“Todos tenemos el derecho a encontrar vías dignas, con
nuevas oportunidades para poder salir de las situaciones anormales, comenzado
por un trabajo recio, pero noble”.
Somos gentes de faena, ya no
únicamente para alimentarnos, también lo necesitamos como medicina. Que el
trabajo sea una parte vital de la dignidad existencial de todo ser humano, es
nuestro modo de realizarnos, dando sustento al pan de nuestros sudores, además
de cultivarse a sí mismo. Rehacer el trabajo decente, es también dar desarrollo
social, para poder amar la vida e intimar con el más recóndito secreto
viviente. Dicho esto, se entiende que la desocupación y la precariedad laboral
se transformen en sufrimiento, en un ocio forzado o en un vicio impuesto, con
consecuencias trágicas colectivas. De ahí, la importancia de que los gobiernos,
los empleadores y los trabajadores, deban actuar globalmente para crear lugares
de labor más seguros, saludables y justos para todos.
Ciertamente, nos hemos
globalizado, pero aún no disfrutamos de este sumatorio de fuerzas, que han de
armonizarse en todo el mundo, a fin de que el trabajo moldee profundamente la savia
de las personas, dando sentido benefactor, seguridad y oportunidades
colectivas. Así tampoco podemos fraternizarnos. Las injusticias son tremendas,
a lo que hay que sumarle las nuevas formas de empleo y los cambios
demográficos, con sus presiones climáticas y el frio avance de las tecnologías
digitales, que están desfigurando la manera en que arrimamos el hombro,
haciéndonos cada vez más individualistas, con jornadas de trabajo largas y
verdaderamente deshumanizantes. Quizás, nos convendría, poner más amor en lo
que realizamos. El trabajo es vida, no muerte.
En efecto, se trata de
laborar el quehacer cotidiano a través de un entorno psicosocial saludable,
como es la carga de trabajo y el tiempo laboral, la calidad de funciones, la
autonomía, el apoyo y los procesos diversos como algo equitativo y transparente,
que es lo que realmente influye en mejorar la calidad de vida ocupacional, afectando a la seguridad, a la salud y al
rendimiento. Hemos de reconocer que, cuando estos factores afectan
negativamente a la clase obrera, son riesgos que deben abordarse y gestionarse
para garantizar ambientes de trabajo, que sean seguros y saludables. Sin duda,
es esencial, ya no sólo para proteger la salud mental y física de los
trabajadores, sino también para fortalecer la productividad, además del
desempeño organizacional.
Unido a este cúmulo de
contrariedades y abandono, de pasividad y de sostén a los desaires, no podemos
continuar ejercitando la inhumanidad, sobre todo con los migrantes que suelen
ser rechazados y sometidos a actitudes resentidas por muchas comunidades de
acogida. Indudablemente, más allá de los aspectos políticos y jurídicos de las
situaciones irregulares, jamás debemos dejar en el tintero la pasión por el
culto al fomento de la cultura del abrazo, pues por encima de las divisiones
geográficas de las fronteras y de los frentes que impulsemos, formamos parte de
una única familia humana. Es evidente, que todos tenemos el derecho a encontrar
vías dignas, con nuevas oportunidades para poder salir de las situaciones
anormales, comenzado por un trabajo recio, pero noble.
Por ello, la realización de un remover diario,
nos demanda una comprensión positiva y un enfoque eficaz, donde todos hemos de
ser considerados como parte de un renuevo social. Nadie debería ser dejado en
el camino de la indiferencia, hemos de escucharnos, para servir y cuidar el
bien común. No olvidemos que, el trabajo, es tanto un deber como un derecho
universal; y, como tal, en un diálogo que también debería reunir a directorios
y peones, ha de estar toda la ciudadanía asistida. Sea como fuere, en nuestra
casa común que, hemos de trabajarla en comunión y en comunidad, con el mismo
nivel de ecuanimidades y obligaciones, tiene que dejar de proliferar la ley del
más fuerte, donde el poderoso aún se come al más débil, para decepción del pelaje
humanitario.
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Domingo, 26 de Abril del 2026
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