Olivo firme, que guarda el viento, verde latido de tierra callada, sombras que abrazan la tarde dorada, raíz profunda que vence el tiempo. Un olivo en una rotonda puede parecer solo parte del paisaje, pero en Tomelloso es mucho más. Este breve, homenaje invita a detenerse, mirar y sentir lo que a veces pasa desapercibido.
En una de las rotondas de nuestro querido Tomelloso. Dónde el ir y venir parece no detenerse nunca, hay un silencio que habla. Es este olivo firme, sereno, como si hubiera elegido ese lugar no para ser visto, sino para quedarse y mirar la vida de los transeúntes, en todas las horas del día y de la noche.
No es un árbol cualquiera. Tiene algo antiguo, algo que no se aprende, algo que se hereda. Quizá por eso, al mirarlo, uno siente que no está solo. Como si en sus ramas se me ciernan historias que no se cuentan, pero que se entienden y se ven al mirarlo con el señorío de sus años y su belleza.
Tomelloso es tierra de manos que crean, arte, cultura, amor y pinceles que supieron atrapar la luz de sus campos que enseñan a esperar. Aquí, donde la viña crece con paciencia y la romería se convierte en fe compartida, de un pueblo en busca de su patrona. El olivo forma parte y no desentona: acompaña. Es raíz y es recuerdo.
Hay días en que el sol lo abraza y parece dorado: otros, el viento lo peina y susurra despacio. Y en ese juego sencillo, el tiempo se detiene un rato, Como si también quisiera mirarlo.
El olivo que en la rotonda guarda la calma. Que su alma guarda.
Verde testigo del paso lento latido del llano.
Quizás su mayor belleza no esté en lo que muestra, sino en lo que provoca. En cada momento nos recuerda que, incluso en medio del ruido, hay lugares donde habita la paz. Y que, a veces, basta con mirar para volver a casa.
Ahí permanece, noble y sereno,
viendo la vida pasar sin prisa,
como quien guarda un secreto bueno.
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Sábado, 21 de Marzo del 2026
Viernes, 20 de Marzo del 2026