Opinión

Ciri y Cálamus hablan de romerías

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 9 de Mayo del 2026
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Con tiempo primaveral manchego accedemos al encuentro de los viernes. Aquí sabemos que la primavera no se caracteriza por la bonanza del clima, sino por su revolución: sol, tormentas, temperaturas más altas o frío imprevisto. 

El camarero, siempre tan agradable, nos ha juntado dos mesas, porque los tres vecinos acostumbrados querían oír  las conclusiones, que Cálamus nos prometió la semana pasada sobre las romerías. Se agradece la puntualidad, a la hora prevista los seis presentes y distintas expresiones en sus caras; los vecinos anhelantes, la chica más joven con un bloc de apuntes preparada para anotar, Ciri sonriente y nerviosillo, yo sin perder detalle y Cálamus… 

¡Ay, Cálamus! Es moreno por raza y por los soles soportados, pero muy nervioso, no cesa de tocarse su corta barba. Juraría que está inquieto, a pesar de que no le falta costumbre de hablar en público.

Servidos sendos cafés y magdalenas por cabeza, cada quien se afana en la preparación, suenan las cucharillas agitando en las tazas, son espejos del zarandeo de nuestras ideas.

—Estamos deseosos, qué digo deseosos, ansiosos por admirar tu elocuencia y conclusiones supremas que habrás tamizado en tus visitas a las romerías de nuestra querida Mancha. ¡Oh excelso corresponsal eterno!

No hace falta aclarar quién ha lanzado la perorata. El plumilla con más experiencia en su mochila que Nelson Mandela, no se inmuta y prosigue tranquilo con la magdalena y el café.  Necesita un codazo de Ciri para reaccionar y percatarse de que es él el espectado. Mira a todos los presentes, da un sorbo a la taza, más que trago parece un beso por la felicidad expresada al contacto con el líquido.

—Querido amigos, he visitado muchas romerías a lo largo de la geografía mediterránea y de los tiempos. Fueron los “romarii”, cristianos antiguos, del siglo III más o menos, quienes adquirieron el nombre por su interés en visitar las tumbas de los cristianos asesinados por el Imperio Romano a causa de su fe en Jesucristo, o sea mártires. Traducido a vuestro idioma se les llamaría romeros.

—Muy interesante —comenta el mayor de los amigos—, perdone mi indiscreción, pero yo siempre he oído hablar de romerías en las que se venera a la Virgen María.

—Sin embargo yo —ahora habla la esposa del anterior interviniente— he estado en romerías de santos o santas, incluso un año fui en Alicante a la romería de La Santa Faz. Andar el Camino de Santiago también se le podría llamar romería.

—Los dos estáis en lo cierto, Todas las personas que caminan hacia un lugar sagrado dedicado a cualquier santo o virgen se les llama peregrinos, pero ahora estamos hablando de romerías —corta Ciri inquieto por respetar el turno de locución de Cálamus.

—A lo largo de la historia en España han surgido infinidad de romerías que tienen a María por protagonista; las más nombradas y antiguas las conocéis e incluso habréis ido a vivirlas, son del Rocío o de la Virgen de la Cabeza. 

—Sí las conocemos, el año pasado yo estuve en la del Rocío —aporta la chica joven.

—Me ha impresionado la evolución que han tenido por los años. Lo que comienza con un movimiento religioso cristiano, deviene en un acontecimiento de múltiples caras, muy importes todas. La que más valoro es la convivencia que se da entre las familias, amigos, conocidos, invitados; se comparte comida, bebida, baile…, se crea un ambiente de comunidad muy valorado a nivel de religión. Otra cara es la cultural en donde la riqueza tradicional de trabajo y tradiciones salta fuerte. Me han impactado de un modo especial las reatas (creo que se llaman) con mulas enjaezadas con preciosos adornos, los carros y las personas conduciendo y dominando con distintas voces a los animales. 

—¿Dirías, Cálamus, que nuestras romerías siguen siendo expresión de la fe nuestros pueblos o solo queda el recuerdo? —inquiero yo con esta duda que siempre me machaca.

—No las llamaría romerías creyentes o de fe por dos razones importantes: La primera porque en muchos momentos el contenido religioso queda solapado  por las expresiones culturales, el espectáculo del desfile  y varios objetivos más, podría citar el afán de protagonismo de muchos de sus integrantes y dirigentes. 

—Una pregunta de Perogrullo —intervine mi amigo— Si estuviera en tu mano ¿harías desaparecer las romerías del ámbito religioso?

—De ningún modo. Yo soy partidario de que debéis cuidarlas, promocionarlas y propagarlas —contesta Cálamus sin necesidad de pensar— por muchas razones: Son expresión viva de unos pueblos con muchos años de historia. Se practican infinidad de valores que poseemos las personas y que no hacemos funcionar habitualmente (convivir, compartir, alegría, desaparecen los rencores…). Sobre todo es que hacen vibrar a los pueblos en sus coexistencias más fuertes. Te recuerdo que Jesús el hijo de María, la Señora que se festeja en vuestras romerías era amigo de pasarlo bien, de disfrutar, recuerda las bodas de Caná, la multiplicación de los panes y los peces.

—Posteriormente muchos jerarcas amargados no saben hablar de Jesús más que de los momentos de sufrimiento, la cruz, pasión, muerte  —añade la joven dejando de tomar notas en su cuaderno y mirando con firmeza a Cálamus.

—¿Hay algo que no te haya gustado de lo que has visto? —interroga de nuevo Ciri.

—Me ha gustado todo lo que he visto. Son  preciosas vuestras romerías, muy vividas y muy conseguidas. Con todo lo dicho, he ser sincero y confesar que hay dos acciones criticables, una es el exceso de alcohol que ingieren los romeros y la segunda cuando dan vivas a la Virgen añaden en un pueblo “…y su chatillo” y en otro “… y su niñete”, refiriéndose naturalmente a Jesús el Señor, nacido de María Santísima.

Ha aparecido un tono de tristeza en la cara del plumillas universal al referirse a esto último, le ha costado trabajo responder.

Hemos terminando más tarde de lo habitual. Se nos amontonaban las preguntas y los comentarios, pues no siempre se puede tener a un personaje de esta categoría sentado en nuestra mesa con el café y una mistela a mano.

Lo hemos comprometido  y ha aceptado visitarnos en alguna otra ocasión.


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