Solo cien universitarios de España y Portugal lo han
conseguido. Entre ellos está la tomellosera Amparo Jareño García (1999),
que es una de las seleccionadas en la convocatoria 2025 de las becas de
posgrado en el extranjero de la Fundación "La Caixa", uno de los
programas de excelencia académica más prestigiosos de Europa.
Graduada con el mejor expediente de su promoción en el doble
grado de Matemáticas y Estadística de la Universidad de Sevilla, tras su
paso por el Banco Central Europeo cursa un Máster en Matemáticas y
Finanzas en el Imperial College London, una institución de referencia
internacional —ha sido reconocida la segunda mejor universidad del mundo por
tercer caño consecutivo— por cuyas aulas han pasado 14 premios Nobel y dos
medallistas Fields, el mayor reconocimiento mundial en el ámbito de las
matemáticas.
Sin embargo, basta conectar con ella por
videoconferencia, durante una pausa para el almuerzo, para que ese brillante
currículo quede en un segundo plano. Amparo atiende a La Voz de
Tomelloso con la misma naturalidad con la que habla de ecuaciones
diferenciales, modelos financieros o inteligencia artificial. No esquiva
ninguna pregunta, no presume de sus logros y responde con una humildad y una
precisión que llaman la atención. La conversación transcurre entre
conceptos matemáticos, términos financieros en inglés y nombres de economistas
de prestigio internacional, pero siempre acabamos regresando a Tomelloso.
Allí descubrió su pasión por las matemáticas, aprendió el valor del esfuerzo y
encontró a los profesores que la animaron a creer que los sueños, por
ambiciosos que parezcan, también pueden estar al alcance de quien trabaja por
ellos.
—Solo cien estudiantes de España y Portugal han
conseguido una de las becas de La Caixa. ¿Qué sintió cuando recibió la llamada?
—Lo primero fue una alegría inmensa. Pero, sobre todo, mucho
agradecimiento. Una beca como esta nunca la consigue una persona sola. Detrás
hay profesores que escriben cartas de recomendación, personas que confían en ti
y mucha gente que te acompaña durante el camino. También supone una gran
responsabilidad, porque la Fundación está apostando por ti y quieres estar a la
altura. Sinceramente, nunca pensé que pudiera conseguirla. Sabía que era una
convocatoria muy competitiva y la veía casi inalcanzable.
—La entrega estuvo presidida por el rey Felipe VI. ¿Cómo
vivió ese momento?
—Fue muy especial. Sabía que era un acto importante, pero
vivirlo allí fue diferente. Además del Rey, pudimos conocer al resto de
becarios, al presidente de la Fundación, Isidro Fainé, al ministro de Hacienda,
Arcadi España, y a muchas personas vinculadas al programa. Uno de los aspectos
que más valoro es precisamente esa comunidad que crea La Caixa entre todos los
becarios.
—En su discurso, Felipe VI habló de las raíces.
—Sí, y hubo una idea que me gustó mucho la de que, vayamos donde vayamos, siempre llevaremos el sello de España. Estoy completamente de acuerdo. Yo añadiría que también llevamos el sello de nuestro pueblo. Para mí, Tomelloso representa el esfuerzo y la solidaridad. Son valores con los que he crecido y que intento mantener siempre presentes. Estoy muy orgullosa de ser de Tomelloso y de ser española.
—¿Qué parte de la persona que hoy es nació aquí?
—Creo que casi toda. La infancia es donde uno empieza a
formarse como persona. Estudié en el colegio San José de Calasanz, en el
Conservatorio y después en el Instituto Eladio Cabañero, donde tuve la suerte
de encontrar profesores que despertaron mi curiosidad y me animaron a seguir
aprendiendo. Siempre digo que han sido fundamentales en mi recorrido.
Además, hay una anécdota curiosa. Javier Navarro, el
actual alcalde de Tomelloso, también fue profesor mío de Matemáticas. Siempre
ha transmitido esta disciplina con muchísima pasión y, la verdad, me hace
gracia pensar que tenemos un alcalde matemático.
—¿Recuerda cuándo empezaron a gustarle las matemáticas?
—Desde muy pequeña. Recuerdo estar en Primaria resolviendo
problemas en la pizarra y disfrutándolo muchísimo. En el instituto seguían
siendo la asignatura que más me gustaba, aunque creo que por un motivo distinto
al que mucha gente imagina. No era hacer cuentas; era resolver problemas.
—Todavía existe el tópico de que estudiar Matemáticas es
estudiar para ser profesor.
—Sí, y me da un poco de coraje cuando me lo preguntan. La
enseñanza me parece una profesión maravillosa, pero estudiar Matemáticas abre
muchísimas más puertas de las que la gente imagina. Hay matemáticos trabajando
en inteligencia artificial, medicina, finanzas, logística, investigación o
economía. Prácticamente están presentes en cualquier ámbito.
—¿Son muy diferentes las Matemáticas del instituto y las
de la universidad?
—Muchísimo. En el instituto aprendemos procedimientos; en la
universidad entiendes por qué funcionan. Empiezas a demostrar teoremas, a
construir razonamientos y descubres una parte mucho más creativa y abstracta de
las matemáticas.
—¿Creativa?
—Muchísimo. Creo que es una de las disciplinas más creativas
que existen. Cuando la gente piensa en matemáticas imagina números, pero las
matemáticas no son solo números; son una forma de pensar. Durante la carrera
casi nunca trabajaba con ellos, sino con demostraciones, letras e ideas
abstractas. Te enfrentas a un problema y nadie te dice cuál es el camino para
resolverlo. Tienes que encontrarlo tú. Esa es la parte que más me apasiona.
—¿Y la Estadística? Todos creemos saber lo que es, sobre
todo por cómo aparece en los medios de comunicación, pero imagino que es mucho
más que eso.
—Sí. De hecho, muchas veces apenas se llega a explicar en el
instituto porque suele quedarse al final del temario. Sin embargo, vivimos
rodeados de datos. La estadística permite convertir esos datos en información
útil para tomar decisiones. Está presente en la medicina, la economía, la
investigación científica, las finanzas o la inteligencia artificial.
—Precisamente vivimos un momento en el que todo gira
alrededor de la inteligencia artificial.
—Y muchas veces olvidamos que la inteligencia artificial es,
en esencia, matemáticas y estadística. Cuando hablamos de procesamiento del
lenguaje, reconocimiento de imágenes o modelos predictivos, detrás siempre hay
modelos matemáticos. La tecnología puede parecer magia, pero detrás hay muchas
personas desarrollando algoritmos y resolviendo problemas matemáticos.
—Hizo la carrera en Sevilla, ¿no es así?
—Sí. Me fui allí porque era la única universidad española
que ofrecía el doble grado de Matemáticas y Estadística. Además, tanto Sevilla
como Granada tienen una tradición matemática extraordinaria, aunque quizá no
siempre reciban el reconocimiento que merecen.
—Más tarde llegó el Erasmus en la Universidad de Warwick.
—Sí, y fue un punto de inflexión. Allí cursé asignaturas de
Matemáticas Financieras, Aprendizaje Automático y Estadística Bayesiana. Fue
entonces cuando descubrí que detrás del mundo financiero había mucha más
matemática de la que imaginaba.
Recuerdo además una anécdota muy bonita. Durante aquel Erasmus visité Londres y pasé por delante del Imperial College. Pensé: «Ojalá pudiera estudiar algún día aquí». Fue un pensamiento que quedó ahí, casi como un sueño imposible. Hoy entro cada mañana por ese mismo campus y, muchas veces, me acuerdo de aquel paseo y sonrío.
—Después llegó el Banco Central Europeo. ¿Qué supuso ese
salto de la universidad al mundo profesional?
—Fue un cambio enorme. Cuando llegué a Fráncfort tenía una
base matemática muy sólida, pero me di cuenta de que aún me faltaba comprender
muchas cosas del funcionamiento real del sistema financiero. Recuerdo
perfectamente que no sabía lo que era un bono. Ahí entendí que la
universidad te enseña una forma de pensar, pero luego toca seguir aprendiendo.
Primero trabajé en el departamento de Gestión de Riesgos del
Eurosistema, donde analizábamos cómo proteger al Banco Central Europeo frente a
posibles pérdidas cuando presta dinero a las entidades financieras. Después
pasé al área de Desarrollo de Aplicaciones Informáticas, mejorando las
herramientas que utilizan los supervisores bancarios europeos. Son trabajos
poco visibles, pero fundamentales para que el sistema funcione.
—Da la impresión de que las matemáticas están detrás de
casi todo.
—En realidad, lo están. Desde una ruta de Google Maps hasta
un modelo de inteligencia artificial o la gestión del riesgo financiero, detrás
siempre hay matemáticas y estadística. Lo importante es entender que los
modelos ayudan a tomar decisiones, pero nunca sustituyen el criterio de las
personas.
—¿Fue entonces cuando decidió orientar definitivamente su
carrera hacia las finanzas cuantitativas?
—Sí. Siempre me había interesado la economía y, durante mi
estancia en Warwick, descubrí que podía unir ese interés con las matemáticas.
Me sorprendió comprobar la enorme teoría matemática que hay detrás de la
valoración de activos o de la gestión del riesgo. Fue entonces cuando pensé que
ese era un ámbito en el que podía aportar.
—Después de estudiar en España y en dos universidades
británicas de referencia, ¿qué diferencias aprecia entre ambos sistemas?
—Creo sinceramente que en España tenemos una educación
universitaria de muchísima calidad. El nivel académico y la exigencia son muy
altos y, en ese sentido, no creo que exista una gran diferencia con Reino
Unido. Donde sí veo una ventaja importante es en todo lo que rodea a la
universidad. En Reino Unido existe un ecosistema muy potente de empresas,
becas, competiciones, conferencias y programas dirigidos a estudiantes. Estás
continuamente descubriendo oportunidades para crecer tanto académica como
profesionalmente.
El primer paso muchas veces no es ser el mejor; es saber
que esa oportunidad existe. Cuando la conoces puedes prepararte e
intentarlo. En España tenemos muchísimo talento; quizá lo que nos falta es dar
más visibilidad a esas oportunidades desde edades más tempranas. Una beca, unas
prácticas o un programa pueden cambiar el rumbo de una carrera. Por eso creo
que también tenemos la responsabilidad de compartir esa información con quienes
vienen detrás.
—Ahora está cursando un máster en una de las
universidades más prestigiosas del mundo. ¿Cómo está siendo la experiencia?
—Muy intensa. El primer cuatrimestre fue especialmente
exigente. Imperial tiene un nivel académico muy alto y un ritmo de trabajo que
también lo es. Pero precisamente por eso aprendes tanto. Cada reto te obliga a
salir de tu zona de confort y acabas creciendo mucho, tanto en lo académico
como en lo personal.
—También ha conseguido unas prácticas en Rothesay, la
mayor aseguradora especializada en pensiones del Reino Unido, con más de 73.500
millones de libras en activos bajo gestión, nada menos…
—Sí, y conseguirlas tampoco fue sencillo. Muchas veces la
gente ve el currículum y piensa que todo ha sido fácil, pero el mercado laboral
en Londres es extremadamente competitivo. Hay muchísimos candidatos muy
preparados para muy pocas plazas y, además, la inteligencia artificial está
cambiando muchos puestos de entrada. Conseguir una oportunidad exige
preparación, paciencia y aceptar que las cosas no siempre salen a la primera.
—¿Ha habido momentos de dificultad?
—Claro. Pero más que hablar de fracasos, prefiero hablar de
aprendizaje. Hay procesos de selección que no salen como esperabas, entrevistas
que no van bien o decisiones que, con el tiempo, habrías tomado de otra manera.
Todo eso forma parte del camino. Creo que en España todavía vivimos el error
como un fracaso, mientras que en otros países se entiende con más naturalidad
como una oportunidad para aprender. Aunque confieso que, para mí, lo más difícil
ha sido tomar esas decisiones que van construyendo el futuro. Por ejemplo,
dónde estudiar, cuándo cursar un máster, irme a Alemania…
—Las carreras STEM y el sector financiero siguen estando
bastante masculinizados. ¿Ha sentido alguna vez que tenía que demostrar más por
ser mujer?
—Personalmente no. De hecho, en mi doble grado en Sevilla
éramos más chicas que chicos, algo que sorprendía a mucha gente. Sí es cierto
que después, en algunos equipos del Banco Central Europeo o ahora en el sector
financiero, había muy pocas mujeres. Recuerdo que una responsable del BCE me
comentó que era la primera mujer que incorporaban al departamento en bastante
tiempo. Pero siempre he intentado centrarme en hacer bien mi trabajo. Creo que
cada persona debe estudiar aquello que realmente le apasiona, sin dejarse
condicionar por estereotipos.
—La beca de La Caixa supone una importante apuesta
económica por estudiante. ¿Qué cree que ha visto la Fundación en usted?
—Prefiero pensar en la responsabilidad que supone recibir una ayuda así. Detrás hay un proceso de selección muy exigente, entrevistas, cartas de recomendación, tu trayectoria académica y profesional y un proyecto de futuro. Cuando una institución apuesta de esa manera por ti, sientes la obligación de aprovechar esa oportunidad al máximo para que, algún día, todo ese aprendizaje pueda revertir en la sociedad.
—Después de vivir en Sevilla, Coventry, Fráncfort y Londres, ¿qué le han enseñado tantos cambios?
—Que merece la pena salir de la zona de confort. Cada ciudad
me ha dejado algo distinto. Sevilla me dio una formación extraordinaria. Coventry,
donde está la universidad de Warwick, me descubrió las finanzas cuantitativas.
Fráncfort me permitió conocer desde dentro una institución como el Banco
Central Europeo. Y Londres me está enseñando a desenvolverme en un entorno muy
competitivo. Todos esos cambios imponían respeto, pero todos me han hecho
crecer.
—¿Dónde se ve dentro de diez años?
—Ojalá un poco más asentada. Llevo muchos años cambiando de
ciudad, de universidad, de país e incluso de idioma. No sé dónde estaré cuando
termine esta etapa. Puede que siga en Londres, que vuelva a Alemania o que
aparezca una oportunidad completamente distinta. Lo único que tengo claro es
que me gustaría seguir trabajando en un entorno donde pueda aprender cada día. Y
hay otra cosa que siempre digo, me gustaría volver algún día a España.
Quizá no sea inmediatamente, porque ahora mismo muchas oportunidades
profesionales están fuera, pero España sigue siendo mi casa. Echo mucho de
menos la cercanía de la gente, la familia, nuestra forma de vivir... Ojalá
algún día pueda regresar con toda la experiencia adquirida fuera.
—¿Y qué le diría hoy a aquella niña que estudiaba en el
colegio San José de Calasanz y después en el instituto Eladio Cabañero?
—Le diría que siga siendo curiosa. Que siga haciendo
preguntas. Que no tenga miedo a equivocarse y que disfrute del camino. También
le diría que no descarte nunca una oportunidad por pensar que está fuera de
su alcance. Muchas veces creemos que determinadas becas, universidades o
trabajos son para otras personas. Yo también lo pensé alguna vez. Pero cuando
conoces esas oportunidades, te preparas y decides intentarlo, descubres que
también pueden ser para ti. Como he contado, cuando conocí el Imperial College
me parecía un sueño muy lejano. Hoy entro cada mañana por su puerta como
estudiante. Por eso creo que nunca hay que dejar de intentarlo. Nunca sabes
hasta dónde puede llevarte un sueño cuando decides trabajar por él.
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