“Una
ciudadanía comprometida con el bien colectivo, debería desistir de tener
permanentemente cara de funeral”.
Solemos andar decaídos y con un aluvión de resentimientos
en nuestros pasos. Está visto, que nos puede la tristeza individualista, más
que el coraje comunitario, con una búsqueda achacosa posesiva. Los intereses de
la avaricia son tan reales, que nadie se entusiasma por donarse, más bien el
desvelo brota de un órgano acaparador y resentido, ¡desesperado a más no poder!
El rescate no es fácil, máxime en un momento, de endiosamiento social; porque,
además, la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer,
pero percibe muy complicado engendrar regocijo de verdad, al no haber sobre la
tierra más que lágrimas. Por desgracia, aún no hemos aprendido a morar, a
darnos energía, con un latir desprendido. Pensar que, cada día, puede ser el
último; es ya un avance.
Nadie, por su lógico movimiento mundano, empieza a ser
ciudadano de bien, sino conectado entre sí, corazón a corazón y con la
naturaleza, que es lo que sustenta el espíritu de conservación. Por cierto, uno
de los gozos más sublimes es saber en quien fiarse. La satisfacción es inocente
por naturaleza. Ahora bien, desconfiar instintivamente de todo y de todos, es
un mal pronóstico existencial. Nada puede hacerse sin esperanza y menos aún
rehacerse sin naturalidad; pues, aunque sabemos que la vida no es fácil para
ninguno de nosotros, ¡tampoco importa!, hay que perseverar y, sobre todo, tener
confianza en uno mismo. Consecuentemente, una
ciudadanía comprometida con el bien colectivo, debería desistir de tener
permanentemente cara de funeral.
Lo importante es el amor vertido en nuestro transitar por
aquí abajo, que es lo que nos renueva mar adentro y nos sorprende con su
constante creatividad inspiradora; haciéndonos que impulsemos nuevos horizontes
conjuntos, al menos para no correr el riesgo de crear una generación marcada
por la amargura y la radicalización. El problema no es la ley, sino que
violarla no tenga consecuencias. Indudablemente, hay que reforzar la rendición
de cuentas y revitalizar los apegos, con espíritu consolador y entrega solidaria,
cuestión que no se compra en el mercado, se cultiva internamente, en medio de
las cosas del relato cotidiano. Reconozco, que no es fácil esta labor en un
orbe lacerado por las guerras y la violencia, con multitud de absurdos
enfrentamientos.
Sin embargo, jamás nos vengamos abajo. La única primavera
que nos florece, son los comienzos. Es hermoso vivir y desvivirse por vivir.
Cuando falta esta sensación uno quisiera morir. Por otra parte, con demasiada
frecuencia, nos olvidamos que estamos en la misma barca y que vamos hacia idéntico
puerto. Alegrémonos con los frutos ajenos, compartámoslos con los propios y
hagámoslos universales, a pesar de nuestras simpatías y antipatías, de modo que
tampoco nos quedemos anclados en la ambición. Desde luego, a poco que nos
adentremos en nuestro hábitat, percibiremos que los desdichados son egoístas,
abusivos, crueles e incapaces de comprender al otro. En consecuencia, en vez de
unir, los funestos separan y no reparan.
Nos toca, pues, mirar la crónica con la dicha de la alegría
y el anhelo juntos, incluso cuando pasamos por tribulaciones, tenemos problemas
y cuando sufrimos. Tampoco se trata de anestesiarnos, la angustia es angustia
siempre, pero vivida con otro aire más efectivo y afectivo también, te abre la
puerta a la euforia de un producto nuevo. Mejoremos las coyunturas, entonces;
hagamos de los instantes, soplos fraternos. El alborozo nace precisamente de la
gratuidad del encuentro, nunca del encontronazo. Es la auténtica cultura
humanitaria, llamada a servir constantemente a la humanidad en todas sus
vertientes, la que nos injerta lozanía, afán y desvelo por ser caritativos,
pacientes y humildes. La arrogancia del orgulloso, nos tritura el alma de la
sencillez. ¡Restemos dolor!
{{comentario.contenido}}
Eliminar Comentario
"{{comentariohijo.contenido}}"
Eliminar Comentario
Lunes, 4 de Mayo del 2026