Opinión

Redes, egos y algunas confidencias

Rafael Toledo Díaz | Lunes, 25 de Mayo del 2026
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Sin duda el uso de la energía nuclear es el ejemplo más claro de que todo avance y tiene consecuencias tanto positivas como negativas. Nadie cuestiona las grandes posibilidades de la fusión nuclear para conseguir energía y sus aplicaciones en medicina y otros campos tecnológicos. A la vez, por su poder destructor, se emplea en la industria militar, principalmente a nivel disuasorio —si exceptuamos los dos bombardeos atómicos en la Segunda Guerra Mundial—, además de utilizarse de forma activa en la propulsión de buques y submarinos de guerra.

Es evidente que en todo progreso se suele cumplir la ley de acción - reacción, incluso —y aunque parezca extraño— en el ámbito de las tecnologías de la comunicación y cualquier actividad social. De esta manera, frente a un criterio positivo se contrapone siempre otro negativo; es más, últimamente se debaten o cuestionan los efectos perniciosos del abuso de estas tecnologías por adicción u otras formas de malas prácticas.

No está claro que, desde mi punto de vista, los mayores seamos ajenos a los comportamientos nocivos de las redes, pero quiero creer que no nos interesan los contenidos de cientos de influencers publicitando productos raros, mostrando fotos, vídeos y naderías que rozan el ridículo .

Otra cosa distinta es nuestro comportamiento ante el enorme escaparate que suponen los flujos de contenido o perfiles en las diferentes plataformas digitales. Si bien por afinidad seguimos a personajes que nos interesan, en general, las redes sociales son un espacio para dar rienda suelta a la curiosidad, e incluso el cotilleo.

A veces debemos resistir frente a un algoritmo que actúa como un diablillo, o gran diablo, siempre atento a nuestras debilidades. Por ejemplo: qué sentido tiene que cada dos por tres me aparezcan publicaciones o post sobre el servicio militar, quizás en el intento de que me atrape la añoranza o la nostalgia sobre un tiempo demasiado lejano ya. Y me pregunto: ¿Qué puede aportarme volver a contactar con compañeros que hace tiempo olvidé y que ni siquiera recuerdo?

¡Ah... ese algoritmo tan oportuno y caprichoso que me empuja a decidir, que me provoca y me incita! Algunas veces creo que hasta me escucha.

Participar en este entramado virtual es tan fácil y accesible como compartir una foto, un artículo, una crítica, un relato o una ocurrencia tratando de conseguir y, bajo el capricho del algoritmo, la atención de los "amigos" para que le presten atención o lo lean. Aunque reconozcámoslo, en las redes se lee poco, digamos que son el claro reflejo de una sociedad que vive del instante, de la inmediatez y como el  destello de un flash; será por eso que las imágenes y las fotos siempre obtienen más likes.

Pero lo que no comprendo ni soporto es la tropa de narcisistas exhibiendo su ego —mentémonos todos y sálvese el que pueda—. Entiendo, y por eso participo, que pueden ser un espacio donde se democratiza y comparte una cultura popular u horizontal, un trasiego de creaciones sin apenas reglas. Y aunque pasan inadvertidos, seguramente hay una gran cantidad de trabajos interesantes y de calidad, cualquiera, con su pequeño o gran ego, se puede sentir escritor, poeta o artista. Allá cada uno si quiere engañarse sin hacer daño a nadie.

Otra cosa es ser un presuntuoso y esperar pacientemente a que solo valoren tus aportaciones. Individuos egoístas, ególatras que se miran el ombligo siempre intentando que sus contenidos —repetidos hasta la extenuación— consigan hacerse virales sin mostrar el mínimo interés por la gran oferta de creatividad popular de los demás; algunos incluso fingiendo una falsa modestia.

Esta actitud me lleva a recordar a Francisco Umbral y su momento televisivo: «Porque yo he venido a hablar de mi libro». Resulta lamentable que el gran escritor y columnista que fue Paco Umbral sea recordado en la memoria colectiva por una simple anécdota viral, cuando su legado literario y periodístico es enorme.

Asimismo y como los lados opuestos de una moneda se comporta la IA, la cara nos muestra una  herramienta fantástica que nos permite analizar y corregir las propuestas que le hacemos, mejorándolas con una rapidez increíble. De otra parte la cruz, generando una inevitable pérdida de puestos de trabajos en múltiples sectores y además, si no la utilizamos con criterio, terminará por eliminar nuestra capacidad creativa anulando la curiosidad y la búsqueda permanente que define al ser humano.

Pero tampoco yo soy ajeno a la IA y mi pequeño ego —que también lo tengo— por eso de vez en cuando echo un vistazo a ver qué dice esta herramienta sobre mi perfil . ¡Y oh... sorpresa!,  aparte de unas notas permanentes, su opinión fluctúa en función de las datos que obtiene de las múltiples reseñas que pululan por la red. Dice, entre otras cosas, que soy escritor y que de vez en cuando muestro referencias al novelista Rafael Chirbes —será porque últimamente he escrito un par de artículos sobre sus memorias—. Nada más lejos de la realidad o una verdad a medias, pues, solo pretendo ser un modesto plumilla intentando compartir sus inquietudes o experiencias con cualquiera que se anime a leerlas, vamos, puro desahogo.

Tratemos de ser humildes, porque el mismo Chirbes dice de si mismo: «no he escrito nunca lo que me ha dado la gana, sino que he escrito lo que me ha salido, lo que he podido» o «Sí, me siento culpable no sé muy bien de qué, de haber mentido cuando decía que era escritor».

Pero entiendo al novelista y comparto con él muchas de sus sensaciones, sobre todo cuando opina de la fugacidad de la vida, de la inconstancia, de la inseguridad o el desasosiego «La sensación de que se me escapa el tiempo, de que se me va otro día», «leo, leo, tengo la sensación de que no sé nada».

Pero vuelvo a lo cotidiano y la rutina diaria que me ordena y a veces me sirve de inspiración.  Y así, semana tras semana y como cualquier otra tarea, cada tarde recojo a mi nieta del colegio. A veces, al pasar cerca de la iglesia evito echar un vistazo a un par de necrológicas que hay colgadas en la puerta; e intento despistar porque la cría es muy espabilada y se ha dado cuenta de mi curiosidad tanática, de esta rara tendencia tan manchega que no consigo evitar.

No sé si la he influido porque de vez en cuando me hace preguntas extrañas sobre los yayos Julián y Paz, o de las bisabuelas fallecidas recientemente y con las que convivió en algún momento.

Abuelo, me pregunta: ¿Tú crees que nos ven desde el cielo?, ¿qué hacen allí, están bien?, ¿cómo se han ido tan alto?, ¿las volveremos a ver otra vez?

La niña me mete en un brete y me cuesta salir airoso mezclando en las respuestas almas y energías, intentando mezclar sentimientos y creencias religiosas con las certezas de la ciencia.

Menos mal que en algún momento de la conversación resuelve y me dice — abuelo yo no quiero morirme nunca; y entonces me desarma y vuelvo a acordarme de Chirbes cuando escribe: «Creo que era Camus el que decía que el único problema al que se enfrenta el hombre es la muerte, si no era él, lo digo yo, me parece bien traído».

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