Opinión

Mantener viva la luz del Venerable Ismael de Tomelloso: una llamada universal a la fe cristiana

Natividad Cepeda | Jueves, 4 de Junio del 2026
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Hay vidas que no necesitan estruendo para dejar huella. Hay testimonios que no se imponen por la fuerza de la historia, sino por la profundidad de la fe con la que fueron vividos. Así siento yo la figura del Venerable Ismael de Tomelloso: como una luz silenciosa que sigue hablando al corazón de quien aún cree que Dios actúa en lo pequeño, en lo oculto y en lo aparentemente insignificante. Su vida, lejos de pertenecer solo a un lugar o a una circunstancia histórica concreta, me parece una llamada universal a vivir el Evangelio con verdad, con humildad y con amor.

Muchas veces he pensado en aquella palabra del Evangelio: «Nadie es profeta en su tierra». La he sentido especialmente al contemplar la figura de Ismael, cuya memoria, a pesar del reconocimiento de la Iglesia, no siempre ha sido acogida con la hondura que merece en la tierra que lo vio nacer. Y, sin embargo, precisamente ahí descubro una lección profundamente cristiana: Dios no necesita del brillo humano para santificar una vida; le basta un alma fiel, un corazón entregado, una existencia ofrecida en silencio

Cuando comenzamos los trámites para abrir su Causa en 2006, llegaron personas interesadas, invitadas por Blas Camacho Zancada. Muchas de ellas, con el tiempo, se fueron apartando con excusas y pretextos. Aquello me hizo comprender que trabajar por una causa espiritual rara vez concede prestigio social. Casi siempre se hace desde el anonimato, desde la perseverancia, desde una fidelidad que no busca aplausos. Y también me hizo ver que mantener viva la memoria de una vida santa exige más que palabras: exige compromiso, oración y amor verdadero por la verdad que esa vida encarna

Yo no contemplo a Ismael solo como una figura admirable del pasado. Lo contemplo como un hermano en la fe, como un joven cristiano que supo permanecer fiel a Dios cuando todo a su alrededor invitaba al miedo, al odio y a la desesperanza. En él veo reflejada esa santidad cotidiana de la que habla la Iglesia: la del que ama a Dios en lo sencillo, la del que se entrega en la vida diaria, la del que hace de su propia existencia una ofrenda silenciosa. Su testimonio me recuerda que la santidad no está reservada a unos pocos elegidos por su relevancia ante el mundo, sino a quienes, en medio de su fragilidad, responden con amor a la gracia de Dios.

Ismael era un joven normal, profundamente vinculado a la vida parroquial, amante de la Eucaristía, de la oración y del servicio a los demás. Esa normalidad me conmueve, porque en ella descubro una verdad esencial para la vida cristiana: Dios se manifiesta también en la sencillez de quienes le son fieles sin hacer ruido. Su adolescencia y su juventud estuvieron marcadas por una vivencia concreta de la fe, por un compromiso apostólico real y por una sensibilidad hacia los necesitados. Todo ello convierte su vida en una catequesis viva sobre lo que significa seguir a Cristo en medio del mundo.

La violencia de la guerra puso a prueba esa fe. En el frente de Teruel, en medio del odio y de la crueldad, Ismael eligió la paz. Esa decisión, que puede parecer incomprensible desde la lógica del mundo, es para mí una de las expresiones más altas del Evangelio vivido con radicalidad. No fue un héroe de armas, sino de espíritu. No eligió imponerse, sino orar. No respondió al mal con más mal, sino con silencio, fe y fidelidad. En su actitud veo el rostro de tantos cristianos que, a lo largo de la historia, han creído que el amor de Dios es más fuerte que la violencia de los hombres.

Cuando pienso en su cautiverio, en su enfermedad, en la soledad del campo de concentración y del hospital, me sobrecoge imaginar cómo pudo mantenerse viva en él la esperanza. Y, sin embargo, precisamente ahí está para mí el núcleo de su grandeza espiritual: en haber seguido creyendo cuando todo parecía derrumbarse. Rezaba con un rosario improvisado de cuerda de esparto; soportaba el desprecio sin dejar que el odio entrara en su corazón; pedía tan solo que alguien escribiera a su madre para tranquilizarla. En medio del sufrimiento, no dejó de amar. Y eso, para un cristiano, es una forma altísima de testimonio.

También me conmueve profundamente el gesto de Aurora Álvarez, la joven enfermera que supo ver en él algo distinto. Ella escribió las cartas que él ya no podía redactar y evitó que su cuerpo terminara en una fosa común, logrando que recibiera sepultura digna en el cementerio de Torrero, en Zaragoza. En ese gesto descubro otra verdad del Evangelio: Dios suscita manos compasivas incluso en medio del dolor más oscuro. La caridad de Aurora no fue solo un acto humano de bondad; fue también, a mi entender, una respuesta providente a la dignidad irrepetible de una vida entregada a Dios.

No puedo olvidar que fueron Zaragoza y sus jóvenes quienes primero conservaron viva su memoria. Más tarde, esa luz regresó a Tomelloso, aunque tantas veces envuelta en el velo del anonimato. Años después, la inquietud despertó de nuevo a través de Blas Camacho, que sintió junto a la tumba de Ismael una llamada interior que compartió con otros. Yo creo firmemente que Dios obra así muchas veces: sembrando en el corazón humano una certeza, una moción, una invitación callada a custodiar aquello que el mundo deja a un lado. De esa experiencia nació un movimiento pequeño y frágil, sostenido no por el interés humano, sino por la fe.

A lo largo del tiempo, muchos se marcharon y otros nos quedamos. Esa realidad, lejos de desanimarme, me ha enseñado que las obras de Dios no siempre caminan acompañadas del éxito visible. A veces avanzan lentamente, sostenidas por unos pocos que oran, esperan y perseveran. Por eso sigo creyendo que mantener viva la Causa de Ismael no es solo una tarea histórica o devocional: es una forma concreta de servir a la Iglesia y de recordar al mundo que la santidad existe, que la fe puede vivirse hasta el extremo y que el amor a Cristo sigue siendo capaz de transformar una vida entera.

Para mí, Ismael no habla solo a Tomelloso, ni solo a quienes conocen su historia, ni solo a quienes participan en su Causa. Habla a todo cristiano. Habla al joven que busca sentido. Habla al creyente que se siente solo. Habla a quien sufre y se pregunta dónde está Dios. Habla a quien quiere ser fiel sin aplausos y amar sin condiciones. En su silencio, yo escucho una invitación clara: no devolver odio por odio, no renunciar a la oración, no perder la paz del alma, no dejar de confiar en el Señor, aunque la noche sea larga.

Su vida me recuerda que la verdadera grandeza no está en el poder ni en la violencia, sino en la humildad, en la entrega y en la capacidad de amar incluso en las circunstancias más oscuras. En una sociedad que con frecuencia olvida sus raíces espirituales, volver la mirada hacia Ismael es volver a preguntarnos por la autenticidad de nuestra fe. ¿Somos capaces de reconocer a Dios en lo pequeño? ¿Sabemos ver la santidad cuando no se reviste de grandeza humana? ¿Aceptamos que el Evangelio, vivido de verdad, nos llama siempre al amor, incluso cuando ese amor cuesta?

Yo creo que mantener viva la luz de Ismael es, en el fondo, mantener viva la luz del Evangelio en medio del mundo. Es recordar que la fe no es una idea abstracta, sino una forma de vivir y de morir. Es afirmar que el amor de Dios puede sostener a una persona en el dolor, en la humillación y en la soledad. Es aceptar que la santidad se construye, muchas veces, lejos de los focos, en el silencio de un corazón que no se aparta de Cristo. Por eso su memoria no debería mendigar amor ni atención: debería interpelarnos y despertarnos

Espero y deseo que no dejemos caer en el olvido su ejemplo. Espero que Tomelloso comprenda la grandeza espiritual de este hijo suyo. Y espero, sobre todo, que los creyentes aprendamos a mirar su vida en cada pueblo y parroquia de nuestra diócesis de Ciudad Real; de las diócesis de Zaragoza, de Madrid, de Teruel, de España y del cualquier lugar del mundo cristiano no solo como una historia del pasado, sino como una palabra viva para nuestro presente. Mientras tanto, seguiré rezando por su Causa y por ese milagro que llegará cuando Dios quiera. Porque la fe auténtica exige perseverancia, y porque estoy convencida de que la luz que nace de Dios nunca se apaga del todo.

 

Natividad Cepeda

Secretaria General de la Asociación para la Beatificación y Canonización del Venerable Ismael de Tomelloso

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