“Fomentar
la vía del diálogo en un mundo globalizado como el actual, es lo más acorde
para no caer en una espiral destructiva, que nos deja sin conciencia en un
territorio salvaje. No hay que ser el más león, sino el más conciliador”.
Debemos calmar los ánimos y colmarnos de paciencia, con
lenguajes de concordia y abecedarios de apaciguamiento, para poder desarmarnos
y tejer otro porvenir más armónico, con un quehacer además desprendido y un
obrar clarividente. Hoy más que nunca, tenemos que ganar quietud en nuestro
propio fuero interno y trabajar la transparencia del cantar de la vida, si en
verdad queremos encender los corazones de afectos. Nadie puede ofrecer lo que
no posee. Por ello, hemos de cultivar los acuerdos cada día, haciéndolos
presencia y camino en nuestros andares. De lo contrario, se impregnará en
nosotros un gran sentimiento de impotencia, ante el curso de los
acontecimientos, cada vez más inciertos.
Cuando convenimos la coalición entre cultos y culturas como
un ideal lejano, terminamos por no considerar escandaloso que se activen las
contiendas, e incluso que se fomenten las batallas para poner orden. No hay
nada más mezquino que esta actuación guerrera. Como gentes de verso en verbo que
debemos ser, la agresividad hay que destronarla de nuestros diarios
existenciales; máxime sabiendo que cuando estallan los conflictos, los niños
son los más afectados. Desde luego, la mejor protección es acabar con las
guerras. Ojalá que sea el conocimiento y la comprensión, lo que se valore
plenamente en todas las sociedades. Esto significa cumplir con las obligaciones
del desarme, reconstruyendo la familiaridad y reforzando las atmosferas del
entendimiento entre análogos.
Fomentar la vía del diálogo en un
mundo globalizado como el actual, es lo más acorde para no caer en una espiral
destructiva, que nos deja sin conciencia en un territorio salvaje. No hay que
ser el más león, sino el más conciliador. Se nos olvida que, buscando el
bien de nuestros semejantes, también encontramos el nuestro. La bondad, más que
ninguna otra cosa, es lo que mejor desarma a los hombres. Quizás, por eso, sea
bueno a veces volvernos párvulos. Nada tiene la capacidad de cambiarnos tanto
como un hijo. Está visto que nada nos inquieta, como pensar en nuestros
descendientes y en su fragilidad, hasta el extremo de hacernos más humanos y
lúcidos, respecto a lo que permanece o a lo que pasa, a lo que da savia y a lo
que provoca muerte.
Sea como fuere, a poco que nos adentremos en la
cotidianidad de nuestro mundializado diario, percibiremos que el sueño de la
estabilidad y el equilibrio parece un imposible, puesto que cada aurora está todo
más en peligro. El uso de armas nucleares está ahí, es el más grande en
decenios. La crecida de tensiones tampoco cesa, llevándonos a un gasto militar
que verdaderamente causa pavor. Lo mismo sucede, con el aluvión de oscuridades
sembradas, a las que hay que añadirle todo tipo de armas que están proliferando
y que, sumadas a las tecnologías emergentes, hacen que los trances sean aún más
tóxicos. Ojalá aprendamos a discernir, comenzando por reconocer que una tregua internacional
verdadera y constante no puede apuntalarse en el equilibrio de fuerzas
militares, sino en la confianza recíproca.
Es deseable que, cada espacio viviente, se convierta en un
espacio habitable de convivencia; sin conveniencia, donde cada cual aprenda a
reprenderse para poder desactivar la hostilidad, que reina y gobierna en muchas
partes del planeta. La unión no es una utopía, se trata de comprometerse con el
cumplimiento de las condiciones acordadas, para iniciar una alianza firme y
amistosa; lo que conlleva tomar la cultura del abrazo, como senda de la
mediación y sanación. Un espíritu reconciliado consigo mismo, sabe apaciguar también
con los demás, y no levantar la espada de la discordia, que es lo que nos
tritura el alma. Un nuevo orbe nace cuando dos seres se abrazan. Cultivemos
esta hazaña, ¡amándonos! Venga a nosotros, pues, el pan de cada día con la paz
en cada noche.
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Miércoles, 4 de Marzo del 2026
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