“Hoy
más que nunca, precisamos de ese paladar montés, que no sólo da aroma a
nuestros alimentos, también apoya nuestro bienestar, a través de la variedad de
arbustos medicinales que nos asisten, en nuestro transitar por aquí abajo”.
La humanidad necesita abrirse y reabrirse a una nueva
existencia más poética que política, que sea como flores silvestres en medio de
un mundo en el que todo lo campestre o natural suele destruirse, obviando que
son los recursos de esta bucólica savia, la que nos sustenta y nos da vigor. De
ahí que todos debamos trabajar unidos, al menos para asegurarnos, que la
mística de los ecosistemas nos continúa regenerando y todas las especies, ya
sean vegetales o animales, cohabiten a nuestro lado en el futuro. Sólo tenemos
que adentrarnos mar adentro¸ para observar que la inmensa virtud de la flora,
no sólo sustenta haciendas, también favorece la salud humana, con su gozosa paz
habitual que nos injerta en su acompañamiento.
Florecerá saludable, abrir nuestras entretelas a esas
multitudes que nos agregan, pero además tenemos otros apoyos como las plantas
que nos estimulan, comenzando por estabilizar los suelos, haciendo de nuestros
verdes labrantíos, un auténtico Olimpo del verso y la palabra. En nuestra casa
común, todos somos precisos y necesarios. Jamás lo olvidemos. Por tanto,
fortaleciendo la gobernanza ambiental, haremos que nuestro planeta sea más
seguro para el colectivo de los seres vivos. Personalmente, recordaré por siempre
aquel romancillo al nogal solitario, que gesté siendo pollito, por los espacios
rústicos del Bierzo y Valdeorras. Fue un auténtico diálogo conmigo mismo, a
pesar de mi inocencia; y, también con aquellas gentes, con las que compartí el
sueño de niño, que aún lo conservo.
Ojalá que, en este tiempo de tantas prisas, tangamos un
momento para reflexionar, como esos poetas que están siempre en guardia
permanente, esperando que el asombro les inspire una perfecta lírica para poder
coaligar sus propios pulsos mundanos a los etéreos. Seguramente, entonces; la
humanidad, en su conjunto, aprendería a salvaguardar mejor los bienes comunes.
Hoy más que nunca, precisamos de ese paladar montés, que no sólo da aroma a
nuestros alimentos, también apoya nuestro bienestar, a través de la variedad de
arbustos medicinales que nos asisten, en nuestro transitar por aquí abajo. Será
bueno, por consiguiente, bajar del pedestal y sumergirse en el agua del
arrepentimiento. Requerimos nuestro patrimonio original para vivir y poder
amarnos, como nos merecemos.
Para conseguirlo, hemos de avivar la inspiración congénita,
que es la obra que nos trasciende, conforme
a la universalidad de la naturaleza, que con sus innatas órdenes nos invita a cultivar un recto deber y, con sus
prohibiciones, nos aleja del mal. Nuestra existencia tiene más valor que
cualquier interés mundano, o que cualquier algoritmo que nos mercantilice;
impidiendo relacionarnos, corazón a corazón. Quizás necesitemos subir a las
alturas de los espacios campestres, a releer el espléndido libro de virtudes y
bondades que la energía montaraz nos muestra, sentir su métrica que nos
embellece, elevando la iluminación al poema, que cada cual injertamos cada día
en nuestro caminar, desde su cultura, sus iniciativas y sus capacidades.
Quisiera advertir, además, que aún no suele haber conciencia clara de que el contexto humano y el natural se corrompen juntos, y que no podremos afrontar correctamente esta degradación ambiental si no prestamos atención a los motivos que tienen que ver con la deshumanización e inhumanidad. Por desgracia, tampoco solemos estimar que alrededor de 50.000 especies silvestres de animales y plantas satisfacen las necesidades de miles de personas; o que, cerca de un 9% de las plantas utilizadas a nivel mundial como fines medicinales y aromáticos, estén en peligro de extinción debido a la sobreexplotación, la pérdida de hábitats, el cambio climático y el comercio no regulado o ilegal. Avivemos en nosotros, pues, el deseo de ser protectores de vida y no depredadores. ¡Buen propósito!
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