Pilar Rodríguez Jiménez asegura que no escribe para gustar
ni para vender, lo hace —dice— porque no puede evitarlo. Esta tomellosera, profesora
de Lengua Castellana y Literatura durante años, que se confiesa lectora voraz y
amante de los clásicos, acaba de publicar “Sombras oblicuas” en la colección Ojo
de Pez de la Biblioteca de Autores Manchegos, la BAM.
La excusa de la edición del poemario —un gozoso pretexto,
siempre es una gran noticia una publicación poética— nos sirve para mantener
una charla larga con la autora, reposada, casi confidencial. Hablamos de la poesía
como refugio, de la lectura como exigencia y de un mundo que, confiesa, siente
cada vez más ajeno.
No disimula cierta incomodidad por el foco que supone
publicar. La poeta se siente agradecida, cómo no, pero mantiene una distancia
casi pudorosa respecto al reconocimiento que supone que la BAM haya seleccionado
su poemario. Está contenta, pero con matices, “que alguien te lea, valore y
aprecie un trabajo… claro que gusta, pero tampoco vivo yo del aplauso del
público”. Se define, incluso, como una “intrusa” en la poesía, alguien que
llega a partir la admiración profunda a los grandes nombres de la tradición más
clásica: Virgilio, Horacio, Safo, Garcilaso, Quevedo o los místicos como San
Juan de la Cruz.
Y es que, para ella la poesía no es un género más, es una
forma de estar en el mundo. “La poesía me equilibra, me ayuda a conocerme
mejor; es el resorte espiritual que nos salva de casi todas las adversidades”.
La poesía como refugio
Hay una idea que persiste durante nuestra charla, la honestidad
radical del poema. Frente a otros géneros, la poesía —dice— no permite
esconderse. “Es como un bisturí que va exponiendo los sentimientos”. Incluso
va más allá, “es como vomitar sentimientos; es tu secreto vital”. Una concepción
que explica su escritura, que a veces es considerada hermética por algunos
lectores. Pero Pilar Rodríguez asume esa circunstancia sin complejos “mis
códigos son míos. A la hora de escribir no puedo pensar cómo le va a gustar a
Antonio o a Pedro”.
Un libro que ya no le pertenece
Explica al periodista que acabó “Sombras oblicuas” hace ya
algún tiempo, una distancia entre la poeta que compuso el libro y la que lee
hoy sus propios versos. “Cuando escribí este libro era una persona y ahora
que lo leo soy otra. Me pregunto cómo he podido escribir esto”, confiesa. Y
es que, esa transformación la lleva a entender la poesía también como un
proceso de cambio personal.
Apunta que en los versos de “Sombras oblicuas” aparecen ecos
de sus lecturas —Garcilaso, Gutierre de Cetina, Lorca, Rubén Darío, Miguel
Hernández, Leonard Cohen— que se filtran de manera natural. No es un gesto
impostado, precisa, sino una forma de diálogo con quienes han construido su
mirada, “me han venido espontáneamente y los he ido introduciendo”.
No se trata de imitar, sino de habitar ese legado con voz propia, construida con los materiales de toda una vida de lecturas. La poeta no concibe la escritura sin ese diálogo constante con los autores que la han formado. De los latinos como Horacio u Ovidio a los medievales, de Garcilaso y Quevedo a Rubén Darío, de Machado a Vallejo, pasando por Pessoa o Benedetti, su universo lector es amplio pero muy definido.
Lectores y dificultad
Profesora durante años, Rodríguez ha vivido de cerca la
relación —a menudo complicada— entre los jóvenes y la poesía. No es optimista, “para
llegar a la poesía tienes que tener una sensibilidad que no todo el mundo puede
poseer”, señala. Y añade con crudeza que las nuevas generaciones “llegan
mal” al género.
Aun así, defiende la lectura como puerta de entrada
imprescindible. Sin ella, la poesía se vuelve inaccesible.
Publicar no es leer
Pilar aborda sin tapujos el panorama literario actual.
Distingue con claridad entre publicar y leer, “publicar, publica todo el
mundo, pero no tengo claro cuánto se lee”.
Frente a eso, reivindica el viejo principio de “docere et
delectare”, enseñar y deleitar como esencia de la literatura verdadera, una
idea que conecta con su formación clásica y su manera de entender el arte.
Una mirada crítica al presente
La escritora no oculta su distancia con el tiempo actual y,
en ese sentido, se reconoce desubicada, “sé que este momento no es mi
momento”. Habla de superficialidad, de modas y de una pérdida de
profundidad en la cultura. Incluso en los clubes de lectura detecta cierta
deriva, “nos quedamos en lo somero, en las modas. No se profundiza”.
Su mirada no es complaciente, pero tampoco impostada,
responde a una exigencia que se aplica primero a sí misma.
El proceso creativo
La escritura de Pilar Rodríguez nace de lo cotidiano, “de
cualquier cosa soy capaz de enhebrar unas palabras”. Una imagen, un gesto o
una emoción mínima pueden activar el poema. En ese proceso, incluso la
bicicleta —una de sus grandes pasiones— se convierte en aliada, un espacio de
pensamiento en movimiento donde las ideas se ordenan antes de fijarse en el
papel.
Intimidad y verdad
Para nuestra interlocutora publicar no es una meta, sino una
consecuencia. No busca notoriedad, “no estoy pensando en ganar dinero ni en
ser famosa; tengo los pies en el suelo”. Esa misma e inapelable lógica la extiende a la
lectura de su obra, a la subjetividad del lector. Una vez que se edita “ya
no eres dueña de esos poemas, cada persona los interpreta de una manera”. Lejos
de inquietarle, esa circunstancia la asume la autora como parte esencial del
hecho literario.
Cuando le preguntamos —la previsibilidad periodística— por
lo que encontrará el lector en Sombras oblicuas, Rodríguez evita
definiciones cerradas, “es un abanico, hay amor, reflexión, paso del tiempo,
luz, texturas…”. Pero sí nos deja una certeza, “creo que el lector puede
encontrar belleza en las palabras. Y deleitarse”.
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