Opinión

Primero de Mayo: El día de difuntos de la clase media: Disculpe, Señor Estado

Javier Rubio | Viernes, 1 de Mayo del 2026
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Tomelloso, 1 de mayo de 2026


Disculpe señor Estado. Disculpen, señores del Consejo de Administración. Disculpen, ilustres mármoles de los fondos buitre, gigantes energéticos y altivos garantes del Estado, disculpen que en este Primero de Mayo —una jornada que los calendarios insisten en marcar en rojo para celebrar una dignidad del trabajador que hoy parece más un triste guiño a la hemorragia de nuestros derechos que a la victoria de la clase obrera— venga a turbar con mis lamentos su opíparo banquete de dividendos trimestrales. Permítanme decirles que cada día se les ve a ustedes con mejor semblante, más lustrosos, erigidos como suntuosos panteones en la opulencia de sus edificios acristalados. Desde allí arriba, amparados por la macroeconomía, el país debe parecerles un jardín en paz, pero convendría que no olvidaran que la paz de los panteones es, al fin y al cabo, la paz de los muertos.

Hace dos siglos aquel pobrecito hablador de Larra sentenció que Madrid era el cementerio y cada casa el nicho de una familia; hace cincuenta años Joan Manuel Serrat nos dibujó la antesala de esa tumba en su profética canción Disculpe el señor. Cantaba el poeta que en el recibidor de la opulencia había "un par de pobres que preguntan insistentemente por usted". Cuánta razón albergaban las plumas de ambos y qué escasa es nuestra memoria. Hoy basta salir a pasear por los grandes despachos y los ministerios de la capital para comprender que el sepulcro, lejos de cerrarse, se ha ensanchado hasta abarcar el país entero.

El retrato de Serrat se nos ha quedado corto. En el inmenso recibidor de este país ya no hay un par de desheredados, hay una multitud entera esperando. Y esta vez, no son los fantasmas de los marginados de antaño.

Los que hoy saturan la antesala no visten harapos ni sudarios, sino trajes de oficinista, batas y uniformes. Son los trabajadores de hoy; la otrora orgullosa clase media. Almas en pena que creían tener la salvación asegurada por el mero hecho de madrugar, formarse y cumplir los mandamientos del mercado. Están todos en la misma fosa común, aguardando con la mirada hueca junto a los que vinieron de ultramar buscando el paraíso y hallaron el mismo purgatorio.

Llaman a la pesada losa de su puerta y preguntan, con la voz quebrada, cómo es posible que su jornada completa apenas les dé para un mísero cuenco de lentejas. Preguntan por qué, rebasada la frontera de los cuarenta años, su única aspiración habitacional es alquilar un nicho de doce metros cuadrados y compartir el baño con otros pobres desconocidos, igualmente amortajados por la precariedad. Han hecho todo lo que el clero económico y político les exigió, y a cambio se les ha expedido un certificado de defunción financiera en vida.

Es una estampa macabra. Si se dignan a mirar por la ventana, verán brillar ese sol que venden en coloridos folletos a los turistas que vienen a pasear alegremente sobre nuestras tumbas.

Y la ironía supura. Las ánimas que esperan ahí abajo pertenecen a la nación que encabeza la esperanza de vida mundial. Somos los campeones absolutos en donación de órganos. Un pueblo que, en el colmo de su generosidad fúnebre, se deja abrir en canal en los quirófanos para regalar corazones calientes y pulmones de primera clase a coste cero, para que otro siga respirando. Damos la vida, literalmente, mientras el Estado nos devuelve un sistema sanitario convertido en ruina, colapsado por las listas de espera, y una educación que yace por los suelos, incapaz de resucitar el porvenir de la siguiente generación.

Yo esperaba, francamente, que al menos estos muertos vivientes gritaran. Que imitaran la canción de Serrat y que, cansados de esperar, saltaran la verja y se metieran en la casa con antorchas y bastones. Que golpearan con rabia la verja del cementerio.

Porque este es el pueblo que se levantó a navajazos contra el invasor francés. El que se reconstruyó, arrastrando las piedras con las manos, de la sangre de una guerra cainita. El que aguantó las exequias diarias del terrorismo con las palmas blancas y el que logró salir de los escombros de la última gran estafa inmobiliaria.

Sin embargo, miro por las calles y no hay barricadas, ni banderas, ni furia. Reina un silencio de camposanto. Han bajado los brazos porque ustedes, desde las alturas, han descubierto el veneno perfecto para la disidencia: el letargo. Han convertido la mera supervivencia en un suplicio tan agotador que la fatiga se ha vuelto el rigor mortis del siglo XXI. La ansiedad crónica por pagar el alquiler o la luz es una losa de plomo sobre el pecho que impide la respiración, y mucho más, la rebelión.

Ante la asfixia del sepulcro, los cuerpos buscan hoy una salida a través de dos procesiones tristes y silenciosas.

Por un lado, el exilio exterior. Muchos han entregado su moneda al barquero y han volado. Ya no llevan maletas de cartón, como aquellos emigrantes de antaño; llevan ordenadores, fonendoscopios y másteres que aquí son papel mojado. Asistimos a la triste fuga de nuestros médicos, de nuestras enfermeras, de ingenieros e investigadores. Brillantes profesionales empujados a cruzar la frontera porque aquí un título universitario no basta para huir de la miseria, y su vocación se retribuye con limosnas y contratos basura. Tienen que irse a otro país para que su talento valga algo. El Estado pagó su costosa formación para que ahora salven vidas en los hospitales de Irlanda o Reino Unido, y levanten la economía de Alemania. Saben que España será, para siempre, el Día de Todos los Santos al que volver de visita. Para ellos no hay resurrección posible en esta tierra.

Por otro lado, el exilio interior. Los que no tienen el óbolo para el barquero ni dominan otras lenguas. Para ellos, el único refugio es el páramo que nosotros mismos condenamos al olvido: la España Vaciada. Hacia allí marchan, al vasto osario de nuestros ancestros. Resurge esa tierra de polvo y ruina, vaciada de médicos y trenes. Y allí llegan los expulsados de las urbes, con la cabeza gacha, buscando un último destello de paz entre las piedras: una vida inteligente sin Inteligencia Artificial, el calor del trueque, la charla en la plaza. El abrazo de los vivos.

Sigan, señores, sigan comiendo. Beban de sus copas de cristal y sigan exprimiendo el sudor del vivo y la sangre del muerto. Pero asómense al abismo y escuchen bien: si mantenemos este cortejo fúnebre, arrastrando los pies hacia el horizonte que han trazado, la cacareada Agenda 2030 no será un edén de sostenibilidad, sino la fecha exacta de nuestro entierro definitivo.

A este paso, querido Fígaro, 2030 no será un hito en el calendario de las Naciones Unidas. Será el epitafio irreversible, cincelado con letras de oro sobre el inmenso mármol de este recibidor, donde vendremos cada Primero de Mayo, ya sin fuerzas para protestar, a depositar nuestras flores marchitas. Porque el Primero de Mayo ya no huele a lucha, sino a incienso. Mientras los consejos de administración celebran su banquete de dividendos, en la calle oficiamos el funeral de la clase media. 

ESPAÑA 1812 - 2030  D.E.P.

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