Opinión

Un cadáver en la sala (III)

Juan José Sánchez Ondal | Domingo, 5 de Abril del 2026
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CAPÍTULO III.- De cómo, al día siguiente, Cervera y “Plinillo” llevan a cabo las primeras comprobaciones e investigaciones

El día había amanecido claro y la temperatura era agradable. Cervera salió de casa y se dirigió a la comisaría andando para despejarse y desentumecer los músculos, advirtiendo que, a pesar del sol mañanero, Madrid continuaba cubierto por la famosa boina de contaminación que, un día más, se incrementaría con la polución de los millones de automóviles que circulaban por la urbe. Y según las predicciones meteorológicas no se esperaban cambios favorables inmediatos.

Apenas había dormido un par de horas.

Cuando llegó a la comisaría, poco después de las nueve, tenía encima de la mesa el informe de la de Valderrocas. Según él, Primitivo poseía un floreciente negocio de concesionario de maquinaria agrícola que tenía instalado en una amplia nave anexa a su vivienda, ambas de su propiedad. El negocio lo inició su padre fallecido hacía unos cinco años. La madre y la esposa también habían muerto hace años y no tenía hijos. Era también copropietario, con un hermano, del que nada se sabía hace años, de un solar en un lugar privilegiado del pueblo, tras el que estaban algunas empresas constructoras. Hacía una vida tranquila, dedicado a su negocio, sin que se le conocieran vicios ni relaciones sospechosas. Su partida de dominó diaria en el casino después de comer y eso sí, forofo del Valderrocas F.C. del que fue presidente, y al que seguía en todos sus desplazamientos.

—Pues pobre hombre, pensó Cervera que, por lo poco que había descansado y por el espectáculo del cadáver degollado y bañado en su propia sangre, aunque no era el primero que contemplaba, se encontraba un tanto revuelto.

El local de la comisaría, escasamente ventilado y el olor a cerrado y a humanidad de los frecuentes detenidos y de algún que otro compañero, le resultaba particularmente molesto aquella mañana. El run-run de las conversaciones y el entrar y salir de unos y otros, le estaba produciendo una sensación de incomodidad tal, que lo que menos le apetecía era permanecer en la mesa de su medio despacho ante el vetusto ordenador. En cuanto llegara Ramiro saldrían a hacer alguna de las múltiples diligencias que el caso que les había caído en suerte la noche anterior, requería.

—Buenos días, jefe, entró diciendo González.

—¡Vaya cara que trae!

—Pues tú no te has visto la tuya.

—Ya tengo la empresa que expidió el cheque. Es una inmobiliaria importante. ILFE S.A., y tiene las oficinas en c/ Goya. N.º 342, 2º. Igual tiene que ver con la venta del solar.

—¿Y quién te ha hablado a ti de un solar?

—Jefe, yo a las ocho estaba aquí currando y le he puesto el informe de la comisaría de Valderrocas encima de la mesa… una hora antes de que usted llegara, le respondió consultando su reloj.

Ah, los periódicos, continuó, ya dan la noticia de que anoche apareció muerto en extrañas circunstancias, en el cine El Descanso, un hombre de unos sesenta años que responde a las iniciales P. A. B. ¡Vaya nombrecito el del cine!, El Descanso! ¡Para el eterno, le mandaron al valderroquero! Menos mal que no dan datos de la causa de la muerte. ¿Cómo se enterarán estos periodistas que, al contao que pasa algo, lo saben? Tienen mejores confidentes que nosotros.

—Pues vamos a averiguar lo del cheque y de paso, nos acercamos al banco a ver si sacamos algo en limpio.

—¿Ha llamado el vigilante y ha localizado a los empleados?

—Ha dicho que el administrador y la del bar venían a las 12 y de los de taquilla, que andaba tras de ellos.

En ILFE S.A., les recibió el jefe de patrimonio, José de la Plaza Berrocal. Doctor arquitecto, hijo de don Alberto de la Plaza, consejero delegado y mayor accionista de la empresa, según les informaron en secretaría. Alto, delgado, bien parecido, vestido como un maniquí, y con una tez dorada de yate o de cualquier otro deporte al aire libre o de varios de ellos. No se le imaginaba uno con casco en la obra, pisando barro, manchado de argamasa y con los planos enrollados bajo el brazo.

Al preguntarle por el cheque cuya fotocopia le mostraron, con toda amabilidad les informó que correspondía a la adquisición de un solar en Valderrocas, comprado en el día de ayer de sus legítimos propietarios mediante escritura pública otorgada ante el notario de la capital, don Gonzalo de la Fe, cuya oficina estaba en la calle Goya 199, primero.

—¿De sus legítimos dueños, en plural, ha dicho?, preguntó Cervera.

—Sí señor. De Primitivo y Segundo Álvarez Barcia, confirmó el arquitecto tras mirar una agenda.

Ya antes de la crisis anduvimos en tratos para adquirir el solar y, a pesar de que en cuanto a precio estábamos de acuerdo, no llegamos a su compra por no sé qué problemas de testamentaría o algo por el estilo entre los hermanos. La verdad es que don Primitivo, con el que mantuve la relación, no fue muy explícito sobre esta cuestión. Luego vino la crisis, que nosotros, afortunadamente superamos sin demasiadas pérdidas, y hace poco tiempo, don Primitivo se puso en contacto conmigo y me dijo que todo estaba solucionado, los papeles en regla y dispuestos a firmar en la cantidad que convinimos, que es la del cheque de que me hablan y que, a petición de ambos, expedí al solo nombre de don Primitivo.

—¿Y acudieron personalmente los dos hermanos a la notaría, ayer?, preguntó Cervera.

—Efectivamente, comparecimos: yo, en nombre de la empresa como apoderado y ellos en su propio nombre, derecho e interés; deben ser gemelos porque el parecido es enorme.

—¿Tiene los datos de identificación del hermano de Primitivo?

—En este momento no, porque aún no tenemos copia de la escritura, pero en ella figuran. En la notaría se los pueden proporcionar. Por cierto. ¿Cómo es que están indagando sobre ese cheque? ¿Acaso lo creían falso o dudaban de la legítima procedencia de él en poder de don Primitivo?

Cervera y Ramiro se miraron y conocedores de que ya los periódicos de la mañana daban la noticia del fallecimiento en un cine madrileño de P. A. B., Cervera le informó:

—Ayer, Primitivo apareció muerto en la sala de un cine y entre sus efectos estaba el cheque.

El moreno de la tez del arquitecto se tornó amarillo cerúleo de la sorpresa e inmediatamente asomó su deformación profesional de negociante.

—Pero nosotros adquirimos ayer el solar, entregamos el cheque que es corriente y ambos declararon en la escritura haber recibido el precio. No tendremos ahora, después de tantos años tras él, problemas para disponer y realizar lo que teníamos planeado.

—Eso no es cuestión nuestra. Solamente estamos investigando el fallecimiento del señor Álvarez. Muchas gracias por su atención y por el tiempo que nos ha dedicado.

Ya en el portal, Ramiro le dijo a Cervera:

—Me lo olí al ver lo del solar.

—Ya que estamos aquí, y en el banco no nos van a aclarar nada, porque el finado no llegó a pasar por él, comentó Cervera, vamos a acercarnos a la notaría, que ahí sí estuvo, o mejor, estuvieron los dos hermanos y a ver qué datos figuran del copropietario en la escritura. Ha dicho que se llama Segundo.

Vete llamando a comisaría que averigüen lo que sea de él, del que la comisaría de Valderrocas dice que “nada se sabía hace años”.

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