En Padrón, la villa donde conviven la memoria de
Rosalía de Castro, Camilo José Cela y la leyenda de Macías el Enamorado, María
José Lorenzo atiende la llamada de La Voz de Tomelloso. No es casual
que haya sido ella quien haya puesto negro sobre blanco la vida de Ruphert.
María José Lorenzo lleva cuatro décadas ejerciendo el
periodismo y ha dedicado buena parte de su carrera a entrevistar y
biografiar a algunos de los personajes más conocidos de la vida pública
española. Tras publicar varios libros sobre miembros de la Familia Real,
Isabel Pantoja o la novela Zapatones, el eterno peregrino,
firma ahora Ruphert, te necesito, las memorias noveladas del
tomellosero al que Fellini calificó como “el mejor peluquero del mundo”.
Era un artista y un soñador
Antes incluso de hablar de Ruphert surge otro nombre,
el de José Luis Cuerda. El director de Amanece, que no es poco terminó
encontrando refugio en Galicia y un día le confesó a este periodista que
gallegos y manchegos se parecían mucho más de lo que solemos pensar. «Vivimos
entre la realidad y la fantasía», venía a decir. Lorenzo no tarda ni un segundo
en darle la razón. «Totalmente», responde entre risas. Y enseguida
encuentra el mejor ejemplo posible. «Ruphert llegó donde llegó porque era un
artista y un soñador».
La frase sirve de puerta de entrada a una conversación de
algo más de media hora que, en realidad, acaba siendo un viaje por la vida de Ruperto
Burillo Ortega, el niño que salió de Tomelloso con un sueño tan grande que
terminó peinando a reyes, artistas, aristócratas y estrellas del cine.
Pero María José Lorenzo insiste desde el principio en
separar al personaje del hombre.
Ella conoció al mediático Ruphert cuando trabajaba en la
prensa del corazón. Eran los años en los que aparecía con frecuencia en
televisión, organizaba fiestas multitudinarias y parecía estar siempre al lado
de algún famoso. «Trataba muy bien a los periodistas», recuerda. «Era
muy accesible y entendía perfectamente la importancia de los medios de
comunicación».
Con el paso del tiempo dejaron de verse hasta que la
pandemia volvió a cruzar sus caminos. Recuperaron el contacto y empezaron a
hablar prácticamente todos los días. Aquellas conversaciones fueron mucho más
allá de una simple amistad. «Descubrí un Ruphert maravilloso. Protector. Muy
cariñoso», resume.
Ese fue el hombre que acabó confiándole sus memorias.
Porque, según explica la periodista gallega, el peluquero
manejaba como pocos la diferencia entre la vida pública y la privada. Sabía
promocionarse, generar titulares y convertir su nombre en una marca, pero jamás
utilizó los platós para airear intimidades. «Él siempre hablaba de
peluquería. Nunca iba a contar sus miserias», explica.
De hecho, sostiene que muchas veces se ha contado su
historia al revés. En España lo recordamos por aquellos anuncios de televisión
en los que Victoria Abril pronunciaba el famoso «Ruphert, te necesito»,
por las revistas del corazón o por sus apariciones televisivas. Sin embargo,
cuando regresó a nuestro país era prácticamente un desconocido.
Su carrera empezó mucho antes y mucho más lejos. En Buenos
Aires.
Allí, de la mano de Guillermo Blanco, su pareja por entonces
y productor de televisión, comenzó a hacerse un nombre en los programas más
populares del momento. Fue allí donde entendió que un buen peluquero también
necesitaba saber comunicar quién era.
Pero para entender todo eso hay que volver mucho más atrás.
Un soñador con billete a Madrid
Hay que regresar a Tomelloso. A la peluquería de sus tíos. A
un niño que apenas levantaba unos palmos del suelo y que, con seis años, ya
barría pelos mientras aprendía el oficio mirando a los mayores. «Allí empezó
todo», explica Lorenzo.
Aquella peluquería unisex, instalada en la casa
familiar, fue su primera escuela. Mientras otros niños jugaban en la calle, él
descubría el olor de las colonias, las tijeras, los secadores y el ir y venir
de las clientas. También empezó allí a ahorrar. Guardaba en una cajita las
pequeñas propinas que iba reuniendo. No era por capricho. Tenía un objetivo. Madrid.
La capital se convirtió muy pronto en una obsesión.
Según contaba el propio Ruphert, en más de una ocasión
consiguió subir al autobús que iba de Tomelloso a Madrid para descubrir aquella
ciudad que tanto le fascinaba. «Llegaba a Atocha y echaba a andar»,
recuerda la autora.
Se perdía por el centro, contemplaba escaparates, tiendas de
tejidos, sombreros, botones y perfumes. Había algo que siempre evocaba con una
sonrisa, el olor del chocolate, del café y de los churros. Para un niño
criado en la España de la posguerra aquello era otro mundo.
Y hubo otro descubrimiento que terminaría marcando su destino. La peluquería de Henry Colomer. Aquellos grandes salones de belleza lo deslumbraron. Fue entonces cuando empezó a repetirse que algún día él también estaría entre los mejores. María José Lorenzo cree que aquella determinación explica buena parte de su trayectoria. «Desde muy pequeño tenía claro que quería ser el número uno.»
En aquellos primeros años aparece también un nombre que
terminaría siendo fundamental en su vida. Sara Montiel. O, mejor dicho,
las primas de Sara Montiel. Acudían con frecuencia a la peluquería familiar y
llenaban el local de historias sobre la actriz más internacional de la época.
Las clientas escuchaban fascinadas y el pequeño Ruperto también. «Aquellas
mujeres hablaban de Sara como si perteneciera a otro mundo», recuerda
Lorenzo. Quizá fue entonces cuando comprendió que detrás de aquellas figuras
inalcanzables seguían existiendo personas de carne y hueso.
Con apenas catorce o quince años hizo definitivamente las
maletas. Dejó Tomelloso con muy poco dinero, algunos ahorros y el apoyo de sus
padres. Madrid era la siguiente estación. Y también el primer examen de verdad.
La suerte quiso que encontrara trabajo en la peluquería de
la esposa de Alfredo Di Stéfano. No siempre fue una relación fácil,
admite María José Lorenzo, pero aquel empleo le abrió unas puertas que hasta
entonces parecían cerradas. Por allí empezaban a pasar actrices, cantantes y
personajes conocidos. Él aprendía deprisa y, sobre todo, observaba. Y, sobre
todo, era un agradecido.
La autora insiste varias veces en esa idea. En el libro,
explica, Ruphert menciona una y otra vez a las personas que le tendieron la
mano. Nunca olvidó a quienes le dieron una oportunidad cuando todavía
era un muchacho manchego que soñaba con hacerse un nombre entre peines y
tijeras. Y entonces apareció el amor. Un amor que cambiaría definitivamente su
vida.
Buenos Aires cambió su destino
Con poco más de veinte años cruzó el Atlántico rumbo a
Argentina para empezar una nueva etapa junto a Guillermo Blanco. María José
Lorenzo sonríe cuando se le comenta que, al fin y al cabo, también fue un
emigrante. «Sí», responde. «Pero un emigrante de lujo. Se fue por amor.»
Y Buenos Aires terminaría convirtiéndose en el escenario
donde Ruphert dejó de ser aquel joven peluquero de Tomelloso para empezar a
convertirse, poco a poco, en una leyenda.
El salto a Buenos Aires fue mucho más que un cambio de
continente. Allí empezó a construirse el Ruphert que después conocería medio
mundo. Su pareja, Guillermo Blanco, se movía con soltura en el ambiente
televisivo y supo abrirle puertas. Poco a poco, el peluquero tomellosero fue
entrando en los programas más populares, relacionándose con productores,
artistas y presentadores hasta convertirse en un nombre imprescindible.
«Cuando llegó a España apenas lo conocía nadie»,
recuerda María José Lorenzo. «Su historia en televisión empezó realmente en
Argentina». Desde allí viajaba con frecuencia a Nueva York, otra ciudad de
la que hablaba con auténtica pasión. Aquellas dos orillas del Atlántico
terminaron siendo su casa durante muchos años.
En esa etapa comenzaron a desfilar por sus manos algunos de
los nombres más importantes del espectáculo internacional. Josephine Baker
ocupa un lugar especial en el libro. «Cuando la contrataban para actuar en
Sudamérica quería que Ruphert viajara con ella», explica la periodista. La
legendaria artista confiaba plenamente en él para preparar sus pelucas y su
complicada imagen escénica. «Aquello le permitió ganar mucho dinero, pero
sobre todo aprender de una mujer extraordinaria».
Sin embargo, cuando se le pregunta por las grandes figuras que conoció, María José Lorenzo prefiere no convertir el libro en un simple desfile de celebridades. Es verdad que por sus páginas aparecen Federico Fellini y Giulietta Masina, Grace Kelly, Carolina y Estefanía de Mónaco, Lucía Bosé, Miguel Bosé, Romy Schneider, Helmut Berger, doña Pilar de Borbón, la infanta Elena, Isabel Sartorius y decenas de nombres más, pero insiste en que lo importante no es la lista, sino las historias que hay detrás de cada encuentro. «Él siempre me las contaba desde el lado humano», comenta.

Detrás del peluquero de las estrellas
Entre esas historias hay una que la autora apenas quiere
desvelar. Tiene como protagonista a la marquesa de Romanones y un misterioso
robo de joyas ocurrido en la peluquería. Sonríe, pero se resiste a dar más
detalles. «Ese capítulo hay que leerlo», dice.
No faltan tampoco los episodios en los que la Historia, con
mayúsculas, se cruza en el camino de Ruphert. María José Lorenzo nos explica
que el peluquero había escapado de dos dictaduras.
Durante los últimos años en Argentina peinaba a María
Estela Martínez de Perón, que quería proyectar una imagen inspirada en Eva
Perón. El clima político era cada vez más inquietante y fue la madre de Rocío
Jurado quien le aconsejó regresar a España antes de que la situación
empeorara. «Le dijo: "Vienen malos tiempos, márchate"»,
recuerda. Lo hizo. Regresó en 1974 y apenas un año después fallecía Franco. «Se
libró de las dos dictaduras», resume la periodista.
A partir de ahí comenzó una nueva conquista. Había que
hacerse un nombre en España. Y Ruphert volvió a demostrar que, además de un
extraordinario peluquero, tenía un instinto especial para la comunicación.
Organizó una gran fiesta en Madrid, nos cuenta la autora.
Acudieron políticos, periodistas, aristócratas, artistas y buena parte de la
sociedad de la época. Los medios fueron tratados como invitados, no como
simples cronistas. Al día siguiente todo el mundo hablaba de él.
Después llegaron los anuncios, las revistas, la televisión y
aquella frase que terminó convirtiéndose en parte del imaginario popular: «Ruphert,
te necesito».
Pero mientras su fama crecía, había algo que permanecía
inalterable. Tomelloso.
El tomellosero que conquistó el mundo
Cuando se le pregunta si Ruphert se sintió reconocido por
sus paisanos, María José Lorenzo no duda ni un instante. «Muchísimo.»
Recuerda que fue el primer Viñador de Honor de la
ciudad y que siempre disfrutaba cuando regresaba al pueblo y se encontraba con
quienes todavía recordaban al chiquillo que había empezado en la peluquería
familiar. «Si había un lugar del que estaba orgulloso era Tomelloso»,
afirma con rotundidad.
Ese cariño por sus raíces también explica uno de sus últimos
proyectos. Había pensado construir un gran mausoleo familiar en el cementerio
de Tomelloso. La pandemia, cuenta Lorenzo, lo hizo cambiar de perspectiva.
Renunció a la grandiosidad y buscó algo mucho más sencillo. Solo quería reunir
a los suyos. Especialmente a una hermana que murió siendo un bebé y cuyos
restos nunca pudieron recuperarse. Son recuerdos que siguen emocionando a la
autora.
Como el episodio de la muerte de su padre. Aquella noche
estaba en Buenos Aires. Mientras regresaba a casa vio un reloj como el de su
padre en un escaparate y fugazmente la imagen de su progenitor. Poco después
sonó el teléfono. Acababa de fallecer en Tomelloso. «Cuando lees ese pasaje
es imposible no emocionarse», confiesa.
No oculta que terminar el libro fue también una prueba
personal. Ruphert alcanzó a leer el manuscrito, aunque todavía quedaba trabajo
de revisión. La muerte del peluquero dejó el proyecto suspendido durante meses.
Además, María José Lorenzo sufrió una fractura vertebral que le impedía incluso
permanecer sentada para escribir. «Necesité tiempo para terminarlo»,
admite.
Habla de él con el cariño de quien perdió a un amigo. «Me
dejó muy huérfana», reconoce. «Era una persona muy intuitiva. Si te decía
que tuvieras cuidado con alguien, lo mejor era hacerle caso».
También reivindica la figura de Ruphert como alguien que
vivió con absoluta naturalidad su orientación sexual en una época nada fácil.
«Nunca hizo bandera de ello, pero tampoco se escondió. Fue un hombre libre».
Antes de despedirse vuelve, una vez más, a Tomelloso. No es
casual. Está convencida de que la ciudad todavía tiene una deuda pendiente con
uno de sus vecinos más universales. «Yo creo que Tomelloso le debe un
homenaje. Le debe un museo. Llevó el nombre de su pueblo por medio mundo y
nunca dejó de sentirse de aquí.»
Quizá por eso Ruphert te necesito no sea únicamente
el relato de un peluquero célebre. Es, sobre todo, la historia de un niño de
la posguerra que aprendió el oficio barriendo una peluquería, persiguió un
sueño contra todo pronóstico y, después de recorrer el mundo, nunca dejó de
mirar de reojo hacia la tierra donde todo empezó.
Porque detrás del personaje seguía viviendo Ruperto Burillo Ortega. Y ese, concluye María José Lorenzo, jamás dejó de ser el chico de Tomelloso.
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