Opinión

Perros, gatos y Ciri

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 16 de Mayo del 2026
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La cafetería se ilumina con una luz solar rara y preciosa de tarde de mayo, combinando tormenta y agua en el cielo. Como aviones en vuelo rasante aparecen y desaparecen las cortas descargas de agua por la plaza del pueblo. El olor húmedo regala perfumes de flores y plantas cercanas.

Poco hemos hablado Ciri y yo hasta el momento, nos hemos dedicado a disfrutar del ambiente mayero, del café y evidentemente de las magdalenas. Mi amigo me ha mirado varias veces sin soltar palabra, cosa rara, debe estar tanteando el albero, yo disimulo y paladeo.

—“Canis lupus” y “felis silvestris” —acaba de decir mi vecino de café con una pronunciación clara y distinguida, cosecha de haber ensayado en su casa la enunciación de las cuatro palabras. 

He debido mirarlo, inconscientemente, con cara desconcertada por la risotada y el bufido que ha dado Ciri, sofocados por mano y servilleta de urgencia.

—Como no te expliques, compañero, voy a pensar que se te ha ido el discernimiento intelectual propio de un homínido —le contesto mosqueado por su aparente estupidez primera.

Sin dejar su cara festiva, porque las cosas salen a su premeditación, responde muy cargado de razón:

—Uno de los días pasados se me antojó sentarme en un banco del jardinillo próximo a mi casa; te recuerdo que uno de mis pasatiempos favoritos es observar la gente que pasa.

—Es una afición interesante. Sí, yo también la aprovecho.

—Pasaron no sé cuantos humanos con sus compañeros cánidos y felinos, no sé si chicos o chicas como acostumbran a decir sus amantes —de  modo solapado mi amigo hace referencia al comienzo de la charla—, todos con sus arneses y sujeciones puestas, unos con jerséis o capas a medida, sobre el lomo. Ignoro qué pensarían, si pensaran los chuchos sobre tales atalajes. Incluso pasó una pareja con un perrito muy mono, quiero decir bonito no que el perro fuera póngido, recién sacado de la peluquería canina, en un carrito tal como un bebé. He de reconocer que la primera impresión fue pensar: qué cantidad de pelo tenía el roro.

—Es que los dueños de los animales los tratan muy bien y con mucho cariño —respondo aseverando lo que pienso.

—¡De eso nada…! —le ha faltado tiempo a Ciri para responder— de dueños nada,  qué dueños ni qué narices… son como de la familia, incluso hay casos que los tienen como hijos, de ahí el término, que pronto aceptará la RAE, de perrijos, no sé si impondrán la “h” intercalada o no. Son compañeros vivientes, que la madre naturaleza les ha concedido.

—Tendremos que convenir en que a la palabra compañero deberemos ponerle unos grados…, supongamos de cercanía, cariño, de trabajo, no sé. Es que se me va a hacer difícil utilizar la misma palabra, para citarte a ti, que al perro de mi vecino.

No me ha mirado el colega con buenos ojos, cuando lo he colocado en el mismo círculo de amistades. Me río con ganas imaginando en la mesa durante una reunión de las nuestras, a Ciri, a su lado un mastín, al lado un galgo, después yo, enfrente los tres amigo habituales. Él ha debido pensar lo mismo y se une a las risas.

Después del último trago de café remojando el final de la magdalena, prosigue:

—Lo que yo quiero poner en valor (expresión de moda utilizada especialmente por la izquierda política) es el cariño, la dedicación y el buen trato, que tantísima gente propicia a sus perros, gatos y animales con los que convive.

—Coincido plenamente con lo que dices, al mismo tiempo afirmo que hay mucha bobería unida al cariño en el trato a los animales. Con toda esta perorata que traemos no me has dicho todavía a cuento de qué has aportado el tema de perros, gatos y  personas.

—Enseguida te complazco, pero he de comentarte antes unos datos muy interesantes de mis incursiones en la biblioteca que es internet: Llevamos conviviendo en compañía cánidos, félidos y humanos más de diez mil años. Los lugares geográficos en los que se circunscriben los comienzos son Oriente próximo, Mesopotamia y Egipto. Te recuerdo que en la mitología egipcia el gato es concebido como un dios. Bastet es la diosa gata.

—Muy interesante esto, Ciri, siempre se aprende cosas curiosas, no has perdido tu afán de saber, te felicito.

—No he terminado —corta de modo magistral en cátedra el compañero— me faltan dos apuntes interesantes sobre los gatos: uno es que se unieron a los humanos cuando estos pasaron de la civilización ganadera a la agrícola, la causa fundamental es que éstos guardaban el trigo, cebada o centeno en graneros, hasta aquí llegaban los ratones, ratas y otros roedores, para alimentarse; del mismo modo se unieron los felinos “para alimentarse”, pero no del grano sino de  familiares de los demiomorfos.

Acaba de echar mano a su bloc de notas para pronunciar tartamudamente la palabra y continúa su argumentación mirando las hojas

—Con esto último ya termino —añade Ciri— el nombre que se les daba a los gatos antiguamente es: αϊλουρος (ailuros) la etimología de la palabra es muy curiosa el (animal) que mueve la cola. Por eso también a las personas que aman a los gatos se les aplica el adjetivo de  ailurofílicos.

A esto último le pongo el cuadro de unas palmadas de aplausos, que forman eco con las palmas de nuestros tres vecinos.  Este Ciri, pienso, nunca deja de sorprendernos aunque sea con las mayores extravagancias.

Manolo el camarero no se ha perdido la clase de ciencias naturales, que ha ejecutado su cliente, aún así antes de que terminen los parabienes está presente con su bandeja y las mistelas.


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