La muerte de Jürgen Habermas marca el final de una de las grandes referencias intelectuales del consenso europeo de posguerra. Pero también ofrece una oportunidad —quizá la última— para evaluar con honestidad el alcance y las consecuencias de su pensamiento. No desde la reverencia acrítica que suele acompañar a los obituarios, sino desde la responsabilidad política de quienes padecen hoy los efectos de sus ideas.
Habermas fue, sin duda, un socialdemócrata y el gran teórico del llamado “patriotismo constitucional”: la idea de que la cohesión política de una sociedad no debe fundarse en la historia, la cultura o la identidad nacional, sino en la adhesión racional a unos principios abstractos recogidos en la Constitución. En apariencia, una fórmula elegante, casi aséptica, para sociedades complejas. En la práctica, el fundamento doctrinal de una Europa que ha ido vaciando de contenido sus propias naciones.
En España, esta idea ha encontrado terreno fértil. Durante décadas, el bipartidismo del PP y el PSOE ha abrazado —con mayor o menor sofisticación— esta concepción desarraigada de la política. José María Aznar fue quien impulsó públicamente esta idea, y todavía hoy en el Partido Popular existen firmes defensores de esta teoría que relativiza la nación: los que se proclaman patriotas de los derechos y a los que seguimos escuchando en el Congreso. Se ha sustituido el amor a España por la adhesión a un texto; la continuidad histórica por el procedimiento; la identidad compartida por un consenso administrativo sobre derechos y concepciones abstractas. Con esa fórmula cabe todo, incluso el Estado plurinacional y la disolución de la nación como sujeto político. El resultado es una nación debilitada, incapaz de afirmarse frente a desafíos internos y externos, y un sistema político que confunde neutralidad con renuncia.
El problema de fondo no es jurídico, sino antropológico y político. Ninguna Constitución se sostiene en el vacío. Ningún orden normativo sobrevive sin una comunidad que lo reconozca como propio. Habermas invirtió el orden natural de las cosas: pretendió que la norma fundara la nación, cuando es la nación —con su historia, su cultura y su voluntad— la que da sentido y legitimidad a la norma.
Esta inversión no es inocente. Forma parte de una tradición intelectual que ha desconfiado sistemáticamente de la nación como sujeto político. Desde la Escuela de Frankfurt, de la que Habermas fue heredero, se impulsó una crítica constante a las identidades fuertes, vistas como peligrosas, potencialmente excluyentes, sospechosas por definición. Pero al desactivar la nación, no se construyó una comunidad más libre, sino una sociedad más débil, más fragmentada y más vulnerable a cualquier forma de ingeniería social.
El patriotismo constitucional, lejos de ser un punto de encuentro, ha operado en muchos casos como un instrumento de deslegitimación y, en última instancia, de desintegración. Todo aquello que no encaja en su marco —la tradición, la soberanía, la religión común o la identidad nacional— es fácilmente etiquetado como sospechoso. Así, el debate político se empobrece: no se discute, se excluye; no se argumenta, se descalifica. Y en nombre de la tolerancia, se limita precisamente aquello que la hace posible: la pluralidad real.
No es casual que esta concepción haya convivido sin dificultad con políticas que diluyen las fronteras, relativizan la soberanía o llegan a afirmar que España es un concepto discutido y discutible, banalizando la pertenencia nacional. Si la comunidad política es meramente procedimental, si la nación no es más que un residuo del pasado, entonces cualquier transformación —demográfica, cultural o institucional— puede presentarse como neutra. Pero no lo es. Nunca lo es.
Frente a esta visión, conviene recordar una verdad elemental: la democracia no nace de la abstracción, sino de la pertenencia. No hay deliberación posible sin un “nosotros” previo. No hay derechos sin un sujeto político que los sostenga. No hay Constitución sin nación.
España no necesita menos nación para ser más democrática. Necesita más conciencia nacional para sostener su democracia. Necesita recuperar un patriotismo sin complejos: no excluyente, pero sí afirmativo; no agresivo, pero sí consciente; no reducido a un texto, sino enraizado en una historia y proyectado hacia el futuro.
Habermas representa, en última instancia, el intento de sustituir la política por el procedimiento, la identidad por la norma y la historia por el consenso. Durante décadas, Europa ha vivido bajo esa ilusión. Hoy, los hechos la desmienten.
Con su desaparición, se cierra una etapa intelectual. Pero el debate que deja abierto sigue siendo el mismo: si las naciones europeas están dispuestas a seguir diluyéndose en abstracciones o a recuperar la conciencia de lo que son.
Porque una Constitución puede organizar un país.
Pero sólo una nación puede sostenerlo.
Ricardo Chamorro
Diputado Nacional de VOX
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