La puerta se abre y uno entiende enseguida que allí dentro
vive alguien incapaz de dejar de crear. La casa y estudio de Rafael Rodrigo
MeOne es un completo horror vacui, un territorio tomado por el arte. Por donde
uno mira hay obras terminadas y otras en proceso. Cuadros, collages,
esculturas, acuarelas, acrílicos, cartón, espráis, platos y mesas de mezcla, skates
colgados de la pared, pinceles, focos, bocetos. No hay un milímetro de la vivienda
libre de creatividad en un maravilloso desorden. Con la excusa de su próxima
colaboración con La Voz de Tomelloso —no es moco de pavo la “excusa”, es una
gran noticia— mantenemos una larga charla con el artista.
MeOne no elude preguntas, sonríe, habla (y habla) como crea,
enlazando ideas, recuerdos y entusiasmos sin freno dando explicaciones
pormenorizadas de cualquier cuestión. Charlamos de adolescencia, de pérdidas,
de Bellas Artes, de hip hop, de escenografía, de cartón y de la necesidad casi
física de seguir creando. De vez en cuando (solo de vez en cuando, que cantaría
Serrat) el periodista tiembla al pensar en la manera de condensar la hora larga
de entrevista.
“Veías a alguien con pantalones anchos y prácticamente ya
era amigo tuyo”
Los orígenes de MeOne están lejos de cualquier planificación
académica o discurso artístico impostado. Comenzó en la calle, en la cultura hip
hop, en el graffiti y en aquella adolescencia noventera donde las tribus
urbanas todavía significaban algo. “Empezamos de manera muy ignorante.
Teníamos cintas de casete, revistas gratuitas que cogíamos en Madrid… y aquello
era oro”, recuerda.
Habla el artista de aquellos viajes al Mercado de Fuencarral
casi como quien revive una aventura iniciática. “La primera vez llegamos a
Méndez Álvaro y acabamos en Fuencarral Pueblo porque no sabíamos movernos en
metro”, cuenta entre risas. Aquella estética —los pantalones anchos, las
firmas en las paredes, el skate, los videoclips— funcionó como un código
compartido para toda una generación. “Veías a alguien con pantalones anchos
y prácticamente ya era amigo tuyo”, insiste.
Con amigos como Roberto Carretero comenzaron a pintar,
montar rampas de skate y organizar conciertos. Todo de manera intuitiva, sin
pensar demasiado en el futuro. “Competíamos entre nosotros, pero era una
competición bonita, de amistad y aprendizaje”, explica.
“Ahora veo mucha homogeneidad”
MeOne apunta que entonces cada grupo tenía una identidad
propia y que las distintas tribus urbanas enriquecían el paisaje cultural. “Ahora
veo mucha homogeneidad. Antes veías a los heavies, a los pijos, a los skaters…
y cada grupúsculo generaba su propia cultura”. Y sin enfado, pero sí con
cierta melancolía apunta que “ahora tengo la sensación de que muchas veces
hay una única voz”.
·Es por ello que Rodrigo sigue defendiendo tanto el trabajo
colectivo y las conexiones humanas nacidas alrededor del arte.
Bellas Artes, Tomelloso y la decisión de quedarse
Aunque hoy resulte difícil imaginarlo lejos de la creación,
estudiar Bellas Artes no fue una decisión sencilla. En su casa existía la
lógica preocupación de que el arte no pueda convertirse en una profesión. “Mi
familia estaba educada en trabajar. En trabajar mucho. Y claro, Bellas Artes
parecía una cosa complicada”, recuerda. Aun así, terminó lanzándose. Y
aquello le abrió definitivamente el mundo. “En Bellas Artes descubres que
hay muchísimos mundos dentro del arte”, explica.
Cuando artistas de generaciones anteriores optaron por
marcharse, MeOne, junto a varios amigos y compañeros— decidió quedarse en
Tomelloso. O volver. Y, encima, a hacerlo sin renunciar a vivir del arte. “Tomelloso
siempre me ha dado cosas que necesitaba”, asegura. Sin grandilocuencia
traslada al periodista que aquí ha encontrado espacio para construir su propio
camino.
“Tirar siempre de lo mismo me parece una limitación”
Resulta difícil definir a MeOne con una sola etiqueta.
Pintor, muralista, ilustrador, escultor, escenógrafo, diseñador… él mismo
parece incómodo cuando queremos encerrarlo en un estilo concreto. “He estado
siempre buscando”, porque tiene claro que “tirar siempre de lo mismo me
parece una limitación”. Por eso cambia constantemente de registro. Un día
trabaja sobre cartón, al siguiente prepara una escenografía teatral y después
vuelve al mural o a la ilustración.
El aburrimiento creativo, explica, le resulta peligroso.
Necesita moverse, “si hago siempre lo mismo, siento que me estoy apagando”,
sentencia.
“El arte creo que es corazón”
Inevitablemente la conversación deviene en recuerdos más
personales. Y claro, ahí el tono cambia, MeOne habla de la creación como un
lugar mucho más íntimo. Aparecen recuerdos más personales, amigos perdidos
demasiado pronto y cuadros nacidos en etapas emocionalmente duras.
El arte creo que es corazón”, dice despacio. Después
añade otra frase que resume perfectamente su manera de entender la creación: “Creo
que hablo mejor con las obras que palabras”.
Sus piezas, asegura, nacen muchas veces de emociones
difíciles de verbalizar. Incluso los colores terminan revelando estados de
ánimo, “alguien cercano me decía que se notaba mucho en los cuadros los
momentos emocionales por los que estaba pasando”, recuerda.
El cartón como identidad
Si hay un material que define actualmente buena parte de su
trabajo, ese es el cartón. Un soporte humilde que MeOne ha convertido en
lenguaje propio. Y es que, mientras otros artistas buscan materiales nobles, él
reivindica precisamente lo contrario. “Tengo amor por el cartón. Hay
materiales más nobles, claro, pero yo siento que con el cartón comunico mejor”.
Le interesa la textura, la imperfección, la fragilidad.
También la capacidad que tiene el material para transformarse continuamente. “Quiero
que el cartón siga hablando como cartón”, explica.
“Ahora comunico con el cúter”
En los últimos años ha comenzado además una intensa relación
con el teatro y la escenografía. Trabaja con Carpe Diem y confiesa estar
fascinado por todo lo relacionado con la iluminación y la construcción de
espacios escénicos.
Y nos lo cuenta con un entusiasmo contagioso. “Estoy
descubriendo un mundo nuevo”, asegura. “Cómo la luz crea espacios me
parece una barbaridad”. La experiencia le ha llevado incluso a replantearse
su propia forma de crear. “Antes comunicaba con el lápiz o con el spray.
Ahora comunico con el cúter”, dice sonriendo.
Elio, el alter ego
Entre tantos proyectos aparece también Elio, un
personaje ilustrado que lleva años acompañándole casi en silencio. Nació,
explica, en momentos complicados, como una vía de escape emocional. “Metía
ahí frustración, amor, desamor, alegría, tristeza…”, cuenta.
Ese personaje llegará próximamente a La Voz de Tomelloso
en forma de viñetas e ilustraciones. Eso sí, MeOne no quiere convertirlo en una
obligación mecánica. “Elio tiene que fluir”, advierte.
Un creador en movimiento
Rafael Rodrigo MeOne pertenece a esa rara estirpe de
artistas incapaces de acomodarse. Licenciado en Bellas Artes, muralista,
ilustrador y escultor, ha construido una trayectoria singular desde Tomelloso,
mezclando cultura urbana, experimentación plástica y una curiosidad casi
inagotable.
Ha trabajado en diseño, música, moda, muralismo y
escenografía. Sus obras y proyectos pueden encontrarse dentro y fuera de
Castilla-La Mancha. Pero más allá de premios, festivales o reconocimientos, hay
algo que permanece constante en él, la necesidad de seguir buscando.
“Estoy en continuo aprendizaje”, dice en uno de los
últimos momentos de la conversación. Y basta mirar alrededor de su estudio para
entender que probablemente nunca deje de estarlo.
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Jueves, 7 de Mayo del 2026
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