Opinión

Un cadáver en la sala X)

Juan José Sánchez Ondal | Domingo, 24 de Mayo del 2026
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CAPÍTULO X Donde se cuentan las nuevas declaraciones de los empleados del cine

Aquella noche ambos policías recuperaron el déficit de sueño. Al día siguiente, Cervera decidió acudir a la comisaría andando, aunque como tenía tiempo de sobra, optó por dar un amplio rodeo y pasar por el cine por ver si el mendigo dormía a su puerta. Allí no había nadie, ni rastro de que lo hubiera habido recientemente.

Estaban abriendo la cafetería contigua al cine y preguntó al camarero por el tal Eutimio.

—¿El “Tetra”? Ya hace unos días que no le vemos. Suele dormir a la puerta, pero ya lleva tiempo que no. Lo mismo está otra vez ingresado. El día menos pensado aparece tieso. Aquí no le despachamos alcohol, pero lo compra en los supermercados.

Al llegar a la comisaría Ramiro le informó que ya hacía un rato que tenía esperando a los trabajadores del cine.

—Vamos a la sala de reuniones, pásalos allí que voy enseguida.

Recogió el plano y sus notas y se dirigió hacia donde le esperaban.

—Perdonen que les haya hecho venir de nuevo, pero quería que precisáramos unos datos y que estuvieran todos. Ahí tienen las fotografías del fallecido y de un hermano gemelo. ¿Reconocen a alguno de ellos, o a los dos?

La taquillera dijo reconocer, como había declarado, al que resultó muerto, pero a la vista de las fotos y del gran parecido, ya no se atrevía a asegurar cuál de ellos era.

—¿Llevaba traje gris marengo? —le preguntó Cervera.

—Gris marengo, sin duda, como le informé.

El taquillero, Jonás Joaquín, no llegaba a reconocer a ninguno de ellos como el que atendió en la taquilla porque, como declaró, con las gafas no le era posible identificarle.

—Usted dijo que llevaba gafas Ray Ban, traje claro y sombrero de paja blanco y, por tanto…

—No señor —le rectificó—, traje claro, gafas tipo Ray Ban y sombrero blanco, pero el sombrero no era de paja, era de tela.

Cervera revisó sus notas y comprobó que era así, efectivamente.

El portero se ratificó en lo que había declarado. Cervera le preguntó si recordaba algún detalle de los dos hombres que ayudaron a sacar a la señora de la sala y afirmó que no se fijó mucho en ellos; sólo recordaba al joven de la mochila y, de los otros dos, que uno era más alto que el otro, mientras que el más bajo era más fuerte y algún año mayor.

Estaba pendiente de la señora, no de los hombres ni de la hija, a la que no sabría ni describir. Los taquilleros no supieron informar si sacaron las entradas juntos o por separado, ya que no se fijaron en solicitantes de esas características.

—¿La señora llegó a perder el conocimiento?

—No señor —continuó el portero—. Más que un mareo, parecía muy excitada, como si tuviera un ataque de nervios; tal vez se asustó con alguna escena de la película, aunque no es de miedo. Y se quejaba de los que la sujetaban, decía: “Déjenme, déjenme, me hacen daño”, y no sé qué más, entre dientes. La sentamos, le dimos un vaso de agua, fui a buscar el taxi y cuando volví los dos señores se habían ido y, con su hija, la acompañé a la salida y la ayudé a subir al coche algo más tranquila, como aliviada al irse.

—¿Los señores esos pudieron marcharse del cine mientras usted fue a por el taxi?

—Es posible porque yo fui hasta la esquina para tener más opciones de encontrar uno. No sé si se marcharon o volvieron a la sala. Sí recuerdo, como le dije, que salía el joven de la mochila. ¿Han preguntado a Eutimio? Tal vez él los vio salir, si salieron.

La desaparición de Eutimio

—A propósito del tal Eutimio. ¿Alguno de ustedes recuerda dónde estaba aquella tarde a la hora del incidente de la señora? —preguntó Cervera.

—Yo le vi salir del servicio, pero no puedo recordar cuándo. Y desde ese día no le he vuelto a ver —ratificó el portero.

La encargada del bar sólo recordaba que el portero le pidió un vaso de agua para una señora que estaba indispuesta; se lo dio y no prestó mayor atención porque estaba abriendo un paquete de vasos de papel para las bebidas que se habían terminado. Pero sí informó que Eutimio le pidió la bolsa que le guardaba en el almacén de las bebidas. Y desde luego fue antes del incidente de la señora y de que le pidieran el vaso de agua.

—Ramiro, ¿se te ocurre alguna pregunta más?

—Si saben algo del paradero de Eutimio.

Todos ratificaron la información anterior. Al parecer, los últimos en verle fueron el portero y la encargada del bar.

—Pues, de nuevo, muchas gracias. Perdonen por las molestias, pueden marcharse.

—Hemos sacao en limpio —se adelantó “Plinillo”— que el del sombrero de trapo y el traje claro, no gris marengo, no era el gemelo, que ya estaba casi exculpao por la situación del coche según las denuncias. Posible que, estando el coche a las 17:49 en General Pardiñas, hubiera entrado en el cine a cargarse al hermano, pero imposible del to, del to, que se lo cepillara, si a las 18:21, antes o hacia la hora del degüelle, estuviera en la calle del Doctor Fleming.

—Efectivamente, pero ¿dónde está ese tío? —preguntaba Cervera.

—Y el indigente, ¿se dice así, jefe? Según los informes de los empleados, desde el día de autos no ha vuelto a aparecer por allí. La tarde del crimen recogió la bolsa con ropa y otros objetos que le guardaban en el almacén de las bebidas del bar, desde luego antes del síncope de la señora y de que pasaportaran a Primitivo. Está claro que salió zumbando. Un poco raro, ¿no?, que desde el día que se ventilaron a su paisano arreara con sus trastos y esté desaparecido. ¿Sospecha de él?

—Todo el que no tiene coartada, en principio, sabes que ha de ser investigado. Tiene antecedentes por varias detenciones por alteración de orden público y una condena de dos años por delito de lesiones y cogía borracheras violentas. Estuvo esa tarde en el interior del cine; se llevó antes del crimen los enseres que tenía en él y desde entonces no tenemos ni rastro de su paradero. Hay que encontrarlo. Que pregunten en hospitales, donde, al parecer, ha sido internado varias veces.

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