La primera advertencia llegó días antes. Una Agencia para la
Regulación de Conductas Difusas comunicaba por escrito que este
periodista había sido identificado por “comportamientos no encajados dentro de
la normatividad vigente”. Entre las pruebas señalaba la agencia esa, el disfrute al colorear fuera de
la línea y la sospechosa costumbre de empezar las viviendas por el tejado. Si
las editoras de Anti Magazine supieran que los límites y la rutina son el
hábitat natural de quien esto escribe, quizá habrían enviado la citación a otro
domicilio. Pero la comparecencia era obligatoria, no había vuelta atrás.
Y es que el expediente ANT-MAG2026_LIMT003 convocaba a los
destinatarios por “conducta reiterada fuera de los límites establecidos” y
advertía de que el acto tendría carácter “presencial, sensorial y, si es
posible, irracional”. La invitación no mentía.
Los monos gestionan el acceso
Unas cuarenta personas esperaban en la acera de la sombra de
la calle Santa Catalina. Creadores, curiosos, habituales de la vida cultural
tomellosera y gentes de la farándula local compartían conversación y abanicos
frente a Casa África sin demasiadas pistas sobre lo que estaba a punto de
ocurrir.
Y entonces aparecieron los monos.
Silenciosos y solemnes, gestionaron el acceso con una
eficiencia preocupante. Nos requisaron los teléfonos, nos clasificaron como “mononeuronales”
y nos condujeron sin ver al interior. Hubo ruidos, espera e incertidumbre.
Después llegó un concierto tan extraño como sugerente. Los asientos resultaron
algo incómodos —y algunos, conviene decirlo, sorprendentemente frágiles—, a
esas alturas ya era evidente que la incomodidad no era un fallo de
producción. Era la propuesta.
Una herida abierta con cuidado
El tercer número de la publicación lleva por título Límites
y habría que entenderlo más como una invitación a ponerlos en duda que como un
manual para respetarlos. El editorial recuerda que buena parte de nuestra
existencia transcurre rodeada de fronteras —físicas, sociales, autoimpuestas— y
que muchas ni siquiera somos conscientes de haberlas aceptado. Hay algo
curioso en los límites, cuando consigues cruzar uno, descubres que detrás hay
otro. Y después otro más.
“No venimos a darte respuestas, si es lo que vienes
buscando. Venimos a abrir la herida con cuidado”, proclama el colectivo.
Una declaración de principios que atraviesa toda la publicación y que
reivindica el derecho a cuestionar lo establecido y a desconfiar de las
verdades heredadas. Porque, como advierten sus editoras, “una sola puerta no
basta”.
Una revista que ya tiene identidad propia
Si algo ha demostrado Anti Magazine desde su nacimiento es
que la independencia no está reñida con la excelencia formal. El tercer número
confirma una personalidad editorial perfectamente reconocible. La revista
exhibe un diseño cuidado hasta el último detalle, una maquetación
elegante y una dirección artística que muchas cabeceras profesionales querrían
para sí. Pero el continente no eclipsa al contenido.
Entre sus páginas conviven entrevistas con Ainhoa Morales,
Luis Fernández Coseda, Fabiola Espiga, Paco Clavel o Marta Movidas, reflexiones
sobre la racionalización de las emociones, un artículo que explora cómo
política y censura pueden convertirse en inesperadas besties,
ilustraciones y otras propuestas difíciles de clasificar. La explicación del
número llegó, además, en un esperanto impecable (bueno, el traductor de
Google dice que con algunas licencias gramaticales). Otro gesto coherente con
una revista empeñada en desmontar categorías demasiado rígidas y en
habitar, con naturalidad, los territorios fronterizos.
Un brindis por la desobediencia
La experiencia concluyó en el patio de Casa África, bajo la
exuberante parra que cobija el espacio, donde aguardaba un ágape tan
desconcertante como la propia ceremonia. Había algo de ready-made en
aquella disposición que habría hecho sonreír a Duchamp; destellos de la
extravagancia doméstica de Dalí; el instinto de Buñuel para
convertir una comida en territorio incómodo y subversivo; la extrañeza
cotidiana de Meret Oppenheim, capaz de volver inexplicable el objeto más
familiar; la precisión con que Remedios Varo transformaba
cualquier gesto doméstico en el umbral de otra dimensión; y el humor mudo y
anárquico de Harpo Marx, siempre dispuesto a desmontar cualquier
convención. Más que un simple refrigerio, fue la última escena, a la que
Gobi puso la música, de una propuesta que no sabe —o quizá no quiere— bajarse
del escenario.
En tiempos empeñados en convertirlo todo en utilidad,
productividad o respuesta inmediata, Anti Magazine reivindica la curiosidad, la
pausa y el derecho a perderse.
Un proyecto coral con sello propio
Detrás de Anti Magazine hay un equipo pequeño, pero
con una identidad creativa muy definida. Lorena Navarro asume la
dirección editorial de una publicación cuya dirección de arte y diseño recae en
Alba Madrigal y Lucía Martín-Consuegra, responsables también de
buena parte de la personalidad visual que distingue a la revista. La propia Anti
Magazine firma la edición y maquetación, mientras que la ilustración corre
a cargo de Ligia Gomadri y Alicia Martín-Consuegra. El apartado
fotográfico reúne las miradas de Alicia Portillo, Lorena Navarro y Ángeles
Huertas, y la redacción cuenta con la participación de Alba García
Pascual. Un trabajo colectivo impreso que demuestra que, detrás de cada
número, hay mucho más que una revista sino una forma compartida de mirar el
mundo y de cuestionar sus límites.
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Lunes, 20 de Julio del 2026
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