Tomelloso

Dionisio Cañas llegó al lago Edén en los 80 y encontró el amor americano de Lorca

La historia de Philip Cummings, el amante estadounidense de Federico García Lorca comenzó con la intuición, la obstinación y las pesquisas de Dioniso Cañas en los años ochenta del siglo pasado

Francisco Navarro | Miércoles, 20 de Mayo del 2026
{{Imagen.Descripcion}} Cañas y Cummings - "Colección y archivos Dionisio Cañas-José Olivio Jiménez", Biblioteca Municipal de Tomelloso. Cañas y Cummings - "Colección y archivos Dionisio Cañas-José Olivio Jiménez", Biblioteca Municipal de Tomelloso.

La poca memoria y los titulares impactantes son algunas de las dolencias de la prensa. Así, Lorca en Vermont, el reciente libro de Patricia A. Billingsley, ha sido recibido por numerosos medios españoles como si revelara por primera vez el “romance desconocido” de Federico García Lorca en Estados Unidos. Los titulares hablan de una relación íntima con Philip Cummings y de la huella sentimental de aquel vínculo en Poeta en Nueva York.

Pero la verdad es otra. O, al menos, está incompleta.

Mucho antes de que la academia volviera la vista hacia Philip Cummings, el poeta Dionisio Cañas —que vivía y trabajaba en Nueva York— recorrió Vermont buscando las huellas de aquel hombre silencioso, aquel “amigo no identificado” de Lorca. Y así quedó reflejado en el poema inédito “En búsqueda de un Lorca perdido” que Dionisio compuso en 1985, durante sus pesquisas y que, gracias a la generosidad del poeta, publicamos al final de este reportaje.

El poeta que siguió una intuición

El 22 de diciembre de 1985, El País publicó un artículo de Dionisio Cañas titulado “El amigo no identificado de Lorca en América. Días de amor y rosas, en el lago Eden, junto a Philip Cummings”. Allí ya contaba el poeta de Tomelloso que la estancia de Lorca en Vermont junto a Philip Cummings no fue una simple amistad episódica, sino un vínculo de honda repercusión poética y afectiva.

Cañas escribía en aquel texto: “Los días que Federico y Philip pasaron juntos en una casa de las orillas del lago Eden dieron por resultado una serie de poemas que forman parte integral de Poeta en Nueva York”. Y más adelante señala que “Philip y Lorca fueron íntimos amigos, y aquellos días compartidos junto al lago Eden merecen ser contados”.

Dionisio Cañas es una de las primeras personas en hablar de la intensidad emocional entre ambos hombres. El poeta, artista y crítico literario no lo hizo de oídas, ni desde la especulación académica sino a través de su contacto con Philip Cummings.

La búsqueda en Vermont

El artículo de El País tiene un valor casi arqueológico. Narra el viaje de Cañas a Eden Mills y Woodstock, en Vermont, tras las pistas de aquel enigmático Cummings que Ángel del Río, amigo y traductor de Lorca, decía “no haber podido identificar jamás”.

Cañas sí lo identificó.

Cuenta cómo, tras conseguir un teléfono, habló con Philip Cummings y quedó sorprendido porque “hablaba un español estupendo y clarísimo”. Luego viajó hasta su casa. La descripción conserva una potencia narrativa extraordinaria, “nos encontramos a un hombre robusto de unos 75 años (…) Tiene un hermoso pelo blanco, una cara cordial y unos ojos vivaces”. Y añade Cañas que “Philip Cummings vive solo, rodeado de animales, pinos, abetos y recuerdos”.

Allí, en aquella granja perdida de Vermont, el poeta manchego reconstruyó una historia enterrada bajo décadas de discreción. Cummings le habló de Lorca, le mostró recuerdos, le compartió cronologías y le confirmó intimidades. El encuentro de Dionisio Cañas con Philip Cummings ocurrió hace cuarenta años.


Philip Cummings joven, en la época en la que conoció a Lorca "Colección y archivos Dionisio Cañas-José Olivio Jiménez", Biblioteca Municipal de Tomelloso

Mucho antes del “descubrimiento”

La reciente publicación de Lorca en Vermont ha reactivado el interés por Philip Cummings en los medios generalistas españoles, que han presentado el libro como si sacara a la luz un vínculo inédito. Sin embargo, incluso la propia autora, Patricia A. Billingsley, conocía el trabajo previo de Dionisio Cañas. Así lo recordó el propio Cañas en declaraciones recientes a La Voz, “hace como 15 años o más se reunió conmigo primero en Nueva York y luego en Madrid (…) estaba haciendo una biografía de Philip Cummings”.

Nos explicó el poeta que “le di todo lo que yo tenía de mi experiencia, de cuando lo conocí en el 85, los correos que nos carteamos, los días que pasé con él y cuando juntos hicimos una cronología de las relaciones de Philip con Federico”.

Es decir, la investigación de Billingsley no nace en el vacío, sino sobre un terreno previamente explorado, desbrozado y documentado por Dionisio Cañas.

El propio escritor manchego recuerda que, cuando publicó su artículo en El País, pidió permiso a Cummings. “Cuando yo me muera tú puedes decir todo lo que te he contado”, explica Cañas que le dijo el anciano de Vermont.

El manuscrito perdido

Por otra parte, durante la presentación del Legado de Dionisio Cañas y José Olivio Jiménez en Tomelloso, Cañas mostró un microfilm con la reproducción de una carta vinculada a Lorca que, según afirmó, constituye “la prueba de que ha existido un manuscrito”.

Ese documento remite precisamente a Philip Cummings. Según la información conocida, Lorca habría dejado en sus manos unos escritos en 1929 con instrucciones de destruirlos en caso de que le ocurriera algo. La posibilidad de un manuscrito inédito del poeta —tal vez poemas, quizá notas personales— añade una dimensión casi legendaria al episodio de Vermont.

Lo verdaderamente significativo es que la pista vuelve a conducir al mismo lugar, a las investigaciones emprendidas por Dionisio Cañas décadas atrás.

Poeta en Nueva York: el amor y la grieta

La estancia de Lorca en Vermont, durante el verano de 1929, coincide con uno de los momentos decisivos de su transformación poética. Poeta en Nueva York no puede entenderse únicamente como una reacción urbana, política o estética ante la modernidad capitalista norteamericana. También hay allí una conmoción íntima, personal, que los estudios convencionales han tardado en reconocer.

Cañas lo percibía antes que muchos críticos, “Lorca entrega en sus poemas de Vermont una visión del campo norteamericano minada por sus profundos problemas íntimos”. Y en su análisis de Poema doble del lago Eden añadía que “se puede verificar esta compleja personalidad de Lorca: por un lado, el personaje manipulado por la energía de la muerte, y por otro, el Lorca lleno de vida y entusiasmo”.

La hipótesis del vínculo amoroso con Cummings no trivializa la obra lorquiana; al contrario, la ilumina. Permite leer desde otro ángulo poemas atravesados por el deseo, la culpa, la pérdida y la identidad desgarrada.


Cañas, presentando el Legado el pasado 23 de abril

La memoria cultural también tiene autores

No hay nada reprochable en que nuevos libros vuelvan sobre viejas historias. La investigación cultural se alimenta de revisiones, ampliaciones y nuevas perspectivas. El problema aparece cuando se borran los nombres de quienes abrieron camino.

Es por ello que hay que señalar que Dionisio Cañas fue pionero. Lo fue cuando todavía resultaba incómodo hablar de la homosexualidad de Lorca con naturalidad. Lo fue cuando viajó hasta Vermont siguiendo apenas una intuición. Lo fue cuando escuchó a Philip Cummings antes de que nadie pareciera interesado en hacerlo.

Amador Palacios lo recordó en FronteraD en 2017, en un texto titulado “Las visitas de Dionisio Cañas a Philip Cummings, amigo, traductor y ‘ligue’ de Federico García Lorca”. Allí se reconstruyó precisamente esa genealogía olvidada: la del poeta-investigador que no solo leyó archivos, sino que llamó a puertas, recorrió carreteras secundarias y habló cara a cara con el hombre que había compartido el lago Edén con Lorca.

Conviene recordad que cuando el mercado editorial descubre Vermont como territorio lorquiano, que antes de que hubiese tesis doctorales, biografías y titulares, Dionisio Cañas estuvo buscando fantasmas en un lago norteamericano. Y los encontró.


EN BÚSQUEDA DE UN LORCA PERDIDO

Y así la tarde es un cincelar de la tormenta
los pájaros y las nubes la arboleda y su sombra
hoy morada o turbia como la tierra en el otoño.

En el lago la mirada de Lorca sepultada
por unas cuantas hojas de abedul. Las barcas
detenidas en la orilla esperando no sé a qué remero.

Junto a la antigua cabaña el recuerdo de un agosto
de 1929 de un hermoso muchacho un vermontés
con quien hablar en español en tierras frías.

Ya el otoño ha devorado aquel verano
y hoy toco las manos de este viejo vermontés
su antiguo calor de hace cincuenta y cinco primaveras.

Y ni un poco de alcohol nos devolverá
aquellos días en que el Sr. Cummings
(“Felipe” le diría Federico) tradujo las primeras

líneas de sus Canciones al inglés.
Y juntos paseaban escribiendo un diario
un perfume de palabras para el olvido.

Del monte Norris bajan olor a pinos y aguas limpias
unos muchachos rubios cortan con una sierra eléctrica
el tronco del árbol derrumbado por las lluvias.

En el lago permanece reflejada la voz antigua
y la nueva voz. El Sr. Cummings me habla
de cosas desaparecidas de un vino dulce

de los bizcochos que su madre cocinaba para ellos
de un viaje a Canadá de unos niños y unas canciones
de rosas y de abetos en la orilla del lago.

Son estas aguas hoy reflejo y revelación
un santuario para pájaros migratorios
un lugar donde la Muerte aún nos anda buscando.

Tarde ha cambiado este otoño el color de las hojas
las orillas del lago Eden se borran bajo la bruma
y la radio anuncia la primera nevada del invierno.

Dionisio Cañas
Eden Mills / Woodstock, Vermont, 10-XI-85

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