A
veces el 8M no empieza en una manifestación. Empieza en un mensaje: “Tu
hija tiene fiebre. Ven a recogerla”. Y, sin que nadie lo diga en voz
alta, aparece la segunda pregunta: ¿quién puede salir del trabajo?,
¿quién “tiene margen”?, ¿quién se las apaña para que el mundo siga
girando?
Ahí,
en esa escena pequeña, está una parte enorme de la desigualdad. No
porque falte amor. Falta reparto. Falta que el cuidado, de los hijos, de
los mayores, de la casa, de la vida, deje de caer por inercia siempre
en el mismo lado. Porque cuando el cuidado se da por hecho, no se ve. Y
cuando no se ve, no cuenta. No cuenta en el horario, no cuenta en el
currículum, no cuenta en el salario, no cuenta en la energía con la que
llegas al final del día.
Hay
múltiples escenas que ejemplificar, pero hoy me quiero parar en una que
no se explica con estadísticas, pero todos entendemos: volver sola.
Mirar la calle con un ojo distinto. Cambiar la ruta. Llamar a alguien
“por si acaso”. Apretar las llaves. Fingir seguridad. Medir el paso, el
tono, el abrigo, la hora. Hay mujeres que planifican su libertad como si
fuera una operación de riesgo. Y eso no puede ser normal. No puede ser
el precio de vivir.
Entre
el mensaje del cole y el miedo a volver sola hay un hilo invisible: el
peaje. El peaje de estar disponible, el peaje de cuidar, el peaje de
vigilarse, el peaje de protegerse. Y el peaje, casi siempre, lo paga la
misma mitad de la población.
Por
eso el 8M no va de repetir consignas. Va de mirar la vida tal cual es y
decidir si nos parece justo. Va de entender que la igualdad no es una
discusión abstracta: es quién se ausenta en el trabajo, quién renuncia a
una formación, quién pide una reducción de jornada, quién acaba con
menos ahorro, menos ascensos, menos descanso. Y también quién vive con
más miedo.
Y
cuidado: los retrocesos no suelen llegar con un cartel avisando. Llegan
con bromas que normalizan, con bulos que confunden, con discursos que
niegan lo evidente, con el “ya estáis exagerando”, con el “esto ya está
conseguido”. Llegan cuando se intenta convertir la violencia en un
debate y la igualdad en una molestia. Ahí hay que alzar la voz. No para
gritar más que nadie, sino para que no nos hagan más pequeños los
derechos.
Lo
que toca ahora es sencillo de decir y difícil de hacer: que la igualdad
entre de verdad en casa, en la agenda y en la calle. Que los hombres no
“ayudemos”, sino que nos hagamos cargo. Que el cuidado no sea una
heroicidad individual, sino una responsabilidad compartida y una
prioridad pública. Que educar en respeto no se vea como una moda, sino
como una vacuna contra el abuso, el acoso y la humillación.
Y
que volvamos a lo básico: ninguna mujer debería tener que aprender
estrategias para vivir tranquila. Ninguna niña debería crecer pensando
que su libertad depende de ir con miedo o que no puede alcanzar sus
sueños.
El 8M, en el fondo, es esto: que el mensaje del cole no sea una losa para una sola persona; que la vuelta a casa sea simplemente eso, volver a casa. Y que lo cotidiano, lo de cada día, deje de ser el lugar donde se cuelan las injusticias y se convierta en el lugar donde por fin se nota la democracia.
David Broceño Caminero
Subdelegado del Gobierno en Ciudad Real
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Jueves, 5 de Marzo del 2026
Miércoles, 4 de Marzo del 2026
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