Hoy me he levantado y, frente al espejo del
cuarto de baño, me he hecho una pregunta: ¿Quién eres? ¿Eres tú? ¿Te
reconoces?... Y, de repente, he notado un cierto manotazo en la nuca, que creo
que ha sido la respuesta de mi cerebro a las preguntas que acabo de decir.
—Eres tú —me dice mi cerebro—, pero tú no estás
en lo que ves; estás detrás de lo que ves.
Vaya manera de empezar el día. Ahora resulta que
tengo que mirar detrás del espejo, detrás de la imagen ciertamente envejecida y
demacrada que me devuelve el espejo.
La vida, al menos para mí, ha sido un viaje que
he realizado tan rápido y tan inconscientemente que apenas me ha dado tiempo a
disfrutarlo. Utilizo la metáfora del coche circulando por la autovía. No sé si
la leí, la escuché o yo mismo la descubrí, pero lo cierto es que este viaje que
es la vida resulta ser como el viaje que hacemos cuando circulamos por una
autopista.
Normalmente circulamos muy rápido, acuciados por
una prisa injustificable que nos devora. Cuando somos personas productivas,
insertas en el mercado social, con un trabajo, la crianza de una familia o el
disfrute de una soltería que nos hace más libres. En plena madurez vital vamos
con el acelerador a fondo por la vida y nos enteramos de poco; pasan muy
rápidos los árboles y el paisaje a través de la ventanilla. Vivimos sometidos a
un estrés vital que, aun en los buenos casos, no nos permite realmente disfrutar
del paisaje.
Un día nos damos cuenta de que nuestros hijos se
han marchado, de que hemos terminado de pagar la hipoteca —los que tengan la
suerte de hacerlo—, de que nuestra familia se ha quedado atrás, envuelta en las
excusas del trabajo y en los impertinentes aplazamientos de felicidad que
postulamos “para luego”.
Llega el luego y lo sustituimos por otro luego, y
así, en la demora, nos hacemos viejos. A este síndrome los psicólogos le llaman
el síndrome de “la felicidad aplazada”.
Pero vuelvo al principio. Cuando me miré esta
mañana en el espejo y me buscaba en él, surgieron las preguntas: ¿Quién soy?
¿Dónde estoy? ¿A dónde voy?... De nuevo, silencio.
Detrás del espejo está la pared. Solo la pared.
La fría pared del tiempo sobre la que se van colocando los recortes de
periódico de nuestra propia existencia, las medallas que nos dieron y también
las que no nos dieron. Pero de nosotros, de nosotros, no hay nada.
Ahora estoy en el momento en el que he levantado
el pie del acelerador. El paisaje pasa más lento y me recreo con agrado en él.
Descubro cosas que antes no veía.
Ahora constato una realidad: me he quedado en la
sala de espera de la vida. Es decir, me han jubilado. He dicho han. Sí,
son los otros los que me han jubilado. Yo no quería. Yo suponía que aún quedaba
combustible en el depósito de mi coche, pero resulta que no, que ahora paso a
ser un jubilado.
Las personas, cuando se jubilan —esto lo pienso
yo—, empiezan a hacer la maleta. Sí, la maleta definitiva, la que ahora nos va
acompañando en nuestro viaje por la autovía a menor velocidad. ¿Qué colocamos
en esta maleta? Bueno, aquí la respuesta es tan variada como variado ha sido el
transcurso de nuestra vida: recuerdos, momentos felices, errores, fracasos,
triunfos...Pero ¿qué ponemos realmente en nuestra maleta?
Seguro que hay una cosa que se nos olvidó poner,
consciente o inconscientemente: que vendrá el tren del “último viaje”, nuestro
tren personal. Pero se nos olvidó pensar en ese viaje.
Durante toda nuestra vida vivimos ajenos al final
de ella. Nadie nos enseñó nada sobre la muerte. La muerte, cada vez más, se ha
ido desterrando a la frialdad de los tanatorios, al ritual del fuego cuando nos
incineran o a la soledad de la tumba olvidada cuando nos entierran.
Una vez que has terminado de lavarte la cara y
peinarte, cuando has apartado ese problema de identidad que te acuciaba, surge
otro importante dilema, otra pregunta: ¿Qué me toca hacer hoy? Esta pregunta no
está en la encuesta del que aún viaja a alta velocidad por la autopista. El que
habita en la “utilidad social de la vida activa” no se hace nunca esa pregunta.
Tiene perfectamente programada su mente para ejecutar por enésima vez la rutina
del vivir en activo. Yo no. Yo pertenezco al grupo de los que se hacen esa
pregunta. ¿Qué voy a hacer hoy?
Hay un instante en el protocolo de la vida —ya lo
he anunciado antes— que es el de la “desconexión”. Uno va y se desconecta, o lo
desconectan, que para el caso da lo mismo. Y necesariamente tiene que agarrarse
a algo para no caerse. Ahora llego al núcleo de mi reflexión y al clímax de
este artículo.
¿A qué esquina nos abrazamos?
A la esquina de los recuerdos.
Aquí viene el primer error que solemos cometer:
nos agarramos al pasado. El pasado nos espera pacientemente en nuestras vidas y
nos recibe, en la edad dorada de la jubilación, para calentarnos al sol de los
recuerdos.
Nuestro cerebro gusta mucho, en general, de
reactivar el área de la memoria en esta etapa de la vida. Hablo de la llamada
memoria a largo plazo, que se ubica en el neocórtex y que, cuando traemos los
recuerdos al presente, son procesados por la corteza prefrontal de nuestro
cerebro. ¡Qué bien lo cuentan los neurólogos! Parece todo tan perfecto.
Sin embargo, cada vez que recordamos algún
acontecimiento, el relato de este cambia y el propio cerebro lo reconstruye,
incorporando o quitando cosas. Tengan cuidado: estrictamente no es cierto todo
lo que se recuerda.
En esta huida del presente y desinterés por el
futuro se producen importantes cambios en nuestro cerebro, muchos de los cuales
implican una pérdida de actividad cerebral y la instalación que hacemos en la
llamada “zona de confort” de nuestra mente.
Esta es la equivocada ruta que tomamos cuando
peinamos canas y caminamos más despacio por la vida. Volvemos al útero materno,
cansados, asqueados, desilusionados o simplemente derrotados, para allí esperar
el tren final.
Está muy de actualidad la gerontología, rama de
la medicina que se ocupa de las personas mayores, porque la preocupación se
incrementa cuando aumentan los índices de esperanza de vida. Hay que facilitar
el tránsito.
¿Cómo?
Volvemos con las preguntas incómodas.
La desconexión obliga al ser humano a tomar el
camino hacia el pasado buscando el confort y aislándose del mundo o, por otro
lado, la mirada hacia el futuro —o llamémosle reconexión— pierde interés.
Reconectarse es la opción más valiente y más
estimulante para seguir viviendo.
Es cierto que los seniors se cotizan poco
en la sociedad, y especialmente en algunas sociedades como la nuestra. Poco
aprecio hace la sociedad del conocimiento de la experiencia acumulada por un
ser humano a lo largo de su vida. Gran error este, que por otra parte no ha
sido así siempre en las distintas civilizaciones que nos preceden.
Si usted le pide hora al médico o al psicólogo y
le plantea lo de la reconexión, es posible que lo mire entre serio y burlón y
le diga: “¿Usted a dónde quiere ir?”.
Lo más fácil es que vea el problema de su salud
solamente supeditado a la analítica y al cribado de enfermedades; que solo le
vean como un mecanismo viejo al que hay que reparar.
¡Qué gran error!
La reconexión vital debe abordarse desde la
experiencia. Usar lo aprendido para construir el futuro: ese es el medicamento.
La calidad de vida nos empeñamos en que sea en lo
físico: pasear como un zombi, ponerse al sol para sintetizar la vitamina D,
dormir —aunque no puedas ocho horas diarias—, etc.
Sin embargo, la actual sociedad no repara en la
importancia de la sabiduría almacenada en un cerebro a lo largo de una larga
existencia. La puesta en valor de este bagaje permitiría, en nuestra sociedad,
reconectar y rehabilitar a muchas personas que son injustamente relegadas a un
rincón a partir de su jubilación.
La parcial desconexión con el pasado y la
reconexión con el presente y el futuro son una buena medicina; pero suele estar
amarga y no nos gusta tomarla.
La vida, vivir, en el amplio sentido de la
palabra, es estar e interaccionar, sentirse y sentir a los demás. La vida no es
una meta; es un camino, un medio, para el que el fin es estar vivo de manera
plena.
Cuando se mire en el espejo, búsquese en lo que
aún le queda por hacer.
Es mucho.
Aunque solo sea prepararse para la llegada de su
tren.
¡¡Sean felices!!
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Sábado, 14 de Marzo del 2026
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