Tomelloso

Tonino Tarquini: La percepción subjetiva del paso del tiempo

La Voz | Domingo, 15 de Marzo del 2026
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Este mes, en nuestra charla con el psicólogo sanitario Tonino Tarquini, reflexionamos sobre el paso del tiempo más allá de su interpretación estrictamente cronológica. Nos adentramos en cómo lo vivimos, cómo lo sentimos y qué claves psicológicas pueden ayudarnos a ralentizar, al menos en la experiencia subjetiva, su lento e inevitable devenir.

Tarquini explica que la percepción subjetiva del paso del tiempo recibe el nombre de cronocepción y señala que se trata de «una vivencia íntima y personal, única para cada individuo, que no siempre coincide con el tiempo objetivo marcado por relojes y calendarios».

Recuerda que ya los antiguos griegos distinguían entre dos formas de entender el tiempo a través de sus figuras mitológicas, Cronos y Kairós. Cronos, el titán padre de Zeus, simboliza el tiempo cuantificable y medible, mientras que Kairós representa el tiempo cualitativo, «el de las oportunidades, los momentos significativos». Añade que Kairós, con sus sandalias aladas y su característico mechón de cabello, es fugaz, y advierte que «si no estamos atentos para atraparlo, se escapa y se desvanece en un instante».

El psicólogo subraya que el paso del tiempo es inexorable, pero que su vivencia no es fija. Explica que la cronocepción se ve alterada por múltiples factores, entre los que destacan dos variables fundamentales: la edad y la rutina. Con el paso de los años, afirma, la mayoría de las personas experimenta la sensación de que el tiempo transcurre cada vez más rápido, algo que relaciona con «la repetición sistemática de conductas interiorizadas que realizamos de forma automática», ya que cuando los días se parecen entre sí, «el cerebro deja de registrar novedades».

En este sentido, señala que con los años «los días se solapan, las semanas se sobreponen y los meses parecen volar en un proceso gradual de aceleración difícil de revertir». Añade que cada persona vive esta experiencia de forma distinta: hay instantes que se expanden hasta parecer interminables y periodos largos que pasan con rapidez desconcertante. «La espera de un viaje deseado puede hacerse eterna, mientras que los momentos de placer y felicidad suelen resultar fugaces, como si el tiempo se contrajera», apunta.

Tarquini recuerda que desde la física y la filosofía el tiempo ha sido concebido como un fenómeno no lineal, y cita a pensadores como Newton o Einstein, que debatieron ampliamente sobre su naturaleza. Desde la psicología, sin embargo, insiste en que «el tiempo no solo se mide, se interpreta», por lo que la concepción del tiempo es «un constructo psicológico, además de una magnitud física». Añade que la sensación de que el tiempo se acelera con la edad no es solo un mito, sino que responde a cambios reales en la estructura cerebral y a determinados hábitos de vida.

Explica que durante la infancia y la adolescencia el tiempo parece avanzar lentamente, con veranos interminables y cursos escolares que no acaban nunca, mientras que en la edad adulta se inicia «una espiral de aceleración progresiva»: los calendarios siguen siendo los mismos, pero cambia nuestra interpretación de ellos.

En la madurez, continúa, la mayoría de los estímulos del entorno resultan conocidos y pocos despiertan la atención o generan una activación emocional suficiente para dejar huella en la memoria. Por eso, asegura, «a veces resulta más fácil recordar un episodio significativo de la adolescencia, como el primer beso, una escapada o una emoción intensa, con todos sus detalles, que recordar qué comimos ayer».

Añade que en las primeras etapas de la vida casi todo es nuevo —olores, sabores, experiencias— y el cerebro graba una enorme cantidad de elementos, mientras que con el tiempo, al disminuir los estímulos novedosos y la atención consciente, «perdemos ese despertar emocional y el tiempo parece acelerarse sin dejar rastro».

La rutina, afirma, se convierte así en «la gran aliada, la esposa ideal de la aceleración del tiempo». Días parecidos, situaciones similares y hábitos repetidos reducen la activación del sistema atencional y hacen que vivamos «en piloto automático, sin la intensidad emocional necesaria para que las experiencias se consoliden en la memoria a largo plazo».

No obstante, Tarquini subraya que este proceso es parcialmente reversible y que no requiere grandes cambios, sino constancia. Señala que introducir pequeñas modificaciones en la vida cotidiana, como aprender una nueva actividad, explorar intereses distintos o cambiar el trayecto habitual, puede reactivar la atención y el registro consciente de la experiencia. En este sentido, destaca que «la atención plena juega un papel clave», ya que prestar atención al presente, a sus matices y sensaciones, incrementa el nivel de consciencia y favorece que las vivencias se graben con mayor profundidad.

En definitiva, concluye que si queremos frenar, o al menos ralentizar, la sensación de que el tiempo se nos escapa, el secreto está en «romper el círculo vicioso de la rutina», porque el tiempo no se mide solo en segundos u horas, sino en momentos cargados de emoción, experiencias y recuerdos que permanecen en la memoria y dan densidad y calidad a la vida.

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