El pasado fin de semana Tomelloso acogió la tercera edición
de Lindes, el Festival de Cine LGTBIQ+ que convierte nuestra ciudad en un
espacio de encuentro, cultura y diversidad. Y uno, en algún momento de esas dos
jornadas, no pudo evitar pensar en quienes no tuvieron la suerte de vivir estos
tiempos.
Me acordé de los que crecieron sabiendo que decir quién eran
podía costarles la tranquilidad, el trabajo o el respeto. De quienes
aprendieron, casi como instinto de supervivencia, que había sentimientos que
debían esconderse. En los setenta, en los ochenta, incluso en los noventa, ser
diferente a lo que la sociedad esperaba de ti no era una cuestión de identidad:
era un riesgo. Antes era todavía peor.
Hoy hablamos de diversidad con naturalidad. Hay banderas
arcoíris en edificios públicos, festivales que reivindican la memoria del
colectivo y jóvenes que viven su identidad con una libertad impensable hace
apenas unas décadas. Pero nada de eso apareció de la noche a la mañana. Detrás
de cada avance hay personas que cargaron con el peso de la incomprensión para
que otros pudieran caminar después con menos miedo.
Es difícil explicarle a quien ha nacido en el siglo XXI lo
que suponía ser diferente en un pueblo manchego en aquellos años. Que mostrar
afecto hacia quien amabas podía convertirse en motivo de burla o de escándalo.
No hablo de una realidad lejana ni abstracta. Hablo de Tomelloso. De estas
calles. De estas plazas. De estos bares.
Y se me viene a la cabeza, como seguro que a muchos de
quienes me leen, Pepe Torres. Cuando regresó a principios de los ochenta, trajo
consigo una manera distinta de entender la vida: más abierta, más libre, más
valiente. Su bar, la Pantera Rosa, acabó siendo algo mucho más importante que
un local de ocio. Fue un espacio donde la diferencia dejaba de ser un problema,
donde la convivencia demostraba que los prejuicios no eran inevitables. A pesar
de las incomprensiones, los boicots y los ataques injustificados, la Pantera
fue un lugar revolucionario precisamente porque acogía a todo el mundo. Y esa
convivencia cotidiana fue desmontando, ladrillo a ladrillo, estereotipos que
parecían inamovibles.
Parafraseando a Galeano, la libertad suele avanzar así: sin
grandes discursos, con encuentros aparentemente normales que acaban cambiando
la mirada de una sociedad. Junto a Torres, otros como Pepe Carretero, Dionisio
Cañas, Marcelo Grande o más recientemente, Lucía Martínez, ayudaron, desde el
arte o simplemente desde su manera de estar en el mundo, a ampliar nuestros
horizontes.
Y con ellos, todos los que nunca alcanzaron notoriedad: las
mujeres que amaron en silencio cuando apenas existían referentes femeninos,
quienes tuvieron que aguantar bromas ofensivas fingiendo una sonrisa, quienes
se sintieron solos y pensaron que jamás serían aceptados.
La historia de la diversidad en Tomelloso está tejida, también,
de historias anónimas.
Y hemos llegado lejos. Mucho más lejos de lo que a veces
reconocemos. No vivimos en una sociedad perfecta —siguen existiendo prejuicios,
siguen apareciendo discursos excluyentes, siguen quedando batallas por librar—
pero sería injusto no reconocer la enorme transformación que ha experimentado
esta ciudad. Tomelloso ya no es aquel lugar donde había personas que sentían
que debían ocultarse para encajar.
Eso también es un logro colectivo. Y merece ser nombrado.
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