Hay vidas que no necesitan
estruendo para dejar huella. Hay testimonios que no se imponen por la fuerza de
la historia, sino por la profundidad de la fe con la que fueron vividos. Así
siento yo la figura del Venerable Ismael de Tomelloso: como una luz silenciosa
que sigue hablando al corazón de quien aún cree que Dios actúa en lo pequeño,
en lo oculto y en lo aparentemente insignificante. Su vida, lejos de pertenecer
solo a un lugar o a una circunstancia histórica concreta, me parece una llamada
universal a vivir el Evangelio con verdad, con humildad y con amor.
Muchas veces he pensado en
aquella palabra del Evangelio: «Nadie es profeta en su tierra». La he sentido
especialmente al contemplar la figura de Ismael, cuya memoria, a pesar del
reconocimiento de la Iglesia, no siempre ha sido acogida con la hondura que
merece en la tierra que lo vio nacer. Y, sin embargo, precisamente ahí descubro
una lección profundamente cristiana: Dios no necesita del brillo humano para
santificar una vida; le basta un alma fiel, un corazón entregado, una
existencia ofrecida en silencio
Cuando comenzamos los trámites
para abrir su Causa en 2006, llegaron personas interesadas, invitadas por Blas
Camacho Zancada. Muchas de ellas, con el tiempo, se fueron apartando con
excusas y pretextos. Aquello me hizo comprender que trabajar por una causa
espiritual rara vez concede prestigio social. Casi siempre se hace desde el
anonimato, desde la perseverancia, desde una fidelidad que no busca aplausos. Y
también me hizo ver que mantener viva la memoria de una vida santa exige más
que palabras: exige compromiso, oración y amor verdadero por la verdad que esa
vida encarna
Yo no contemplo a Ismael solo
como una figura admirable del pasado. Lo contemplo como un hermano en la fe,
como un joven cristiano que supo permanecer fiel a Dios cuando todo a su
alrededor invitaba al miedo, al odio y a la desesperanza. En él veo reflejada
esa santidad cotidiana de la que habla la Iglesia: la del que ama a Dios en lo
sencillo, la del que se entrega en la vida diaria, la del que hace de su propia
existencia una ofrenda silenciosa. Su testimonio me recuerda que la santidad no
está reservada a unos pocos elegidos por su relevancia ante el mundo, sino a
quienes, en medio de su fragilidad, responden con amor a la gracia de Dios.
Ismael era un joven normal,
profundamente vinculado a la vida parroquial, amante de la Eucaristía, de la
oración y del servicio a los demás. Esa normalidad me conmueve, porque en ella
descubro una verdad esencial para la vida cristiana: Dios se manifiesta también
en la sencillez de quienes le son fieles sin hacer ruido. Su adolescencia y su
juventud estuvieron marcadas por una vivencia concreta de la fe, por un
compromiso apostólico real y por una sensibilidad hacia los necesitados. Todo
ello convierte su vida en una catequesis viva sobre lo que significa seguir a
Cristo en medio del mundo.
La violencia de la guerra puso
a prueba esa fe. En el frente de Teruel, en medio del odio y de la crueldad,
Ismael eligió la paz. Esa decisión, que puede parecer incomprensible desde la
lógica del mundo, es para mí una de las expresiones más altas del Evangelio
vivido con radicalidad. No fue un héroe de armas, sino de espíritu. No eligió
imponerse, sino orar. No respondió al mal con más mal, sino con silencio, fe y
fidelidad. En su actitud veo el rostro de tantos cristianos que, a lo largo de
la historia, han creído que el amor de Dios es más fuerte que la violencia de
los hombres.
Cuando pienso en su
cautiverio, en su enfermedad, en la soledad del campo de concentración y del
hospital, me sobrecoge imaginar cómo pudo mantenerse viva en él la esperanza.
Y, sin embargo, precisamente ahí está para mí el núcleo de su grandeza espiritual:
en haber seguido creyendo cuando todo parecía derrumbarse. Rezaba con un
rosario improvisado de cuerda de esparto; soportaba el desprecio sin dejar que
el odio entrara en su corazón; pedía tan solo que alguien escribiera a su madre
para tranquilizarla. En medio del sufrimiento, no dejó de amar. Y eso, para un
cristiano, es una forma altísima de testimonio.
También me conmueve
profundamente el gesto de Aurora Álvarez, la joven enfermera que supo ver en él
algo distinto. Ella escribió las cartas que él ya no podía redactar y evitó que
su cuerpo terminara en una fosa común, logrando que recibiera sepultura digna
en el cementerio de Torrero, en Zaragoza. En ese gesto descubro otra verdad del
Evangelio: Dios suscita manos compasivas incluso en medio del dolor más oscuro.
La caridad de Aurora no fue solo un acto humano de bondad; fue también, a mi
entender, una respuesta providente a la dignidad irrepetible de una vida
entregada a Dios.
No puedo olvidar que fueron
Zaragoza y sus jóvenes quienes primero conservaron viva su memoria. Más tarde,
esa luz regresó a Tomelloso, aunque tantas veces envuelta en el velo del
anonimato. Años después, la inquietud despertó de nuevo a través de Blas Camacho,
que sintió junto a la tumba de Ismael una llamada interior que compartió con
otros. Yo creo firmemente que Dios obra así muchas veces: sembrando en el
corazón humano una certeza, una moción, una invitación callada a custodiar
aquello que el mundo deja a un lado. De esa experiencia nació un movimiento
pequeño y frágil, sostenido no por el interés humano, sino por la fe.
A lo largo del tiempo, muchos
se marcharon y otros nos quedamos. Esa realidad, lejos de desanimarme, me ha
enseñado que las obras de Dios no siempre caminan acompañadas del éxito
visible. A veces avanzan lentamente, sostenidas por unos pocos que oran, esperan
y perseveran. Por eso sigo creyendo que mantener viva la Causa de Ismael no es
solo una tarea histórica o devocional: es una forma concreta de servir a la
Iglesia y de recordar al mundo que la santidad existe, que la fe puede vivirse
hasta el extremo y que el amor a Cristo sigue siendo capaz de transformar una
vida entera.
Para mí, Ismael no habla solo
a Tomelloso, ni solo a quienes conocen su historia, ni solo a quienes
participan en su Causa. Habla a todo cristiano. Habla al joven que busca
sentido. Habla al creyente que se siente solo. Habla a quien sufre y se
pregunta dónde está Dios. Habla a quien quiere ser fiel sin aplausos y amar sin
condiciones. En su silencio, yo escucho una invitación clara: no devolver odio
por odio, no renunciar a la oración, no perder la paz del alma, no dejar de
confiar en el Señor, aunque la noche sea larga.
Su vida me recuerda que la
verdadera grandeza no está en el poder ni en la violencia, sino en la humildad,
en la entrega y en la capacidad de amar incluso en las circunstancias más
oscuras. En una sociedad que con frecuencia olvida sus raíces espirituales,
volver la mirada hacia Ismael es volver a preguntarnos por la autenticidad de
nuestra fe. ¿Somos capaces de reconocer a Dios en lo pequeño? ¿Sabemos ver la
santidad cuando no se reviste de grandeza humana? ¿Aceptamos que el Evangelio,
vivido de verdad, nos llama siempre al amor, incluso cuando ese amor cuesta?
Yo creo que mantener viva la
luz de Ismael es, en el fondo, mantener viva la luz del Evangelio en medio del
mundo. Es recordar que la fe no es una idea abstracta, sino una forma de vivir
y de morir. Es afirmar que el amor de Dios puede sostener a una persona en el
dolor, en la humillación y en la soledad. Es aceptar que la santidad se
construye, muchas veces, lejos de los focos, en el silencio de un corazón que
no se aparta de Cristo. Por eso su memoria no debería mendigar amor ni
atención: debería interpelarnos y despertarnos
Espero y deseo que no dejemos
caer en el olvido su ejemplo. Espero que Tomelloso comprenda la grandeza
espiritual de este hijo suyo. Y espero, sobre todo, que los creyentes
aprendamos a mirar su vida en cada pueblo y parroquia de nuestra diócesis de
Ciudad Real; de las diócesis de Zaragoza, de Madrid, de Teruel, de España y del
cualquier lugar del mundo cristiano no solo como una historia del pasado, sino
como una palabra viva para nuestro presente. Mientras tanto, seguiré rezando
por su Causa y por ese milagro que llegará cuando Dios quiera. Porque la fe
auténtica exige perseverancia, y porque estoy convencida de que la luz que nace
de Dios nunca se apaga del todo.
Natividad Cepeda
Secretaria General de la
Asociación para la Beatificación y Canonización del Venerable Ismael de
Tomelloso
{{comentario.contenido}}
Eliminar Comentario
"{{comentariohijo.contenido}}"
Eliminar Comentario
Jueves, 4 de Junio del 2026
Martes, 2 de Junio del 2026
Lunes, 1 de Junio del 2026
Jueves, 4 de Junio del 2026
Jueves, 4 de Junio del 2026