Romería

Los muleros, el alma silenciosa de la Romería: tradición, oficio y respeto animal

Detrás del desfile más vistoso, un trabajo minucioso y heredado del campo mantiene viva una de las estampas más emblemáticas de La Mancha

Irina Migallón | Martes, 28 de Abril del 2026
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A las siete de la mañana, cuando la Romería aún bosteza, ellos ya están en marcha. Los muleros, herederos de una tradición profundamente ligada al mundo rural, preparan con precisión cada detalle para que las mulas —auténticas protagonistas— luzcan impecables en un evento que es tanto celebración como memoria viva del campo manchego.

De animales de trabajo a símbolo festivo

Lejos de ser una tradición improvisada, la presencia de mulas en la Romería hunde sus raíces en el pasado agrícola de la región. Tal y como explica Alfonso Muñoz Sánchez, “todo esto viene de cuando antes se trabajaba con las mulas y eran como medio de transporte”, fundamentales para trasladar cosechas como la cebada desde el campo.

Hoy, aunque los tractores han sustituido su función original, su papel se ha transformado en simbólico sin perder su esencia histórica. Los carros que arrastran siguen cargándose —ahora con cebada o pienso— no solo por tradición, sino también por seguridad, ya que el peso evita que las mulas se descontrolen.

Preparación, técnica y cuidado durante todo el año

El trabajo del mulero no comienza el día de la Romería. “Todo el año las estamos cuidando, preparándolas, que estén hermosas, que estén fuertes”, señala Muñoz. En la víspera, se lleva a cabo uno de los procesos más llamativos: el pelado y la elaboración de dibujos en el lomo, una práctica popular en el pueblo y cargada de valor cultural.

El día grande arranca temprano. A primera hora, los animales son limpiados, engalanados con arneses artesanales, mantas de vivos colores —rojos, amarillos o en blanco y negro— y elementos decorativos hechos a mano, algunos con décadas de antigüedad. No faltan los cabestros, penachos y piezas que combinan cuero, tela y metal, muchas de ellas confeccionadas por generaciones anteriores.

Pero más allá de lo estético, la prioridad es el bienestar animal. Las mulas se agrupan en número suficiente —hasta siete por carro— para evitar esfuerzos excesivos, y los muleros guían el recorrido con experiencia, manteniendo el orden en un evento multitudinario.

En definitiva, ser mulero implica responsabilidad, conocimiento y un profundo respeto por la tradición y los animales. En cada Romería, su trabajo discreto sostiene una de las imágenes más icónicas de la cultura manchega, recordando que, incluso en tiempos modernos, el pasado sigue desfilando con paso firme.


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