La Voz en reflexión

La valentía de ser uno mismo

Francisco Navarro | Jueves, 25 de Junio del 2026
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El pasado fin de semana Tomelloso acogió la tercera edición de Lindes, el Festival de Cine LGTBIQ+ que convierte nuestra ciudad en un espacio de encuentro, cultura y diversidad. Y uno, en algún momento de esas dos jornadas, no pudo evitar pensar en quienes no tuvieron la suerte de vivir estos tiempos.

Me acordé de los que crecieron sabiendo que decir quién eran podía costarles la tranquilidad, el trabajo o el respeto. De quienes aprendieron, casi como instinto de supervivencia, que había sentimientos que debían esconderse. En los setenta, en los ochenta, incluso en los noventa, ser diferente a lo que la sociedad esperaba de ti no era una cuestión de identidad: era un riesgo. Antes era todavía peor.

Hoy hablamos de diversidad con naturalidad. Hay banderas arcoíris en edificios públicos, festivales que reivindican la memoria del colectivo y jóvenes que viven su identidad con una libertad impensable hace apenas unas décadas. Pero nada de eso apareció de la noche a la mañana. Detrás de cada avance hay personas que cargaron con el peso de la incomprensión para que otros pudieran caminar después con menos miedo.

Es difícil explicarle a quien ha nacido en el siglo XXI lo que suponía ser diferente en un pueblo manchego en aquellos años. Que mostrar afecto hacia quien amabas podía convertirse en motivo de burla o de escándalo. No hablo de una realidad lejana ni abstracta. Hablo de Tomelloso. De estas calles. De estas plazas. De estos bares.

Y se me viene a la cabeza, como seguro que a muchos de quienes me leen, Pepe Torres. Cuando regresó a principios de los ochenta, trajo consigo una manera distinta de entender la vida: más abierta, más libre, más valiente. Su bar, la Pantera Rosa, acabó siendo algo mucho más importante que un local de ocio. Fue un espacio donde la diferencia dejaba de ser un problema, donde la convivencia demostraba que los prejuicios no eran inevitables. A pesar de las incomprensiones, los boicots y los ataques injustificados, la Pantera fue un lugar revolucionario precisamente porque acogía a todo el mundo. Y esa convivencia cotidiana fue desmontando, ladrillo a ladrillo, estereotipos que parecían inamovibles.

Parafraseando a Galeano, la libertad suele avanzar así: sin grandes discursos, con encuentros aparentemente normales que acaban cambiando la mirada de una sociedad. Junto a Torres, otros como Pepe Carretero, Dionisio Cañas, Marcelo Grande o más recientemente, Lucía Martínez, ayudaron, desde el arte o simplemente desde su manera de estar en el mundo, a ampliar nuestros horizontes.

Y con ellos, todos los que nunca alcanzaron notoriedad: las mujeres que amaron en silencio cuando apenas existían referentes femeninos, quienes tuvieron que aguantar bromas ofensivas fingiendo una sonrisa, quienes se sintieron solos y pensaron que jamás serían aceptados.

La historia de la diversidad en Tomelloso está tejida, también, de historias anónimas.

Y hemos llegado lejos. Mucho más lejos de lo que a veces reconocemos. No vivimos en una sociedad perfecta —siguen existiendo prejuicios, siguen apareciendo discursos excluyentes, siguen quedando batallas por librar— pero sería injusto no reconocer la enorme transformación que ha experimentado esta ciudad. Tomelloso ya no es aquel lugar donde había personas que sentían que debían ocultarse para encajar.

Eso también es un logro colectivo. Y merece ser nombrado.

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