CAPÍTULO VI.- Donde se da razón del fallecido Primitivo Álvarez Barcia y de la aparición de su emigrado hermano Segundo
Primitivo llegó al casino a tomar su café y a echar su diaria partida de dominó con sus amigos. Desde que enviudó solía comer en el bar Las Cepas, donde ya sabían sus gustos y Marcelina, la dueña, le trataba con preferente atención. Como ella decía, “hay un montón de días que el menú lo hago pensando en usté”.
Ya en la partida, entre fichazo y fichazo sobre la mesa de mármol, Eulogio le pregunta:
—Primi, ¿es que no vas a vender jamás el solar ni a hacer na en él? Ahora que está remontando la crisis podías sacarle un capital, jubilarte y vivir como un potentao.
—La cuestión es, como sabéis, que está a nombre, bueno que es, de mi hermano y mío y de mi hermano no sé nadica desde hace más de doce años y claro, pues nadie se decide a comprar la mitad indivisa.
—¿En doce años no has sabido nada de él? Igual está muerto. ¿Cuántos años tiene?
—¡Coño!, los que yo, ¿o no te acuerdas que somos mellizos? Primero salí yo y luego él. Por eso mi padre, ocurrente, nos puso a mí Primitivo y a él Segundo.
—El solar lo heredaste de tu padre, ¿no?
—De mi madre que murió hace catorce años. Ni vino al entierro. Entonces andaba por Venezuela y escribía de vez en cuando. Para la herencia de mi madre aún mandó un poder a mi padre para la escritura y por eso el solar figura a medias de los dos. A partir de entonces una carta desde Colombia sin remite ni na, hace..., se van a cumplir el mes que viene, doce años y medio.
—A la muerte de tu padre tampoco vino —dijo Rosauro.
—Ni sabe que se murió, si él vive, porque desde esa carta que os digo, todas las gestiones que he hecho para localizarse han sido baldías. Ni Consulado ni Ministerio de Exteriores ni nadie me ha sabido dar razón. Si hasta pagué hace unos años, cuando teníamos una buena oferta por el solar, a un investigador privado, una pasta, para nada.
—Pues consulta con un abogado, porque tengo entendido que cuando pasa mucho tiempo sin noticias se les puede dar por muertos a tos los efectos —le informó Jesús.
—Ya lo he hecho, y se puede si han pasado más de diez años desde la última noticia o la falta de éstas, desde su desaparición, y ya han pasao, pero me da grima; me da no sé qué, que declaren muerto a mi hermano sin saber si lo está de verdad, pues no faltaría quien dijera que lo hacía para aprovecharme y quedarme con lo suyo.
—La verdad es que poco ha estao en el pueblo —comentó Eligio.
—Tú verás. Vinimos aquí de Alicante con nueve años, que mi madre sí era torrepeñera, cuando murieron mis abuelos maternos. A él le gustaba estudiar y en cuanto acabó el Instituto se fue a Madrid y solo venía en las vacaciones. Luego se colocó en Alicante y ya, como allí había playa, decía que aquí hacía mucho calor y no pisaba. Allí debió tener algún lío en la empresa, no sé muy bien, y se largó a América y desde entonces no ha vuelto y no hemos tenido de él más noticias que las que os digo. Siempre ha sido un poco rarejo. En Venezuela no supimos sus señas nunca, nos decía que viajaba mucho y que le escribiéramos a un apartado de correos y luego en Bogotá lo mismo, hasta que empezaron a devolverme las cartas diciendo que ese apartado ya no correspondía a ese titular. Y hasta hoy.
—Pues es una lástima que no puedas disponer de lo tuyo por una cosa así.
—¡Hombre por una cosa así…! La verdad es que yo no necesito nada, con lo que tengo, tengo más que de sobra y sin hijos ni otros parientes… ¿Pa qué quiero yo?
—Pues cuando te mueras se lo llevará la Hacienda —dijo Eligio.
—¡Lagarto, lagarto! ¡No mientes a la bicha! Te advierto que después de ido igual me da quién se lleve el solar y las perras. Bueno, hoy pago yo, para que se lleve Hacienda algo menos.
No habían pasado ni quince días de la anterior charla casinera cuando, estando Primitivo en su negocio, Blanca, la secretaria, le dijo que le llamaban por teléfono, que era muy urgente.
—Primitivo Álvarez al aparato, ¿quién llama?
—Primi, soy Segundo, tu hermano.
—¡Coño! ¿De dónde sales?
—Ya te contaré más despacio. Mira, es que estoy en un verdadero apuro y necesito dinero y como tenemos ahí, si no lo has vendido, el cercao que era de madre… pues podíamos sacar algo, o te lo quedas tú y me das lo que valga mi parte.
—¿Sabes que padre murió? Te escribía a Bogotá al apartado y me devolvían las cartas y te busqué por todas partes, hasta con un investigador privado, y ni rastro.
—¿Cuándo murió padre?
—Pues hace cinco años.
—¿Y dejó algo?
—¡Joder, hermano, tú a la pela! No, padre no dejó nada porque yo le compré su parte en el negocio y se lo gastó en su enfermedad, que fue larga y costosa, y aún tuve que pagarle la residencia los dos últimos años. El solar está y vale un dinero y hay interesados en él, pero hace falta tu firma o un poder.
—Véndelo rápido que yo firmo lo que sea, que estoy muy apurado. Volveremos a hablar.
—Oye, espera, dame tu teléfono o tus señas para estar en contacto.
—No tengo, te llamo desde un prepago desechable. Yo te volveré a llamar ahí en diez días. Un abrazo, hermano.
—¡Y ni me ha dao tiempo a darle el número de mi móvil!
Pasados unos días, Primitivo encontró la tarjeta del jefe de patrimonio de la inmobiliaria ILFE S.A., José de la Plaza Berrocal, doctor arquitecto, calle de Goya n.º 342, 2.º, teléfono 91…72.
Seguían estando interesados en la compra del solar, aunque como las circunstancias y el mercado inmobiliario habían cambiado, el precio había de rebajarse y el máximo que estaban dispuestos a pagar, con impuestos y gastos según ley, era el de 1.322.200 €, equivalentes a doscientos veinte millones de pesetas. Setenta millones menos de los que habían convenido hace unos años. Ante la premura de su reaparecido hermano, aceptó la oferta.
Diez días después de la última llamada de Segundo, recibió su anunciada segunda.
—Oye, que la operación está hecha en el equivalente a doscientos millones de pesetas de antes. Cien para cada uno. Tú me dirás cómo hacemos para la firma. ¿Vienes o mandas poder?
—De poder, nada, iré y volveré en vuelo rasante. Fija la fecha en el notario. No puedo estar más que el tiempo justo para firmar. Pero hay una cosa. Necesito que me entregues una cantidad en metálico a cuenta, en el acto, la mayor posible. Luego ya te diré cómo me puedes mandar el resto.
—Es que no se puede sacar del país más de una cierta cantidad en efectivo o en cheques al portador, tengo entendido, y además con esto de evitar el blanqueo de capitales, tampoco yo puedo hacer operaciones en efectivo ni sacar dinero del banco por más de una pequeña cantidad.
—La mayor que puedas reunir. La necesito, me es vital, hermano. Te dejo. El jueves de la semana que viene te vuelvo a llamar a esta hora a ver si ya tienes fecha en el notario. Gracias, hermano.
—Oye, que… ¡Ha colgao!
Viaje de Primitivo a Madrid con la escritura de partición de la herencia y los demás papeles necesarios; visita a la inmobiliaria y al notario, urgiendo a ambos para la firma. Promesa de la notaría de que le darán fecha lo antes posible. Información en el banco respecto de la cantidad a sacar del país en efectivo: 10.000 €. Cantidad que se puede sacar sin que el banco se chive a Hacienda y le pida explicaciones: 1.000 €.
—Pues según se expresa Segundo con eso no tiene ni pa empezar. Rebañaré lo que tengo en la caja de casa para por un por si acaso y lo de la B de la empresa y se lo llevaré, así blanqueo eso —pensó Primitivo.
Ya que estaba en la notaría, ante la reaparición del hermano perdido, recordando la conversación con los compañeros de partida de dominó, Primitivo aprovechó para hacer testamento a favor de Segundo, único pariente que le quedaba y por el que, a pesar del tiempo sin roce ni noticias, sentía algo más de afecto que por doña Hacienda, que más de una vez le había tratado desconsideradamente y no parecía tener intención de cambiar de conducta.
Llamada del oficial de la notaría diciendo que la escritura se puede firmar a partir del día 22 a las cuatro de la tarde.
Llamada de Segundo el jueves e informe de fecha y hora de firma del contrato.
—Me tienes en Madrid el 22 a las cuatro en la notaría que me dices, si es que no puedo verte antes. Llévame el mayor efectivo que hayas podido reunir. Si surgiera algún problema te llamaría. Un abrazo y gracias por todo, hermano.
—Jo, este tío, vaya cagaprisas que está hecho, no hay manera de hablar con tranquilidad. No me ha dado tiempo a pedirle el número del DNI o pasaporte y demás datos necesarios. Bueno, que los dé en la notaría cuando llegue.
La antevíspera, Primitivo, que durante un tiempo con las gestiones y viajes no había aparecido por el casino a jugar su partida, saludó eufórico a sus compañeros.
—Hoy invito yo a lo que queráis, aunque gane.
—¿Qué ha sido de tu vida? Llevamos cerca de dos semanas sin verte el pelo. Ya estábamos preocupados; menos mal que Anselmillo nos dijo el miércoles que te había visto echando gasoil en la gasolinera.
—Tengo estupendas noticias. Y digo noticias, en plural. La primera: mi hermano ha resucitado, me ha llamado en estos días tres veces… Está en Colom… Espera, ¡leche!, que no me ha dicho desde dónde me llamaba. Bueno, que está vivo y coleando y de acuerdo en la venta del solar.
La segunda, que ya la he concertado con la inmobiliaria y mi hermano viene a firmar la escritura pasado mañana. Eso sí, como ha dicho, en vuelo rasante. Se va el mismo día. ¡Coño!, y tampoco me ha dicho a dónde.
—Pues ya tienes heredero. Espero que eso no impida que de vez en cuando nos invites como venías haciendo —dijo Rosauro.
—Sabéis que no. Ya que estaba en la notaría, he hecho testamento a su favor dejándole to, para, si me pasa algo, evitarle papeleos.
—Mu propio —dijo Eligio—. ¿Es indiscreción preguntar el precio del solar?
—Lo es, pide lo que quieras, te lo tomas y calladito. Podía decirte cualquier cifra por aquello de que “al amigo de saber: poco y al revés”.
Al día siguiente, a media mañana, Primitivo partió con su Mercedes para recorrer los doscientos y pico kilómetros que separan Valderrocas de la capital del reino, con los 20.000 € que había podido reunir, preparados para entregárselos a su hermano a cuenta. Se hospedaría en el hotel El Tránsito, que tenía aparcamiento, y así a la notaría podía llevar el coche, ya que como le informó el oficial, tenían en el edificio diez plazas reservadas para los clientes y conocía la entrada de la vez anterior que estuvo a llevar los papeles. Cada vez se estaba haciendo más vago y ya hasta a por el periódico iba en el Mercedes.
El mismo día, Segundo Álvarez aterrizaba en la T4 del aeropuerto de Barajas-Adolfo Suárez, en el vuelo LA 1843 de la compañía LATAM, operado por Iberia, procedente de Bogotá, con salida 18,15 del día 21/JUNE y llegada 10,15, y se hospedaba en el hotel Los Vuelos, próximo al aeropuerto.
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Domingo, 26 de Abril del 2026
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