalía y pasa a convertirse en una regla de funcionamiento.
¿Qué camino se debe seguir?
La corrección de este problema no pasa por esperar “mejores personas”, sino
por cambiar ciertos mecanismos del sistema. ¿Cuales? Repasemos algunos
saludables cambios:
1.
Despolitizar de forma real los
órganos de control, eliminando el reparto partidista, la separación de poderes y
blindando su independencia, sirva de ejemplo el propio Consejo del Poder
Judicial como órgano de control, cuya constitución se realiza,
incomprensiblemente, por parte de los propios partidos.
2.
Establecer responsabilidades
automáticas ante fallos graves documentados, especialmente cuando existan
advertencias técnicas previas ignoradas.
3.
Proteger al técnico frente al
político, garantizando que pueda dejar constancia pública de sus informes sin
temor a represalias.
4.
Implantar una transparencia con
trazabilidad, donde se conozca quién decidió, con qué información y contra qué
advertencias.
Estas medidas no son utópicas. Funcionan, total o parcialmente, en otros
sistemas democráticos de países vecinos. Lo que falta no es viabilidad técnica,
sino voluntad política.
La reflexión final: el papel de la
sociedad
Ninguna reforma institucional será suficiente si la sociedad tolera la
incompetencia siempre que “los suyos” gobiernen. Cuando el voto no penaliza la
mala gestión demostrada, el sistema aprende rápido que la competencia es
prescindible.
El Principio de Peter en la política española, en mi opinión, no es solo un
problema de élites. Es un espejo incómodo que refleja hasta qué punto hemos
normalizado que el poder se ejerza sin conocimiento, sin responsabilidad y, en
demasiados casos, sin justicia.
El verdadero desafío no es evitar que personas incompetentes lleguen al
poder —eso es imposible—, sino impedir que el sistema las proteja cuando
fallan. Mientras la incompetencia sea rentable y la responsabilidad evitable,
el Principio de Peter seguirá gobernando desde lo más alto de nuestras
instituciones.
Recomendaciones de lectura y videos:
· El principio de Peter. Plaza & Janés. 1972. ISBN 84-01-45124-8.
· ¿Por Qué mi JEFE es un INCOMPETENTE?
· EL PRINCIPIO DE PETER: ¿Por qué los
incompetentes llegan tan lejos?
· Qué es el Principio de Peter #economia
#Incompetenciagerencial
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Domingo, 22 de Febrero del 2026
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