NOTA: El título latino de la obra original “Stultifera Navis “ se traduce como “la nave de los necios” y también como “la nave de los locos” ambos títulos se admiten en las fuentes bibliográficas que he mirado. He elegido el título “nave de los locos” porque, entre otras cosas, entiendo que la metáfora que utilizo en este artículo se aplica a los personajes que nos gobiernan y conducen que no son precisamente necios sino más bien, a veces, locos. Recomiendo el libro en español: La nave de los necios. Sebastián Brant. Editorial AKAL. 2011
Portada de la
obra “Stultifera navis” (la nave de los necios).1494 Grabado de Durero.
Hay metáforas que no envejecen. Una de ellas zarpó en
1494, cuando Sebastián Brant imaginó una nave repleta de personajes ilustres y
anónimos, todos rumbo a un destino incierto llamado Narragonia. Aquel
libro, publicado en Basilea y conocido
con el nombre Narrenschiff o Stultifera navis (la nave de los necios,
también traducida como la nave de los locos), es
un largo poema compuesto por 2079 octosílabos pareados en donde se narra el
viaje de 111 personajes de diferentes clases sociales a un país llamado
Narragania o también Locagoni. Fue ilustrado con grabados de Durero.
Han pasado más de quinientos años, pero esta singular nave
sigue navegando.
Hoy, en pleno siglo XXI, el barco ya no cruza las
aguas del Rin, sino un océano globalizado, hiperconectado y turbulento. Y sus
pasajeros no son figuras alegóricas descritas en viejos grabados, sino personas
reales, de carne y hueso, cuyos nombres llenan titulares, mercados y
algoritmos. Son líderes políticos, magnates tecnológicos, arquitectos de
imperios digitales, guardianes de inteligencias artificiales, estrategas
geopolíticos y profetas del futuro.
No los he elegido yo. Están ahí porque ocupan, para
bien o para mal, los puestos desde los que se decide el rumbo del mundo.
Este artículo es una invitación a subir a bordo,
observar la tripulación y preguntarnos, sin estridencias pero sin ingenuidad,
hacia dónde nos conduce esta nave del siglo XXI.
En esta singular nave viajan Donald Trump, Vladimir
Putin, Xi Jinping, Elon Musk, Sam Altman, Bill Gates, Jeff Bezos… y otros
muchos que, desde sus cubiertas privadas, influyen en la deriva colectiva. No
son “locos” en el sentido medieval del término, pero sí representan —cada uno a
su manera— las tensiones, ambiciones y contradicciones de nuestra época y, por
supuesto, son los artífices del presente y del futuro de la humanidad
Mientras ellos discuten, maniobran, compiten o sueñan
con nuevos horizontes, la nave avanza sobre un mar cada vez más agitado: crisis
climáticas, desigualdades crecientes, revoluciones tecnológicas, guerras,
desinformación, promesas de progreso y amenazas de naufragio.
Los pasajeros de la nave
Imagen creada con Copilot
La Stultifera navis del siglo XXI no es un
barco cualquiera. Es un buque inmenso, híbrido, mitad galeón renacentista y
mitad crucero tecnológico, construido con “chapas” de la historia, cables
submarinos, satélites y viejas supersticiones humanas. En su cubierta se
mezclan el poder, la ambición, el miedo y la esperanza. Y allí, entre mástiles
y antenas, viajan algunos de los nombres que más influyen en el rumbo del
mundo. Se los presento:
Donald Trump camina por la cubierta como un “mago del absurdo”. Su presencia divide a
la tripulación, unos lo siguen con fervor, otros lo observan con inquietud,
pero nadie puede ignorarlo. Su voz resuena como un tambor que marca ritmos
inesperados. Los gobernantes del mundo lo miran y se encogen de hombros.
Vladimir Putin se mueve con la calma tensa del estratega que siempre calcula. No necesita
levantar la voz, le basta con mirar el horizonte como si fuera un tablero de
ajedrez. Su sombra se proyecta sobre la proa, recordando que la fuerza sigue
siendo una brújula para muchos. Es un romántico del viejo imperio de los zares.
Xi Jinping observa desde la torre de mando, donde los mapas no son de papel, sino de
datos. Su visión es la del arquitecto del orden. El suyo es un mundo donde cada
pieza encaja, donde cada corriente está prevista, donde la nave avanza sin
sobresaltos… al menos en apariencia.
Elon Musk aparece y desaparece como un pasajero inquieto que nunca
duerme. A veces está en la cubierta superior, señalando las estrellas; otras,
en la sala de máquinas, ajustando motores que nadie entiende del todo. Sueña
con llevar la nave más allá del océano, quizá a otro planeta. Es CEO (Chief
Executive Officer) -Director Ejecutivo-
) de Tesla, SpaceX, Neuralink,
xAI (inteligencia artificial). También es propietario y líder de
la red social X (anteriormente Twitter).
Sam Altman viaja con un cuaderno lleno de algoritmos y advertencias. Es el guardián
de una inteligencia que aprende sola, una inteligencia que podría ayudar a la
nave… o abrir rutas que nadie ha cartografiado. Su camarote es un laboratorio,
y su brújula cambia cada día. Es el progenitor de la nueva IA, CEO de OpenAI .
Habita en los más grandes centros de datos del mundo comandando un ejército de
ingenieros que se afanan en escribir algoritmos y entrenar redes neuronales.
Bill Gates recorre el barco con la serenidad del filántropo que cree que todo
problema tiene solución si se mide bien. Habla de vacunas, de energía, de
educación, de números que podrían enderezar el timón. Algunos lo escuchan;
otros lo miran con recelo. Él fue el que creó el gran astillero en el que se
construyó la nueva era de las tecnologías de la información y la comunicación.
Inventó ventanas y ratones que se mueven a su través. Su reino se llama
Microsoft.
Jeff Bezos, en cambio, parece más pendiente de la bodega de la
nave. Se ocupa de las mercancías, rutas
comerciales, drones que van y vienen. Su visión del océano es la del mercader
del siglo XXI, donde cada ola es una oportunidad y cada tormenta, un desafío
logístico. Este es el genio del comercio.
Sus dominios se centran en vender lo invendible y en conectarnos al
mercado único. Constructor de la uniformidad implantada en el mercadeo. Amazon
se denomina su reino. En la actualidad su reino está gobernado por el CEO Andy Jassy.
Y no están solos. En la nave viajan también otros
líderes políticos, financieros, mediáticos y tecnológicos. Algunos discretos,
otros estridentes. Algunos convencidos de que llevan el timón correcto; otros,
simplemente aferrados a no perder su camarote. Todos ellos comparten cubierta,
aunque no compartan destino.
El océano del presente
El océano que atraviesa la Stultifera navis del siglo XXI no es un mar tranquilo. Es un
territorio inmenso, cambiante, lleno de corrientes que se cruzan sin avisar. A
veces parece un espejo en calma; otras, un hervidero de tormentas que se forman
en cuestión de horas. No hay cartas náuticas que sirvan para siempre, porque el
agua se mueve más rápido que la tinta.
En la superficie, el barco avanza sobre un mar de
información infinita, donde cada ola trae un dato, una opinión, una alerta, una
mentira o una verdad disfrazada. La tripulación intenta orientarse, pero las
brújulas magnéticas ya no apuntan al norte: apuntan a las tendencias, a los
algoritmos, a los impulsos de millones de personas conectadas entre sí a través
de redes sociales y agentes intermediarios de información.
Bajo la superficie, en las profundidades, se agitan
corrientes más lentas pero más poderosas: El cambio climático que calienta el
agua, la desigualdad que abre grietas en el casco, las tensiones geopolíticas
que empujan la nave hacia rutas peligrosas. Son fuerzas que no siempre se ven
desde la cubierta, pero que condicionan cada maniobra.
Imagen creada con Copilot
A lo lejos, en el horizonte, se dibujan tormentas
tecnológicas. Algunas prometen progreso: Energías limpias, avances médicos,
inteligencias artificiales capaces de resolver problemas que antes parecían
insolubles. Otras generan inquietud: automatización que desplaza oficios,
vigilancia digital, armas cada vez más precisas, máquinas que aprenden más
rápido que los humanos que las programan.
Entre ola y ola aparecen islas que parecen salvación,
pero que a menudo son espejismos: soluciones mágicas, discursos simplistas,
promesas de prosperidad inmediata. La nave se acerca a imaginarios puertos,
pero al llegar descubre que no hay puerto, solo arena movediza, solo intereses
perentorios, balances inestables en manos de inversores avarientos.
En la tempestad, soplan vientos imprevisibles,
borrascas económicas que estallan sin previo aviso, pandemias que paralizan
peligrosamente el mundo, conflictos que se encienden como chispas en un bosque
seco. La nave intenta mantener el rumbo, pero cada ráfaga la obliga a corregir
el timón.
El océano del presente no es un enemigo, pero tampoco
un aliado. Es un escenario inmenso donde conviven la esperanza y el riesgo, la
innovación y el miedo, la cooperación y la rivalidad. Un mar que exige
prudencia, visión y, sobre todo, una tripulación capaz de remar en la misma
dirección.
Tensiones a bordo
En la sala de mando, Trump y Xi Jinping observan el
mismo horizonte, pero no ven lo mismo. Para uno, el océano es un escenario de
confrontación permanente; para el otro, un tablero donde cada ola debe seguir
un orden preciso sincronizando mercados y economías. Sus visiones chocan como
dos corrientes opuestas que se encuentran en mitad del mar.
Putin, desde su camarote blindado, calcula rutas
alternativas. No le interesa seguir la senda marcada por otros; prefiere abrir
canales propios, aunque para ello tenga que romper el hielo a golpe de fuerza.
Su presencia genera una tensión silenciosa, como una tormenta que no se ve,
pero que todos intuyen. En su tablero de guerra se despliegan los territorios
que no duda en invadir.
En la cubierta superior, Musk y Bezos discuten sobre
motores, cohetes y rutas comerciales. Uno quiere llevar la nave más allá del
océano, quizá a Marte; el otro quiere que cada ola sea una oportunidad de
negocio. Ambos miran al futuro, pero no al mismo futuro.
Mientras tanto, Gates intenta convencer a la
tripulación de que hay que reforzar el casco, mejorar la salud de los
marineros, preparar vacunas contra tormentas que aún no han llegado. Algunos lo
escuchan con atención; otros lo acusan de querer rediseñar el barco entero.
En un rincón más discreto, Altman revisa algoritmos
que predicen corrientes invisibles. Habla de riesgos, de límites, de máquinas
que podrían ayudar a la nave a navegar mejor… o que podrían tomar decisiones
por ella. Sus advertencias generan inquietud: ¿quién controla realmente el
timón cuando la inteligencia ya no es solo humana?
Y alrededor de ellos, otros pasajeros —políticos,
financieros, estrategas, gurús mediáticos— discuten, negocian, compiten. Cada
uno defiende su visión del rumbo correcto. Cada uno cree que su mapa es el
único fiable. Cada uno está convencido de que, si la nave lo escuchara solo a
él, el viaje sería más seguro.
Pero la realidad es otra: la nave avanza a tirones,
como si cada pasajero remara en una dirección distinta. A veces parece que el
barco gira en círculos. Otras, que avanza demasiado rápido hacia un destino que
nadie ha consensuado. Y en ocasiones, simplemente deriva, empujado por fuerzas
que ningún pasajero controla del todo.
El narrador observa
Desde mi posición —a veces en la costa, otras en un
pequeño faro que apenas ilumina unos metros de mar— observo la nave del siglo
XXI con una mezcla de fascinación y desasosiego. No soy parte de la
tripulación, ni pretendo serlo. Mi oficio, más humilde y más antiguo, es el de
mirar, interpretar y contar. Quizá por eso veo cosas que
desde la cubierta pasan desapercibidas.
Veo, por ejemplo, cómo la nave avanza impulsada por
motores que pocos entienden: algoritmos que deciden lo que debemos ver o leer,
mercados que reaccionan antes de que pensemos, tecnologías que crecen más
rápido que nuestra capacidad para comprenderlas. Y, mientras tanto, millones de
personas —pasajeros involuntarios— intentan mantener el equilibrio en un barco
que no eligieron, pero del que tampoco pueden bajarse.
Veo también cómo las decisiones de los grandes
pasajeros repercuten en la vida de quienes viajan en la bodega, en la cubierta
intermedia, en los camarotes sin ventanas. Cada maniobra del timón genera una
ola que llega, tarde o temprano, a quienes solo quieren un viaje seguro, un
horizonte claro, un futuro que no dé vértigo.
A veces, desde mi faro, distingo luces que me llenan
de esperanza: jóvenes que aprenden a programar, comunidades que se organizan,
científicos que comparten conocimiento, docentes que enseñan a pensar en medio
del ruido. Son pequeñas lámparas en la noche, pero suficientes para recordar
que la nave no está condenada a la deriva.
Otras veces, sin embargo, veo sombras que se alargan:
discursos que dividen, tecnologías que deshumanizan, decisiones tomadas sin
escuchar a quienes más las sufrirán. Y entonces me pregunto si la nave avanza o
simplemente se deja arrastrar por corrientes que nadie controla del todo.
No escribo estas líneas para señalar culpables, sino
para invitar a mirar. Porque en un barco tan grande, tan complejo
y tan ruidoso, lo primero que se pierde no es el rumbo: es la capacidad de
observar con calma. Y sin esa mirada, cualquier timón es inútil.
Mi papel, como narrador, no es dirigir la nave, sino
encender una linterna. Mostrar lo que veo. Compartirlo con quienes quieran
mirar conmigo. Y quizá, entre todos, entender mejor hacia dónde nos lleva este
viaje compartido.
¿Hacia dónde navega la nave?
La pregunta flota sobre la cubierta como una vela que
nadie termina de izar. ¿Hacia dónde navega esta nave del siglo XXI? ¿Quién
decide realmente el rumbo? ¿Y qué papel tenemos quienes viajamos en ella sin
ocupar los camarotes del poder?
Si uno escucha con atención, descubre que no hay una
única respuesta. Para algunos pasajeros, el destino es un futuro brillante
lleno de tecnología, progreso y conquistas. Para otros, es un mundo ordenado,
previsible, donde cada ola está bajo control. Hay quienes sueñan con nuevos
horizontes y quienes prefieren regresar a puertos conocidos. Y también están
los que, simplemente, intentan mantener su camarote a flote mientras el barco
se inclina.
La nave avanza, sí, pero lo hace entre tensiones que
la atraviesan como grietas: desigualdad, polarización, crisis climática,
guerras, desinformación, promesas de innovación que conviven con miedos muy
antiguos. A veces parece que el barco se dirige hacia un futuro luminoso;
otras, que se acerca peligrosamente a arrecifes que nadie quiere ver.
Y sin embargo, en medio de esta incertidumbre, hay
algo que no deberíamos olvidar: la nave no pertenece solo a quienes ocupan la
sala de mando. Pertenece también a quienes reman, a quienes cocinan, a quienes
limpian la cubierta, a quienes observan el horizonte desde la borda. Pertenece
a quienes enseñan, a quienes aprenden, a quienes cuidan, a quienes crean, a
quienes preguntan.
El rumbo no está escrito. Nunca lo ha estado.
Quizá la lección de aquella nave medieval —la de
Brant, la de Durero, la que inspiró esta metáfora— sea precisamente esa: que la
locura no reside solo en los pasajeros, sino en la incapacidad colectiva para
mirar el mapa con honestidad y decidir juntos hacia dónde queremos ir.
Hoy, más que nunca, necesitamos esa mirada compartida.
No para señalar culpables, sino para comprender que el viaje es común. Que el
océano es inmenso, sí, pero también lleno de posibilidades. Que la nave puede
naufragar… o puede encontrar un rumbo más justo, más humano, más sensato.
Depende de todos. Incluso de quienes solo observamos
desde un faro, una costa o una pequeña linterna encendida en mitad de la noche.
Sean Felices.
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Lunes, 2 de Marzo del 2026
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