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Javier Escudero recibió el "Hidalgo Acuña 2026"

El solemne acto tuvo lugar en la localidad toledana de Miguel Esteban

La Voz | Martes, 28 de Abril del 2026
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El pasado fin de semana, el historiador socuellamino durante muchos años afincado en Tomelloso, Javier Escudero, recibió el título "Hidalgo Acuña 2026". En un acto cargado de solemnidad y rituales, Escudero fue agasajado y aplaudo por los asistentes. Reproducimos a continuación el discurso que ofreció.

En un Lugar “documentado” de la Mancha Estamos en La Mancha, tierra de mitos por excelencia, otro de los entornos donde la realidad se funde con la imaginación, donde la frontera entre verdad y leyenda es más translúcida. Un mundo donde la tinta es difusa, opacada por la palabra, donde el recuerdo es verdad, la experiencia el todo, la voz el único hecho y la vitela un trasto viejo. Hacer cabalgar en las lindes entre los surcos a un viejo caballero andante es someterle al juicio de la duda constante, a un momento de zozobra permanente, a un hurgar del diletante y autoimpuesto intelectual entre desordenados cajones, huecos casi vacíos de conocimiento.

Por otra parte, quizás raídos y rancios en los que los eruditos han perdido la roída llave por la herrumbre del tiempo transcurrido. Cervantes murió en Madrid, y dijo, ahí lo tenéis, ahí os lo dejo. Allí estuvimos los días pasados delante de su tumba, enfrente de la tiquismiquis y al paso errónea Segismunda. Murió en silencio. No fue un entierro glamuroso como el de Lope de Vega, su rival. Pero siempre se dice que uno muere como vive. Ahora, como las derrotas no siempre son amargas, pues en la vida de la fama, como diría mi querido y admirado Jorge Manrique, ganó el perdedor. No debió interesar mucho este “vagabundo” llamado Cervantes, cuando no hubo ningún panfleto sobre su vida terrenal hasta los tiempos de Gregorio Mayans, en 1737, y siempre por el interés de un británico, el embajador británico Lord Cateret. Siempre el otro. Si le gusta, es porque debe de ser bueno. ¡Qué malo es tener envidia de lo propio¡Dicen los “viejos del lugar” que este es el inicio, el pistoletazo de salida del cervantismo.

Se cuenta también que hasta entonces a nadie le importaba el tal Quijano, que seguía vagando en un punto intermedio entre la verosimilitud y la locura. Y debe de ser así, porque aunque dicen que los franceses no quemaron El Toboso por respeto a Dulcinea, lo cierto es que la desidia, como hoy, pudo más y cuando Azorín llegó a la casa en 1905 se encontró el escudo en el suelo. Con sus limitaciones, fue el culpable de la explosión que vino después y por ejemplo de que estemos hoy aquí. ¿Es este un golem con los pies y la cabeza de barro? • “No sabría deciros”, diría el vecino gritando haciendo aspavientos mientras agita las manos, dándose la vuelta en la calle y musitando un adiós con garabatos vocales imperceptibles. El caso es que como nada se sabe, y hay que consultar al oráculo de la memoria, pues comenzaron a aparecer candidatos a hacerse con la propiedad de los cuentos. Tomás López redactó un mapa en 1760 que partía de allá y venía a acá, el encierro de Cervantes se materializó en el subsuelo de Argamasilla de Alba, Dulcinea era una tal Ana Zarco de Morales, su marido Rodrigo Pacheco “el rico del cuadro”, su otro esposo Alonso Quijada de Esquivias.

Y mientras el poeta no hacía más que perseguir contribuyentes y mozas en La Mancha, identificando por supuesto personaje con creador, como no podía ser menos en la tierra de Gigantes. La cárcel de Miguel de Cervantes, que primero se dijo que acaeció en El Toboso, por arte del sabio Muñatón que todo lo trabuca, pasó montada en el caballo Clavileño a Argamasilla deAlba. Pero debió estar volando varios años, porque Mayans dijo una cosa y pasaron décadas hasta que hicieron el traslado: Diego Clemencín dixit. Permítanme un inciso; resultó que casi todos estos primeros lances y pases fueron dados por los alcaldes de sus respectivos pueblos. Víctor Manuel García en Esquivias, Ramón Antequera Bellón en Argamasilla en 1863: Se dice que del taller de carpintería de sus padres salieron las puertas de la parroquia de Argamasilla, y a fe que salieron buenas, porque siguen cerradas. En El Toboso, Jaime Martínez-Pantoja Morales (1927), creó el museo de los quijotes, en una tradición que hoy sigue más viva que nunca.

Volviendo a la línea del discurso, el pistoletazo se lo debió llevar el Común de la Mancha ¿Dónde estaban los postulantes de Miguel Esteban, Quintanar o El Toboso defendiendo su causa cuando se labraron los cimientos de la casa común? Desde luego delante de una de esas puertas, no, ni golpeando el la aldaba ni el almirez. Una cosa no tiene nada que ver con la otra, pero suena y termina bien. Y “colorín colorado”, el cuento se ha acabado. La Mancha, la que sale en la novela, se queda fuera ¿Quién le pone ahora el cascabel al gato y nos mete en un relato y una ruta fosilizados durante trescientos años? Tampoco esto tiene nada que ver, pero es vibrante y brillante. A instancia mía, que les llamé el otro día, de poco sirvió que recientemente se haya reconocido por parte del presbítero de la Orden de San Juan Fray Antonio Sánchez de Liaño, cura de Argamasilla, ni por su amigo el marino Martín Fernández de Navarrete, que nada han encontrado en los archivos de Argamasilla o Consuegra sobre alguien llamado Cervantes, ni el salitre que llevaba en los bolsillos que le habían dado como pago en especie por su comisión: “Para ello registré con particular cuidado mi archivo parroquial, que alcanza desde el año 1565, y el del ayuntamiento, que lo es de igual época. En uno ni en otro pude hallar mas instrumento concerniente a la existencia de Cervantes en aquella cárcel que el de la tradición verbal e invariable de los vecinos de aquel pueblo, que testifican de padres a hijos que en la casa llamada de Medrano donde he vivido diez y nueve años - estaba la cárcel en que permaneció Miguel de Cervantes cinco años-.

Pero ni su causa judicial, ni cosa concerniente á ella se encuentra en aquellos archivos. Motivo por el cual me valí de algunos amigos de Alcázar de San Juan, para que como capital del gran priorato me hiciesen el favor de acercarse a tomar algún conocimiento en la materia. Entonces fue cuando hube la copia de la carta que llevo referida; la que se encontró entre los papeles de D. Bernabé Saavedra”. Martín Fernández de Navarrete, 1819.  Perdón, me he equivocado, el mensaje se lo mandé a José Ramón, a Esperanza y a Juan Luis y me contestaron. Lo de que no hay papeles ya se dijo al principio de los principios, hace doscientos años, un poco más, en 1819. Es una lástima que en vez de escuchar a estos sabios, se hizo más caso a una ilusión. Esa supuesta carta se debió perder, la de Bernabé no, la otra, la fea, la de Miguel Esteban, Quintanar, El Toboso y Criptana. 

Como el correo iba entonces en caballería, quizás por eso, todavía no habrá llegado en dos siglos. Porque el que se constatara desde el principio que no había pruebas debióser razón suficiente para con mayor insistencia y ahínco crear un relato sobre el dato.

Por eso cuando alrededor de 2014 apareció el Hidalgo Acuña, llamado Francisco, quien en el año 1581 atacó con un montante o una lanza a su primo Pedro de Villaseñor, entre esos legajos mugrosos del Archivo Nacional – utilizando la terminología del Campo de Montiel que es la adecuada en este momento -, se arraigó un temblor y temor que no cesa. Cuando detrás de Francisco, vinieron Andrés de Carrión en su rocín flaco, desde Andalucía sin pagar por las ventas, o Francisco de Muñatones perdiendo sus libros en la apuesta de la vida; y quien no recuerda a Alonso Manuel de Ludeña viviendo a dos cuadras del propio Cervantes en Esquivias, criando el vino en las mismas cubas vizcaínas que los toledanos, que los Salazar, los Quixada, los Urreta y Juana Gaitán. Aún los leo. Aún me aparecen entre cortesanas y procesales, entre linotipos de la narración, campando a sus anchas en el Camino de Toledo a Murcia de camino a El Toboso. También se nos abrió una puerta, ésa sí, la de la certeza dudosa, la de la caja cerrada con gato dentro. ¿Puede ser verdad? ¿Cómo no se ha encontrado antes? ¿Pero tú? Esto no puede ser posible, nos decimos nosotros mismos. Benditos nosotros que tenemos tierra con la que elucubrar. A esta herida abierta del siglo XXI, os responde otra vez Martín Fernández de Navarrete con mimbres del siglo XIX, con aroma de eclosión cervantina frustrada. Hoy me temo que sería cancelado por audaz y moderno: “Llegar á comprender que ni D. Vicente de los Rios en sus “Notas al Quijote”, ni Mayans en la “Vida de Cervantes” (1737),Dos de los fundadores más importantes - ni cuantos han escrito en la materia, quisieron tomarse el trabajo - de que no debe prescindir un buen historiador, según dictamen de nuestro erudito Melchor Cano - de examinar por sí los fundamentos de la tradición ni el origen de los pasajes más célebres de su historia”.

Por eso darles nombre ahora a los manuscritos, unir esas rayas negras y leer un inteligible mensaje es una rara avis, algo trasnochado, desusado, incluso irreverente: • “No se ha hecho nunca”, dice el cronista. Pues eso digo yo; y con miedo, me callo: • ¡Que lo diga él, que no cuenten que le robo las palabras¡ Debido a eso, de nuevo, ahora que estamos delante de un edificio noble, la Iglesia de San Andrés Apóstol de Miguel Esteban, última morada  y mausoleo de los Villaseñor y los Acuña, tapial con tapial de la cueva de Haldudo, estimados migueletes, siento anunciaros con estupor que nos encontramos de nuevo en la casilla de salida. Con lo que cuesta abrir surco en tierra inculta y feraz, llena de piedra y de encinas. ¡Cuántos majanos nos saldrán al limpiar y que habrá que orillar en las lindes¡ Han pasado trescientos, cuatrocientos años, he perdido la cuenta. Y ahora labramos otro camino, el de las venas de la pámpana, el del agua en el cauce, con miedo siempre de no estar a la altura, de que veinte, cien, mil documentos no sean suficientes. Del ridículo del primerizo, del rubor del adolescente. Que tomen corporeidad, que crezcan y ya veremos. Entendámoslo, es que quizás estamos en la tierra de quijotes, y claro, aquí es más sencillo creer e imaginar que ver y tocar. Los castillos de verdad, los que tocó don Quijote, desaparecieron hace tiempo; ahora, los que quedan están en el aire. Al menos, podremos decir, sin temor a equivocarnos, que estamos en el “Lugar más documentado de La Mancha”. Perdonen todos los presentes por este ejercicio de ironía y de emulación cervantina, que probablemente no esté a la altura. Pero sea como sea “Sursum corda”.

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