En sus 15 años de vida, el Museo Infanta Elena de Tomelloso
ha acogido, sin ninguna duda, exposiciones muy importantes. Pero la que ha
abierto sus puertas este jueves en la pinacoteca de Virgen de las Viñas Bodega
y Almazara es un acontecimiento irrepetible. “50 artistas de la Escuela
de París” no solo reúne firmas universales como Picasso, Miró, Dalí, Juan
Gris, Gargallo o María Blanchard; también propone un viaje por el gran
laboratorio artístico que transformó para siempre la historia del arte
contemporáneo.
Los periodistas de La Voz de Tomelloso tuvimos este
miércoles el privilegio de recorrer la muestra antes de su inauguración
oficial. Lo hicimos acompañados por el presidente de Virgen de las Viñas Bodega
y Almazara, Rafael Torres, y por el comisario de la exposición, Felipe
López, cuya mirada pausada y erudita fue convirtiendo la visita en una
auténtica lección de amor al arte.
Entre cuadros aún recién colgados, esculturas todavía
envueltas, salas a media luz y el silencio previo a la llegada del público,
teníamos la sensación de estar admirando algo irrepetible. La de que el Museo
Infanta Elena alberga una de las exposiciones más ambiciosas que se han
visto en Castilla-La Mancha en los últimos años.
Pudimos percibir que no solo impresiona la calidad y fama
de los nombres que forman la muestra; también lo hace la sensación de
conjunto. Y es que la exposición posee coherencia, respiración propia y
un relato artístico y humano que atraviesa décadas y estilos. Hay cubismo,
surrealismo, abstracción, figuración y vanguardia. Pero el leitmotiv de la
muestra está claro, París como punto de encuentro de creadores que cambiaron
la forma de mirar el mundo.
Un acontecimiento cultural para Tomelloso
El presidente de la cooperativa no ocultaba su satisfacción
mientras recorríamos las salas. La muestra coincide con dos aniversarios
especialmente simbólicos, los 25 años del Certamen Cultural Virgen de las
Viñas y el 15 aniversario del Museo Infanta Elena. “Nunca se ha visto
reunida en Tomelloso una obra de tanta importancia como la que se ha colgado en
estas paredes”, subrayaba Torres, consciente del esfuerzo realizado.
La exposición reúne alrededor de 150 obras procedentes de
colecciones particulares. Muchas de ellas rara vez salen de los espacios
privados donde habitualmente permanecen. Ahí reside parte del mérito de Felipe
López, galerista y comisario de la muestra, cuya labor ha sido decisiva
para convencer a propietarios y coleccionistas.
“Ha costado mucho trabajo reunir estas obras”, reconocía el
presidente. “Hay muchos propietarios que tampoco quieren que se sepa la
procedencia de los cuadros y a ellos también hay que agradecerles que los hayan
prestado para esta magnífica exposición”.
Esa excepcionalidad queda clara recorriendo la muestra. Cada
sala encierra pequeñas joyas. Un Miró de delicado equilibrio cromático
dialoga con la rotundidad de María Blanchard; la fantasía visual de Dalí
convive con la emoción íntima de otras piezas menos conocidas para el gran
público, pero de enorme valor artístico.
El museo que soñó la cooperativa
Hablamos con Rafael Torres de la singularidad que supone que
una cooperativa agrícola haya levantado, sostenido y consolidado uno de los
proyectos culturales más ambiciosos de Castilla-La Mancha. Mientras
avanzábamos entre obras de arte únicas, resultaba inevitable pensar en esa
convivencia entre vino, aceite y arte contemporáneo. Una unión que se ha
consolidado en estos años —y gracias al empeño de Torres— como la identidad
de Virgen de las Viñas.
“Gracias a los agricultores y a su generosidad se pueden
traer estas exposiciones”, señalaba el presidente. Y añadía una reflexión
que resume buena parte del espíritu de este proyecto cultural: “Debe ser una
satisfacción para todo el mundo ver lo que es capaz de hacer este colectivo,
que es la clase socioeconómica más desfavorecida”.
No es la primera gran exposición que acoge el Museo Infanta
Elena. Por sus salas ya han pasado artistas como Eduardo Naranjo, Rafael
Canogar o Carralero, además de creadores locales como Ángel Pintado o
Culubret. Sin embargo, esta muestra posee una dimensión distinta.
El museo, además, continúa creciendo. La pinacoteca
permanente se amplía con las obras del Certamen Cultural año tras año y el
proyecto mantiene intacta su ambición. “Con el tiempo llegará a ser uno de
los museos de arte contemporáneo más importantes de España”, afirmaba
Rafael Torres.
París como epicentro de la revolución artística
Felipe López insistía desde el inicio en una idea
fundamental para comprender el sentido de la muestra, la Escuela de París no
fue un movimiento homogéneo, sino un espacio de encuentro creativo
donde convivieron artistas, estilos y sensibilidades que terminaron cambiando
definitivamente la manera de entender el arte.
“Gracias a la Escuela de París, el arte moderno
evolucionó de manera definitiva”, explica el comisario. París, señala,
actuó durante décadas como un imán para creadores llegados de toda Europa.
Allí confluyeron las vanguardias, el cubismo, el surrealismo, la abstracción
y buena parte de las corrientes que marcaron el siglo XX.
Los nombres que cambiaron el arte
Felipe López se detiene ante cada obra con pasión,
mostrando que conoce no solo la técnica o la autoría, sino también la historia
que hay detrás de cada cuadro. Viajes, colecciones privadas, procedencias y
contextos históricos. Escucharlo es comprender que una exposición no se compone
únicamente de lienzos y esculturas, sino también de tiempo, memoria y
perseverancia.
El recorrido diseñado por el comisario avanza
cronológicamente, siguiendo el nacimiento de los artistas y la propia evolución
de las vanguardias europeas. La visita comienza con Joaquín Torres García,
al que define como uno de los grandes constructivistas uruguayos de la Escuela
de París, junto a Gurvich y Barradas. Después aparece Manuel
Hugué, a quien López atribuye un papel decisivo como el artista que animó a
muchos pintores españoles a instalarse en París “porque allí estaba el futuro
de la pintura”.
Surgen enseguida nombres fundamentales como Julio
González, Pablo Gargallo o Baltasar Lobo, los tres grandes
escultores españoles presentes en la muestra; además de figuras esenciales del
cubismo y las vanguardias como Fernand Léger, “el artista del cubismo
con tubos”; Juan Gris, Vázquez Díaz, André Lhote, Celso
Lagar, José Togores, Pancho Cossío o Ismael Gómez de la
Serna.
Especial emoción pone López al detenerse ante las obras de María
Blanchard, de quien recuerda que realizó apenas una treintena de obras
cubistas y la pieza de 1918 que se enseña en el Museo Infanta Elena la
considera una auténtica joya. A partir de ahí, el visitante se encuentra con
nombres imprescindibles de la modernidad como Picasso, del que se exhibe
incluso un dibujo regalado a Dominguín; Miró, representado con “una
explosión de color”; o Dalí, presente con una obra donde “se transforma
en rey bendecido por el Espíritu Santo”.
El recorrido incorpora también artistas fundamentales de la
segunda Escuela de París como Clavé, Manuel Ángeles Ortiz, Pedro
Flores, Francisco Bores, Joaquín Peinado, Luis Fernández,
Miguel Villa, Wilfredo Lam, Hernando Viñes, Óscar
Domínguez o Eugenio Granell, antes de desembocar en el grupo El
Paso, con Antonio Saura como símbolo del relevo artístico que
acabaría desplazando el epicentro creativo de París hacia Estados UnidosLa
mirada apasionada del comisario
López conoce cada una de las obras. Nos habla de ellas,
señala detalles aparentemente mínimos —una línea, una composición, un uso
concreto del color— que permiten comprender por qué aquellos artistas
revolucionaron el lenguaje pictórico. Lo hace con amor, cercanía y cuidado,
como quien habla de sus hijos.
El comisario insistía en la dificultad de haber reunido las
150 joyas de la exposición. “Ha sido una labor complicada porque muchas de
estas obras pertenecen a coleccionistas privados”.
Hay cuadros de enorme fuerza visual y también pequeñas
piezas de delicadeza extraordinaria. Obras íntimas que obligan al visitante
a acercarse despacio. Felipe López defendía precisamente esa manera de
mirar, sin prisa, permitiendo que cada obra encuentre su tiempo.
La emoción de las obras pequeñas
Quizá una de las enseñanzas más hermosas de la visita fue
esa, la de que no siempre son los cuadros más grandes los que producen mayor
impacto. El propio presidente lo advertía también, “algunas obras son de un
tamaño grande y otras muy pequeñas, pero todas tienen una gran valía”.
No es una muestra para recorrer haciendo fotografías rápidas
ni para consumir en una visita superficial. Requiere pausa, silencio y
cierta disposición emocional. Quizá por eso Rafael Torres nos recomendaba
volver otro día después de la apertura oficial. “En las inauguraciones no se
ven bien las exposiciones porque viene mucha gente. Hay que venir después y
detenerse en cada una de las obras”, explicaba.
El consejo parece especialmente pertinente en una época
dominada por la velocidad y la distracción constante. Esta exposición invita
justamente a lo contrario: a detenerse.
Tomelloso, posada de vid y cultura
Durante nuestra charla aparece el conocido lema de la ciudad,
“Tomelloso, posada de vid y cultura”. Y tal vez pocas veces ha resultado
tan apropiado. Esta exposición no solo engrandece al museo o a la cooperativa.
También proyecta una imagen de Tomelloso como ciudad capaz de dialogar con
el arte universal sin complejos y con autenticidad.
Hasta primeros de julio, Tomelloso tendrá el privilegio de convivir con algunas de las obras y nombres que cambiaron el rumbo del arte moderno. No parece exagerado decir que la ciudad, durante unas semanas, reforzará aún más su ya intensa vida cultural y se convertirá en un reconocido epicentro artístico.
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Viernes, 15 de Mayo del 2026
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