Opinión

La música de la siega

Juan Romero Gómez | Viernes, 5 de Junio del 2026
{{Imagen.Descripcion}}

Bajo el sol que abrasaba la llanura, cantaba el trigo al filo de la hoz; la tierra daba pan, daba la voz, y el hombre le entregaba su ternura. 

Hay fotografías que muestran un paisaje, y hay otras que guardan una vida entera. Esta podría parecer sólo un árbol junto a un camino, un campo dorado bajo el cielo limpio de la Mancha, el sol asomando entre las ramas como quienes nacimos entre estas tierras sabemos que aquí no hay silencio. Aquí siguen sonando las voces.

Donde hoy el trigo espera inmóvil bajo la luz, hubo un tiempo en que la mañana comenzaba antes que el alba. Los hombres y las mujeres caminaban hacia la mies con el fresco pegado a la piel y la esperanza atada al jornal. Iban despacio al principio, hablando poco, porque el trabajo era largo y el día prometía fuego. La hoz brillaba como una luna pequeña entre las manos curtidas. El trigo caía con un rumor dulce, casi como una canción. Mano tras mano tras surco, la tierra entregaba su tesoro. Y mientras el sol subía, también subía el cansancio, pero nadie aflojaba el paso.

En la cintura colgaban los ata eros, humildes compañeros de la jornada. Con ellos se iban formando los haces, dorados y redondos, como si el campo fuera escribiendo su propia historia sobre la tierra. Y en los dedos,  aquellos dediles de caña, sencillos y sabios, protegían la piel del corte traicionero. No era riqueza ni progreso; era ingenio, paciencia y necesidad.

La Mancha de entonces olía  a sudor limpio a pan recién ganado, a conversación compartida bajo una sombra escasa. Los niños aprendían mirando. Los mayores enseñaban sin discursos. La vida era dura, sí peo también tenía una música que hoy cuesta encontrar. Era el ritmo de las hoces, el crujido de la mies, el murmullo del viento entre las espigas y el eco lejano de una copla que alguien cantaba para hacer más corto el camino.

Después llegaron otros tiempos. Las máquinas ocuparon el lugar de las cuadrillas. El campo siguió dando fruto, pero muchos veces se fueron apagando. Sin embargo, cuando el verano vuelve a dorar los sembrados y el sol cae sobre los caminos blancos de polvo, los recuerdos regresan. Parecen esconderse entre las espigas, junto a los árboles solitarios que han visto pasar generaciones enteras. Y entonces comprendemos que la siega no era solo trabajo. Era una forma de vivir. Una manera de estar juntos. Un lenguaje hecho de esfuerzo, de dignidad y de esperanza.

Por que aún vuelve el recuerdo campesino, como una espiga dulce y  encendida que sigue madurando el destino.


74 usuarios han visto esta noticia
Comentarios

Debe Iniciar Sesión para comentar

{{userSocial.nombreUsuario}}
{{comentario.usuario.nombreUsuario}} - {{comentario.fechaAmigable}}

{{comentario.contenido}}

Eliminar Comentario

{{comentariohijo.usuario.nombreUsuario}} - {{comentariohijo.fechaAmigable}}

"{{comentariohijo.contenido}}"

Eliminar Comentario

Haga click para iniciar sesion con

facebook
Instagram
Google+
Twitter

Haga click para iniciar sesion con

facebook
Instagram
Google+
Twitter
  • {{obligatorio}}